domingo 29 de noviembre de 2009

Nick Carter (Se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo), de Mario Levrero.

(Publicado por diario Crítica de la Argentina. 24/11/2009)


La literatura, las revistas y las pantallas están plagadas de superhéroes de todos los colores, de detectives que en general tienen algo de superhéroes, de ayudantes aniñados, castillos donde el criminal siempre es el mayordomo, etcétera. Pero no hay ninguno como Nick Carter. Un personaje de televisión de los años `30, el más infalible detective, que se rehúsa a aceptar su ocaso. Nick entra por las ventanas a las patadas aunque no haga falta, para demostrar que está en forma, mientras en la tv aparece su imagen, sin panza. Tiene un caso que resolver, y más vale que así sea. Hace meses que no gana un centavo y no le paga a su secretaria, una ninfómana que no le da respiro (pero sí una gran sorpresa sobre el final). Tiene un ayudante que lleva en un bolso, con doble personalidad; una de ellas es secuaz de su enemigo, la otra un desgraciado muchacho que cae en una dolora trampa para su patrón y se queda pegado con ácido a una muñeca inflable (que tiene la cara de Nick Carter).
La novela crece y va en subida. Va mezclando escenas oníricas con parodias de los típicos policiales y las antiguas historietas. Hay una villana disfrazada de araña que le va a morder el cuello con colmillos postizos, un espejo que en los momento menos oportunos le muestra a Nick sus verdaderos deseos –siempre sexuales–, son sólo algunos de ingredientes que hace pensar en que el título es tan falso como la fama de Carter: Nick Carter la pasa horrible. Y sin duda, Levrero se divirtió escribiéndolo tanto como el lector leyéndolo. Un Levrero en todo su esplendor y humor, dibujando caricaturas en el aire con la pericia que ya le conocemos. Y un lector continuamente interpelado, insultado, aconsejado, y hasta asesinado, que no podrá escapar fácilmente de las trampas que, como en los mejores policiales, no faltan.
El final llega hasta el límite, hasta la cima de esas locuras –nunca mejor llamadas– a las que el lector se entrega porque, a esa altura, ya se acostumbró a no deducir nada.
Con su ya célebre pluma, Mario Levrero deja impávido a este lector, y muerto –de risa, pero también muerto, muerto– mientras la parodia y la intertextualidad dejan, entre risa y risa, lúcidas reflexiones. Al mejor estilo Levrero.

Link


Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, remite a esa joya de la literatura que parodia a otro tipo de héroe –el caballero andante–: El Quijote. En ambos casos, además, se usa el lenguaje del mismo género que se quiere caricaturizar. Ni qué decir de Cervantes y Levrero (dos genios).
Además, las obvias relaciones entre la historia de Nick Carter y los géneros que cita constantemente, como la historieta, las novelas y las películas clásicas de detectives. También con la música clásica que hace de cortina musical para las distintas escenas, como los valses de Strauss (en long-play) que baila con la muñeca.

Así escribe

“-Muy interesante –dije. Llevé la mano al bolsillo de la chaqueta y extraje mi cigarrera dorada, la que extendí abierta al Lord. Él negó con un ademán, y extrajo un puro del bolsillo superior del chaleco. Tenía que distraer al Lord por todos los medios: mi imagen había regresado al espejo, acompañada de la hija menor de Lord Ponsonby. Ambas imágenes estaban desnudas y se acariciaban impúdicamente.”

viernes 25 de septiembre de 2009

Homenaje a Alejandra Pizarnik

"Llamé, llamé como la náufraga dichosa
a las olas verdugas
que conocen el verdadero nombre
de la muerte.

He llamado al viento,

le confié mi deseo de ser.

Pero un pájaro muerto
vuela hacia la desesperanza
en medio de la música
cuando brujas y flores
cortan la mano de la bruma.
Un pájaro muerto llamado azul.

No es la soledad con alas,
es el silencio de la prisionera,
es la mudez de pájaros y viento,
es el mundo enojado con mi risa
o los guardianes del infierno
rompiendo mis cartas.
He llamado, he llamado.
He llamado hacia nunca."
Alejandra Pizarnik, Peregrinaje


LA POETISA MALDITA

Por Virginia Beccaría

Ni siquiera su nombre le venía bien. La nena judía que nació pataleando era más hija de Rimbaud que de sus padres. “Flora” era demasiado dulce para ella y descartó su nombre como su vida. Se rebautizó Alejandra y, a partir de entonces, se transformó en su propio magma. Nació el 29 de abril de 1936, en Avellaneda, Buenos Aires. Sus padres habían llegado a la Argentina dos años antes, huyendo de los nazis que exterminaron prácticamente a todo el resto de la familia. Alejandra tenía una hermana veinte meses mayor que ella, Myriam, a quien luego cedería los derechos de su obra.
Fue fragmentaria y brillante desde el principio. Publicó su primer libro de poemas La tierra más ajena (1955) a los 19 años. Haciendo bandera de esa pubertad de la que no se desprendería nunca, lo encabezó con una frase de Rimbaud: “¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia...” Hacía un año que estudiaba letras y luego estudiaría un poco de pintura. En 1956 publicó su segundo poemario, La última inocencia, dedicado a su psicoanalista.
Vivió en París y en la Argentina sin ser nunca de ninguno de los dos destinos. En París (1960 a 1964), trabajó para Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, integró el comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles, estudió en la Sorbona. Se sabe que sufrió dificultades económicas y brotes de depresión que se le repetían con asiduidad.
Allí se vinculó con escritores de todas partes del mundo, y entabló con Cortázar y su mujer, Aurora Bernárdez, una entrañable amistad. Fue un período de gran producción literaria, escribió sus más reconocidos poemas y comenzó a colaborar en importantes revistas francesas. A su regreso, publicó Los trabajos y las noches (1965), ganador del Primer Premio Municipal y el Premio Fondo Nacional de las Artes. La condesa sangrienta, (recogido en volumen en 1971), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971), completan su obra publicada en vida.
Alejandra nunca conoció las fronteras. La vida y la muerte, la locura y la cordura, lo público y lo privado, eran lo mismo en ella. Escribía para no matarse, decía, pero al mismo tiempo tenía una vida social intensa. El fantasma de Baudelaire la llevaba de copas, amanecía nublada por la humareda de sus cigarrillos en las mesas de los bares porteños y parisinos, y por último, en su habitación de interna.
Si bien su obra cobró mayor visibilidad con su muerte prematura y trágica, fue reconocida durante su vida, e incluso obtuvo las becas Guggenheim y Fulbright. Durante los últimos dos años, incursionó en una escritura más ligada al grotesco.
Pasó los cinco meses finales en una clínica psiquiátrica, donde acabó por vivir de noche, fumando, escribiendo, y tomando psicotrópicos. Murió el 25 de septiembre de 1972, durante un fin de semana en su departamento, de una sobredosis.
Fue noctámbula, fructífera e impredecible como el inconsciente.




LA EXTRANJERA PIZARNIK
*Por Reina Roffé

La obra de Alejandra Pizarnik me remite al bellísimo poema de Baudelaire, “En cualquier parte fuera del mundo”, una de las formas más perfectas de nombrar la incomodidad insoportable que produce la realidad y obliga al poeta a una mudanza constante: creer que estaría mejor donde no está. Pizarnik también siente esta incomodidad y se sitúa fuera del mundo, más aún, de la vida, que siempre le resulta insatisfactoria. De ahí su búsqueda incesante de sentido individual, el desgarramiento y la extrañeza por verse mal instalada: mal con el entorno, mal con los otros, mal con ella misma; extranjera en todos los lugares que invoca y paseando en cada uno de ellos su desconfianza y sus dudas, el miedo. Bovarismo, melancolía: “su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa”, escribe en La condesa sangrienta.
Su voz se reafirma en la no-existencia, que la llevará a decir: “... fracaso en mi interés de hacer literatura con mi vida real, / pues ésta no existe, es literatura”, la que Octavio Paz (otro poeta que se reafirmaba en la no-existencia) celebró como “cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas”. Temperatura o fuego reparador de la letra en la que vida y poesía se funden en Pizarnik, pero con una pulsión de muerte que la atraviesa.
Precisamente, en el poema “El hermoso delirio”, exclama: “Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba”. Muerte y locura se presentan en su obra como salida donde no hay salida y, en especial, como un anhelo desesperado de libertad. Su poesía, pese a la carga aciaga y autodestructiva, es un canto a la libertad de entonación casi adolescente; suscita, en quien la lee, “vivir solamente en éxtasis”.

*Texto gentileza de Reina Roffé, publicado por primera vez por el Centro Virtual Cervantes.



Extraño desacostumbrarme
de la hora en que nací.
Extraño no ejercer más
oficio de recién llegada”

Alejandra Pizarnik, Árbol de Diana

martes 7 de julio de 2009

Fantasmas para siempre, de Rubén Canelo

“Aquel que descubra el arte, jamás volverá a estar solo.”
V. Van Gogh



Cuando uno dibuja, escribe, cincela por primera vez, no conoce el porqué. Es semejante el acto de comer: se hace impulsivamente y por pura necesidad. A medida que crece, experimenta otros sabores y va aprendiendo a diversificar su alimentación. Con el arte ocurre lo mismo: no es algo que uno elija pero, una vez hallado, requiere de constante cultivo. “La técnica libera la expresión”, solía decir Picasso; la expresión es la huella que el artista dejará plasmada en la historia, por la cual será recordado y reconocido debidamente, más tarde que temprano; la técnica, es lo que toma de los maestros, herramienta que le provee el poder y la experiencia más cabal de lo que llamamos albedrío.
Al transcurrir los años, arribamos a la cuenta de que los genios de antaño conviven en el taller con los compañeros de exploraciones, siendo uno su discípulo o su par, meras cuestiones temporales. Y en el papel se mixturan líneas de unos, lecciones de otros, tonalidades prestadas, materiales enigmáticos, texturas sorprendentes que emanan del espíritu ya experto de ese hombre que crea; presencias preciosas, incesables e inasibles, indomables como la pluma que las renueva. El artista ve lograda su obra cuando, habiendo tomado algo de cada cual, consigue un estilo irrepetible.
Salidos de ese estudio erigido en tintas donde duermen los espectros predecesores, los cuadros que hoy nos trae Canelo son capaces de provocar sensaciones inconmensurables, porque escarban el fondo de la retina expectante llamando a la vigilia imágenes entumecidas por el tiempo. Laten en sus trazos remembranzas ineludibles, diálogos de aprendiz, charlas entrañables de café. Emergen rostros paradigmáticos, espejos de la memoria. Allí mutan en inmortales todos los personajes excelsos que acompaña el tramo vital del artista, y que acaban por habitarlo.
Nunca el pintor se despoja ni de su arte, ni de sus maestros. Ambos, son Fantasmas para siempre.

lunes 22 de junio de 2009

Coler en el Tortoni. Crónica.

El 18 de junio tuvo lugar el 2º encuentro del ciclo Café literario con escritores, que inauguramos en mayo en el legendario Tortoni. Ricardo Coler, autor invitado de lujo, se sentó a conversar con los perspicaces asistentes, que llegaron cargadísimos de preguntas.
Coler es médico, periodista, fotógrafo, fundador y director de la revista Lamujerdemivida, autor de los libros El reino de las mujeres (Planeta, 7º edición 2007), Ser una diosa (Planeta, 2006), Eterna juventud (Planeta, 2008). Pocas veces se tiene la ocasión de charlar en intimidad, con un escritor tan célebre como original; alguien que ostenta un justo equilibrio entre filosofía, excentricidad, literatura y experiencia.
Aquí, un breve extracto de lo que decía el autor acerca de estos temas, que de alguna manera lo definen.

Medicina y literatura
“No está mal ser médico. Atendí pacientes mucho tiempo y sigo ejerciendo. La escritura, si alguno es de los que va a talleres literarios, y ha fracasado, y le han rechazado artículos y le ha ido mal y después le va bien, soy yo. Cuando empecé a publicar me pedían libros anteriores que yo tenía, porque el libro se estaba vendiendo mucho y qué se yo. Y cuando los volví a leer dije claro, no era que no los publicaban porque yo no era conocido: son malos. Son imposibles de leer. Yo había empezado a viajar, me iba lejos y solo porque tenía una circunstancia en la vida muy particular y prefería irme a lugares lejanos, cada vez más extraños. Y de repente empecé a encontrarme con algunas situaciones que dije: porqué en vez de escribir lo que escribo no escribo sobre esto. Pero no era que tenía la intención de algo, sino que me daba cuenta de que me sentaba a escribir y se me pasaba el tiempo. Y había otras cosas que pensaba que me tenían que gustar y sin embargo me la pasaba mirando el reloj. Creo que es mucho más fácil hacer lo que uno quiere que saber lo que uno quiere. Yo no sabía lo que quería. Hasta que en un momento me di cuenta que lo que uno quiere es algo que uno hace sin darse cuenta que lo disfruta y no mide el tiempo.”
Lamujerdemivida
“El nombre, que tiene cierto gancho, fue toda una decisión ideológica. La revista ha logrado mucho peso propio, tiene su lugar entre los medios, los periodistas, y creo que lo que tiene de distinto es que mantiene una línea. Mucha gente compra la revista para conocer escritores. Cuando empezamos, una de las cuestiones era cómo elegir el tema. Y acordamos en hablar de algo que llamamos, con cierta pretensión, la “Subjetividad contemporánea”, que es lo que se siente en esta época que no se siente en otra. Por ejemplo, si vos ahora le decís a una mujer que no puede votar, te salta al cuello y trata de decapitarte. Pero si se lo decías hace 200 años, estaba totalmente de acuerdo y le parecía que eso era bueno. O sea, ¿qué es lo que cambió? La forma de sentir, no solamente la de pensar. A mí me parece que en todas las épocas se producen hechos subjetivos nuevos. Entonces nosotros tratamos de agarrar temas que están establecidos y ver si podemos decir alguna cosa nueva. El próximo número es sobre minorías. Siempre se trata de exaltar las diferencias, y lo único que se hace es olvidar lo que todos tenemos de igual. Hay ideas que atraviesan a todos los grupos. El derecho de la mujer, por ejemplo atraviesa clases altas y bajas. Tampoco la quisimos hacer totalmente temática, le damos su lugar a la narrativa, algunas columnas, un lugar para pensamiento, una parte de humor.”

El reino de las mujeres
“Yo tenía los temas para los libros y por los temas viajé. El del matriarcado siempre me interesó, de chico. Y me preguntaba cómo sería una sociedad donde mandan las mujeres. El tema de la mujer me interesaba mucho. Más que la mujer, lo femenino. Qué sabía yo del matriarcado: que ahí se iba a poner en juego, bien claro, lo que es una mujer. Que no es lo mismo que las mujeres en el poder en una sociedad como la nuestra. Hay una sociedad en la India donde las mujeres tienen todos los derechos, los Khasi, y las mujeres son recontra sometidas. O sea que la cuestión no pasa por conseguir más derechos. Es un engaño. Entonces voy a China preguntándome cómo funciona esto. Fue muy complicado encontrar este pueblo (Mosuo). Yo sabía que existía pero no tenía forma de encontrarlo. En la embajada no lo conocían, no había Bibliografía sobre eso prácticamente. Había leído algunas publicaciones y cada una lo localizaba en lugares diferentes, y en eso me ha ayudado Internet. Entré en un lugar de expertos y di con un chino de una universidad de E.E.U.U. que me dijo: sí, yo los conozco, queda en tal lugar. Me tuve que comunicar con una agencia de esa zona, y el tipo que me acompañó no los conocía. Por el libro fueron varios grupos de mujeres, y la piba de la tapa es una cantante famosa ahora. El tema del turismo es arrollador y en una sociedad tan precaria no hay cómo hacerle frente. Yo la pasé mal. En general en todos los viajes la pasé mal por diferentes razones. Por la comida, por el frío, las cuestiones sanitarias, el agua. Y es complejo porque si prohibís el turismo los sometés a la pobreza más absoluta, para conservar una etnia. Y hay que tener cuidado porque si no terminamos tratándolos como animales, como en un zoológico.”

Ser una diosa
“Es un libro que trata de la religión básicamente. Yo tenía un tema con la biblia, porque ahí dice que escuchaban hablar a Dios. Uno de los principales rasgos de la psicosis es la alucinación auditiva. La biblia está plagada de gente que hablaba con Dios. Y más allá de que uno crea o no crea, todo el mundo tiene incorporado lo bueno y lo malo, el castigo y el premio, son todas cosas que vienen de la religión. ¿Estamos determinados por un grupo de psicóticos? No hay forma de saberlo. Entonces, me entero de la una niña diosa, una diosa viva, viva de verdad, que tiene 14.000.000 de fieles, y que quizás tenía la posibilidad de encontrarme con ella. Es como ir a ver a Jesús. Si uno dice que todas las religiones son iguales, esta niña es la encarnación de un Dios único. Y yo supongo que en el año 10, iba a la carpintería de José, tocaba la puerta y me abría un pibe; le decía: “Hola ¿está tu papá? Vengo a que me haga un martillo”, y tenía contacto directo. Porque además antes la gente tenía contacto todo el tiempo con Dios, hablaba con uno, con el otro… y después Dios no vino nunca más. Y dije bueno, la única oportunidad que tengo es encontrarme con la diosa, hablar cara a cara y tener una experiencia mística. Y charlé con ella. Y eso es lo que cuenta el libro, la experiencia cara a cara con Dios. En este libro tuve la experiencia de la hoja en blanco. Quería escribir un capítulo sobre las diosas de la humanidad y no podía. Me pasé tres meses leyendo sobre las diosas en la humanidad. Y cuando terminé de leer, me senté y escribí el capítulo en un día.”

Eterna juventud
“Cuando yo empiezo un libro, en ningún momento me interesa contar lo que pasa. Es una escusa para hablar de otra cosa. Cada libro tiene una razón diferente. El de las mujeres, es para desarmar toda una fantasía que nosotros tenemos. El segundo es para hablar sobre religión. Todos libros tienen como una frase. En el último es que la vejez es una enfermedad como cualquier otra. De dónde me sostengo: primero de un montón de investigaciones que había leído, para eso sí me sirvió ser médico. Y después hay investigaciones de laboratorio con animalitos, un gusano una mosca, un ratoncito, que viven cuatro veces el tiempo esperado. Como si nosotros viviéramos 400 años. Porque cuando vos tenés la célula bajo el microscopio, todas las cuestiones que tienen que ver con la fatalidad, el destino, se te caen a pedazos. Y qué tenés: una célula que tiene proteínas, congéneres, citoplasma… entonces vos actuás sobre algunas cosas y la célula que se te tenía que morir en un mes, se te muere dentro de 4 meses. Es una enfermedad. Y de hecho todavía no hay una pastilla, pero hay métodos en animales. El hambre por ejemplo, comer un 30% de lo que es considerado valor nutritivo. Los longevos son flaquitos. Entonces, si la vejes es una enfermedad como cualquier otra, eso de que la muerte es inexorable es sólo una manera de pensar. De hecho en el siglo XIX la gente vivía hasta los 35 años.
Y por suerte está Internet, sino los libros míos suenan a chantada.
Lo que hago es contar en una unidad de tiempo cosas que pasaron en diferentes momentos. Si tengo que contar desde que me levanto, todo, es muy denso. Yo voy contando de manera que tenga ritmo narrativo, en poco tiempo.”

Ser o no ser escritor
“No. No soy escritor, porque los escritores son escritores de ficción ficción, que es lo que yo todavía no pude hacer. Yo conozco muchos escritores y no tengo una relación con la literatura como la que tienen ellos. No tengo esa desesperación por leerme todas las biografías de un autor, por leerme todas las novelas posibles, por leer a los grandes autores. Porque no tengo esa cosa loca que tienen... Yo vengo de otro palo. Y por más que escribo crónicas y demás, cuando me pongo a leer leo más ensayo que ficción. Siempre estoy leyendo algo de ficción, pero lo tengo como para leer rápido. Me interesa más lo otro. Yo vengo más de la medicina, de la ciencia; tengo otras experiencias y eso me ha enriquecido. Y además, para moverte en estos lugares, es muy difícil si sos un ratón de biblioteca. A veces tengo que entrenar para poder ir. Para subir y bajar la montaña en el último libro, para soportar el frío.”

Lo que vendrá
“Ahora estoy trabajando en un libro para el cual ya hice el viaje y las entrevistas. Y una novela, pero eso va para largo.”me sirvisnfermedad como cualquier otra.ar toda una fantascaria no hay cañ i l tiempo. mor,

Antes de irse, Coler nos enseñó cómo hacer para que no se suban los escorpiones a la cama, cómo evitar el ataque de un avestruz y de un hipopótamo, y otros tips de supervivencia, tales como ser feliz.






Fotografías: Elena Altomonte (participante infaltable de los encuentros)

miércoles 3 de junio de 2009

Ciclo con escritores en el Tortoni

Café literario con escritores

Invitamos a una mesa de diálogo con un escritor destacado

18 de junio:
RICARDO COLER
Médico, periodista y fotógrafo. Fundador y director de la revista Lamujerdemivida. Autor de los libros: El reino de las mujeres (Planeta, 7º edición 2007); Ser una diosa (Planeta, 2006); Eterna juventud (Planeta, 2008). Sus artículos y fotografías se publican en diferentes medios. Los libros de Coler fueron traducidos en varios idiomas.

jueves 18 de junio. 19,30 hs. Sala Eladia Blázquez. Café Tortoni


ENTRADA GRATUITA

(cupo limitado)

Confirmar asistencia a: virginiabeccaria@gmail.com

(011) 15 4949 9721

miércoles 20 de mayo de 2009

Café literario con Esther Cross. Crónica.

No hizo caso al tumulto de gente desesperada por atravesar la ciudad, en esa Buenos Aires que se acercaba amenazante a las siete y media de la tarde, sin subte. No sé si sobrevoló el centro, si fue una aparición la que tuvimos, pero lo cierto es que Esther Cross llegó diez minutos antes, como habíamos pactado, fresca y contenta, como si hubiera viajado en el paraguas de Mary Poppins. La invité porque admiro lo que escribe y porque además me encanta. Cuando conocí sus textos, hace unos años, quise leer más. Me atrapó. Una serie de coincidencias y encuentros inesperados hicieron que pudiéramos conversar alguna que otra vez. Ahí encontré a la mujer chiquita que mueve los hilos del científico loco, de la pianista frustrada , de los ricachones venidos a menos, de los porteros chusmas, de la nena en el campo siniestro, de la enana perfecta… los imagino tironeando de los hilos y a Esther yendo de un lado a otro, un poco para contenerlos, otro poco para dejarse llevar.
El jueves 14 de mayo, a las 19,30 horas, se llevó a cabo el primer encuentro del Ciclo Café Literario con escritores, en el Café Tortoni. Nos habían puesto el cartel en la puerta y nos prepararon una mesa de conferencia en la sala Eladia Blázquez, con un micrófono inalámbrico –que no usamos– y el buen Fabián que venía a ver si necesitábamos algo cada tanto. No éramos muchos, apenas los que pudimos llegar sin subte. Lamenté el contratiempo por Esther, que se había comprometido tanto. Pero ella pareció sentirse cómoda con la intimidad improvisada. Y los presentes fuimos sin duda privilegiados.
Esther Cross es la Ganadora del Premio Internacional de narrativa Siglo XXI 2009, por su novela La Señorita Porcel. Autora de Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el escritor (Tusquets. 1987); las novelas Crónicas de alados y aprendices, (1992); La inundación (Emecé. 1993); El Banquete de la Araña (Tusquet, 1999); Radiana (Emecé, 2007). Y los libros de cuentos La divina proporción (Tusquet, 1994) y Kavanagh; (Tusquets. 2004.). A ella no la hace grande su obra publicada. No. Eso nos hace afortunados al resto, porque podemos leerla. Ella es grande porque tiene el arte de escribir en la carne. Porque le brota y puede dejarlo ser, y eso la convierte en una mujer feliz. Es una relación reciproca: ella necesita a la literatura, y la literatura la necesita a ella. Probablemente, esta mujer risueña no sepa del todo que está destinada a figurar entre las grandes escritoras latinoamericanas. Alfonsina, Gabriela, Silvina, Juana, Alejandra… y Esther.
Llegó radiante, con un cuento en la mano que no llegaríamos a leer. ¿Y ustedes que hacen? ¡Aprovechemos que somos pocos para conocernos! Dijo ni bien se sentó. Y ya estaba claro que habíamos conseguido evadir a la solemnidad tan detestable entre el escritor y su público.
Steiner dice que un intelectual es alguien que escribe con un lápiz en la mano. Y un escritor es un intelectual que después de subrayar va a salir corriendo a escribir algo –define–. Hay escritores que dicen “yo no leo nada para no contaminarme”. Pero en algún momento leíste. Escribir es eso, ¿no? Las ganas que te dan de poder provocar esto que a vos te provoca la literatura. Te contagia. Y después, la verdad es que es lo mejor que yo puedo hacer, es lo que más me gusta, y la manera más piola que yo encuentro de organizar la vida, de organizar la experiencia.
Los cuentos de Esther son fotográficos. Eso se debe un poco a su afán de ordenar el caos a través de la escritura, y otro poco a su influencia cinematográfica. Hace años, obtuvo una beca para estudiar cine en EEUU.
Y la verdad es que las cosas más duras que me pasaron, terminan de pasar en la escritura. Esto tiene una lectura doble. Por un lado, que terminan. A lo mejor después que viviste una situación de mucho miedo, un año después estás escribiendo un cuento de terror. Porque con lo que vos seguís laburando es con la sensación de miedo. Y por otro lado, es que devolvés eso a la realidad.
Nosotros, novatos escritores que creíamos haber escrito algo, tomamos nota de su tan cálida sabiduría.
Con el tiempo yo aprendí que está bueno ponerte una disciplina. Sentarte todos los días, y no ser demasiado condescendiente. No forzar el texto, tampoco. Pero decir se puede. Y hacer lo que contaba Hemingway en una fiesta. Dice que estaba trabado, y un día dijo “Basta. Voy a escribir una oración afirmativa”.. Voy a escribir una oración donde pase algo. Por ejemplo no sé, Matías llegó al bar. Punto. A esa oración aseverativa, le voy a escribir otra oración aseverativa. “Pidió un café”. Punto. Te juro que cuando la inspiración no viene, puede funcionar. Y te afloja la mano. Hay que intentar e intentar. Pero ¿Cómo te das cuenta si estás bien encaminado o no? Además de que hay una cuestión de oído. Yo creo que la prueba definitiva es, si vos volvés a leer lo que estás haciendo, y sentís que estás verseando, o no estás verseando, que estás firuleteando para mostrar lo bien que escribir, que esta oración la hiciste para mandarle un guiño a alguien, o para impresionar a fulano. O porque te tragaste las 3.000 páginas de Proust y querés que se note. O, si lo que estás escribiendo es verdadero. Si esa es la verdad del texto. Un texto que realmente es tuyo.
En la literatura de Esther Cros, como en casi todo, hay una suerte de evolución cronológica, una búsqueda nueva en cada libro que se diferencia siempre de su antecesor.
Lo último que hiciste, mientras lo estás haciendo, tenés la esperanza de que sea mejor, si no, no lo harías. Entonces, es pudor, como de no andar hablando de lo que hiciste antes. Y después, la verdad es que, escribir, por más que escribas ficción, es mostrarte. No es muy distinto cómo hablás, cómo escribís, a qué clase de persona sos. Uno va cambiando. En la vida va teniendo etapas, una experiencia va tapando otra. Y la memoria es selectiva, y hay cosas que por ahí te olvidas para seguir adelante. Y de alguna manera, más o menos disfrazada, el texto que escribiste hace mucho… por ahí para alguien que no te conoce no hay nada de tu esencia pero para vos, sí.
Muchas veces, uno, que escribe en completa soledad, no se anima a tirar así, sin tamiz, el texto a las fauces del público anónimo.
Tengo tres o cuatro de escritores amigos, que armamos como un taller. Ninguno larga un texto si los otros no lo aprueban. Y la condición, porque hay amistad, es que no hay condescendencia. Porque nos estamos cuidando. Porque te exponés. A mí me gusta jorobar, hacer chistes. Me gusta el humor. Pero se te ocurrió un chiste, y ni te cuento si es una noche a las dos de la mañana y tomaste algo, ¡y vos crees que tu chiste está buenísimo! Te reís solo. Te parece genial. Y al otro día le contás ese chiste a alguien y se queda mirándote. Además ellos ya me conocen, y entonces me dicen: “quedate acá. ¿Por qué te tenias que hacer la graciosa justo acá que se estaba poniendo bueno.?”
Quisimos saber cuándo un escritor llega a la conclusión de que lo es.
Fue hace diez años, cuando por primera vez, llenando una ficha de aduana, puse “escritora”. ¡Que me dio una vergüenza! Me parecía un papelón poner escritora. Pero si no, ponía cualquier cosa. Estudiante, hasta que no me dio más para poner estudiante. Bioquímica puse una vez. Les pasa mucho a los escritores. Ahora, mejor que me haga cargo.
Finalmente, nos dio la buena noticia de que pronto habría más.
Ahora armamos con Angi Pradelli una biblia escrita, no toda, algunas historias del antiguo testamento, contadas de nuevo por 24 escritores, de lo mejor de lo mejor. Está Hérctor Tizón, Antonio Dal Masetto, Angélica Gorodisher… y lo que hicimos fue leer todo el antiguo testamento, pensando qué historia le pegaba a cada uno. A Luisa Valenzuela, que se mueve mucho con la cosa erótica, le dimos Sodoma y Gomorra. A Tizón le dimos las etapas del desierto. A Sasturain, que es más juguetón, le dimos un profeta que se llama Isaías. Y aunque algunas estén tomadas de modo bíblico y otras no, cuando las ves todas juntas funcionan como una biblia, es muy fuerte. Porque, mal que mal, hubieron estos 24 genios trabajando durante el mismo tiempo en lo mismo. Se lo dimos a Emecé, y esperamos que para diciembre más o menos salga el libro. O cuando diga la editorial.
La novela ganadora sale en agosto en México, y después en la Argentina. Se llama La señorita Porcel.
Es la historia de una millonaria aburrida, que vive en recoleta, que es de clase alta y está muy resentida con su clase. Y de golpe se da cuenta que es demasiado inteligente para ser de derecha y demasiado rica para ser de izquierda. Tiene mucha bronca contra la clase alta. Y se desquita tratando de matar en un cajero automático a una mujer que se llama la señorita Porcel, que es como la típica mujer de recoleta. Todo esto pasa cuando está por explotar diciembre del 2001.
Hablamos de la dificultad de escribir finales felices. De las frases que en distinto lugar significan cosas distintas. De lo trabajoso de elegir un título. De cosas terriblemente graciosas de la vida en la literatura y viceversa. De lo arduo de corregir y corregir, y de lo angustiante del veredicto, entre otras cosas.
Me parece más piola no tomarme tan enserio. Termino la novela, la dejo descansar, y la corrijo, la corrijo, y la corrijo. Pero llega un momento que digo ¡basta! ¡Tampoco voy a estar tres años con esto! ¡Como si fuera tan importante! ¡Tampoco es para tanto! Y si salió mal, si es un libro fallido, y bue, voy a seguir escribiendo otro. Pero si uno se pone solemne… cuando yo me pasaba dos tres años corrigendo, era un poco soberbio eso. Sacar ese texto que merece tanto tiempo. ¡No! Que termine y que venga algo nuevo. Más divertido.
Tal como lo veíamos venir, cuando le preguntamos qué libro de ella le recomendaría a alguien que la lee por primera vez, eligió el último.
Pero claro, en el último que hice me parezco mucho más a la mujer que escribió La señorita Porcel el año pasado, que a la escribió Radiana.
Hablamos mucho. Conversar con ella es un verdadero gusto y entró la noche sin darnos cuenta. Pudimos escucharle un párrafo de “Los que volvieron”, el cuento que nos trajo de regalo. Lo dejó para todos y yo lo guardé, como un tesoro invaluable y una intriga punzante. Lo dejé en un cuaderno en el apuro de la llegada a mi cuarto, y Apareció corriendo por los galpones, con el recado flojo y cara de loco. Y eso, ni siquiera era el comienzo.



miércoles 6 de mayo de 2009

Ciclo con escritores en el Tortoni

Café literario con escritores
Ciclo mensual de diálogo entre los lectores y el escritor, compartiendo lecturas e interrogantes en la calidez del café Tortoni.


Mayo
ESTHER CROSS

Ganadora del Premio Internacional Siglo XXI 2009.
Autora de: Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el escritor (Tusquets. 1987); las novelas Crónicas de alados y aprendices, (1992); La inundación (Emecé. 1993); El Banquete de la Araña (Tusquet, 1999); Radiana (Emecé, 2007). Y los libros de cuentos La divina proporción (Tusquet, 1994) y Kavanagh; (Tusquets. 2004.)


Jueves 14 de mayo. 19,30 hs.

Sala Eladia Blázquez. Café Tortoni.

ENTRADA GRATUITA
Requiere Inscripción previa
(Cupo máximo: 15 personas)


Informes e inscripción: virginiabeccaria@gmail.com

1549499721

Coordina: Lic. Virginia Beccaría



* En junio: recibimos a Ricardo Coler.


viernes 3 de abril de 2009

Flores en rama

Fotografía: V.B.

domingo 15 de marzo de 2009

Retrato en enero

Era la tarde de un enero elegido. La versatilidad del clima a orillas del mar me había sentado en ese jardín misterioso, a ser un detalle más del histórico paisaje, no menos enigmático ni idílico. Había juntado ramitas de romero, me había escondido detrás del tronco más grande, había llegado al final de todos los senderos sabiendo que nada más elucidaría, sabiendo que podía llevarme sólo lo que los habitantes de antaño habían dejado para mí. Me dejé atravesar por los perfumes exóticos de las plantas que el viento, aburrido de la histeria de la lluvia, hacía jugar a la mancha. Me imaginé esas figuras leyéndose a sí mismas en la misma posición que estaba yo. Sentí la caducidad corriéndome el pelo de la cara. Al lado mío, grandes flores violáceas se levantaban entre el césped pulcro, un árbol escuálido y ciento de florcitas blancas de tallos finos que jugaban el juego del viento. Atrás, una casita de huéspedes proyectaba su sombra de secretos sepia. Se oían pisadas crepitantes, pausadas; visitas inesperadas en la entrada, algún pájaro baqueano apurando el canto. Las voces esperaban en las esquinas de cada habitación y, al aire libre, pasaba desnudo el final del día.

miércoles 25 de febrero de 2009

Una tal Mary

(Publicado en revista Alrededores)



Como si los cuentos pudieran tamizar la vida, personajes dulces, áridos, brillantes, sombríos, cálidos, siniestros, etéreos, aparecen juntos en una puntita de tierra dorada. Sucede cada dos años. Pero no es ningún milagro. Es puro trabajo e impulso de una mujer de pequeñas manos y alto vuelo.
Hace un mes aproximadamente recibí un correo de una tal María Tránsito Zuñiga, bibliotecaria y coordinadora de un taller literario. Me contó que estaba organizando el 9º Encuentro Bienal e Internacional de Escritores, en Villalonga (Provincia de Buenos Aires), que se realizaría entre el 19 y el 22 de febrero. Requería mi colaboración para el Homenaje que se haría este año a Alfonsina Storni y Violeta Parra. Después de intercambiar algunos mails, me invitó a disertar sobre Alfonsina y a participar de los cuatro días que duraba el encuentro, y hacia allá fui.
Villalonga se parece a la canción “Carito”: tiene su plaza en el medio, su laguna de sal, sus campos de cebolla, sus caminitos de trazo de pincel. Allí, María Tránsito Zuñiga –Mary– pensó que en los lugares chicos también se pueden hacer cosas de dimensiones ilimitadas y empezó a buscar cómplices.
Mary nació en el campo, donde contaba las horas para que llegara la noche y pudiera desvelarse saltando mundos de libro en libro. Estudió de grande, empezó a trabajar en una biblioteca, y un buen día participó de una feria donde se realizaba un encuentro de escritores. Mientras en su interior se forjaba una idea loca, ella estaba formando niños lectores. Chiquitos de 7 u 8 años, hijos de trabajadores de campo, empleadas domésticas, quienes pronto también comenzaron a leer, a partir de unos cuentos sobre cosechadores de cebolla que escribía un habitante del pueblo, que Mary fotocopió y repartió. Se fueron encontrando en los relatos, y pidieron más para leer. Los chicos tenían espacio para la creación literaria, empezaron a mandar sus producciones a diferentes concursos, y a ganar, año tras año. A raíz de eso comenzaron a viajar, de la mano de Mary, quien conseguía los recursos gracias a la valoración que los convocantes hacían de su labor y la de sus chicos. Incluso llegaron a Chile.
El taller empezó a necesitar un nombre que lo identificara. Así, una noche de binomio fantástico, salieron dos papelitos: uno con la palabra “cómplices”, otro con la palabra “sueños”. Se llamó: “Cómplices de sueños.”
Cuando Mary comenzó a remontar vuelo, la mayor parte del pueblo se hizo piedra. “Usted hace muchas cosas. No podemos seguirla”, le dijeron. Y ella, sentada con el mate junto a la chimenea encendida, hacía una sombra inquieta en el piso de la sala, mientras un viento rebelde daba vuelta la tierra de Villalonga.
Los que siempre la apoyan no son ni las autoridades, ni las docentes –a excepción de unos pocos funcionarios y algunas maestras– ni los directivos siquiera de la escuela donde ella se desempeña como bibliotecaria. Sin embargo, desde hace nueve años, muchos otros trabajan codo a codo con la luminosa Mary –que tiene la humildad tan crecida como sus ganas– y el encuentro de escritores tiene lugar cada dos años, cada vez con mayores repercusiones.
Pasaron dieciocho años desde el inicio del taller y los cómplices están grandes. Algunos ya dejaron el pueblo. Otros, de entre 13 y 15 años, siguen ganando premios, como Mariana Scafaroni –Medalla de Oro– , Micaela Buenaventura, Daiana Smith, y muchas otras chicas que siguen escribiendo con Mary. Ayudan contentas, sirven las mesas en los encuentro, leen su poesía, se integran a la inconmensurabilidad de lo que ocurre, haciendo añicos el estereotipo del adolescente.
Este año, el Encuentro recibió un subsidio que apenas alcanzó para pagarle al canal que filmaría el homenaje, donde se inauguraría un mural alusivo a las dos poetisas y se plantaría un árbol por cada una, para que sus raíces se unieran bajo tierra hermanando sus países. Todo lo demás lo juntaron haciendo eventos, buscándole la vuelta; y consiguieron alojar a todos (cerca de 60 personas), dar de comer a todos espectacularmente bien, y hacer viajar a muchos.
Concurrieron escritores de todos los rincones del país, y un lujo de Chile: el brillante – y tan simple– Ricardo Altamirano, quien disertó sobre Violeta Parra y deleitó con sus poemas, sus historias entre guitarras y cantos de desvelados. Estuvo el excelso Alfonso Nassif (quien no necesita presentación). La mejor parte consistía en que uno se enteraba de lo reconocidos que eran subrepticiamente. Ningún ego se interpuso. Una de las joyas fue Liliana Alcalao, una poetisa mapuche que trabaja por la recuperación del idioma y los orígenes de su pueblo. Su esposo Lucho y su amigo Marcelo, músicos y cantantes excepcionales, nos llenaron las noches de dulces canciones. También estaban los sanjuaninos: Pablo Maldonado, quien fuera el ganador del primer premio en el primer certamen literario, con su esposa, Belén Ramet. Él, poeta innato, brillante músico y compositor, armónico cantante. Ella, cantante innata, poetisa por idioma gestual. Los dos se sumaron a las veladas de peña y poesía. Por ahí andaba, tratando de hacerse invisible, el fotógrafo: Xavier Kriskautzky, director de una galería de La Plata, quien presentó – y obsequió– un libro de fotografías recuperadas del pueblo mapuche, y de lo que queda hoy en la zona retratada antaño. Hubimos muchos más, de todos lados, cada cual con su libro o sus copias, o su cuaderno. La metamorfosis de mostrar a compartir fue casi instantánea. Lo que pasa allí, no puede entenderse contándolo, es absolutamente vivencial.
Los chicos del pueblo nos prepararon un show de folcklore y flamenco con trajes a todo color, que se repitió en la plaza, después de que Blas Cáceres nos dejara mudos con sus narraciones y Lucho y Marcelo nos dieran los mimos musicales a los que ya nos tenían acostumbrados. Hubo lecturas, recitaciones con y sin vino, charlas, juegos, mate. Lo que prevalecía era un sentimiento generalizado de estar en sintonía. Todos conocían el valor de una palabra que sale de las tripas, la belleza de una metáfora. Lo llevaban en el cuerpo.
Hubo algún personaje escapado de las más espeluznantes producciones de Hitchcock, que mal que mal, habrá inspirado más de un cuento. El señor Villagrán, un pueblerino no vidente, nos regaló obras de Storni y Parra pasadas al Braille, además de la obra de Nassif. Muchos de sus invaluables trabajos ya integran diversas bibliotecas, sin más ayuda de su mujer y su hijo. Los chicos de Periférico Cultural de Bahía Blanca tienen un centro de talleres para chicos de bajos recursos al que recientemente robaron e incendiaron, y están empezando de nuevo. De los mismos pagos, Horacio Goslino coordina una biblioteca ambulante que llama “Brigada de socorrismo bibliográfico”, la cual permite a muchos jóvenes continuar sus estudios superiores. Osvaldo Risso edit

a la revista literaria Mapuche, Cristina Alonso presentó su último libro sobre un artista gráfico del mayo francés que habitó la provincia de Buenos Aires. Roxana D´Auro –una de las ganadoras del concurso– mixturó literatura, artes visuales y tango. ¡Y tantas otras maravillas tendría que nombrar! La alegría de Carina y todo el equipo de la cocina, la labor de todos los que silenc

iosamente colaboraron como Stella, Vicky, Mechi. Cada uno fue parte indispensable, un mosaico más que Quinquela no hubiera sacado de su cuadro para lograr la obra irrepetible.
Es mentira que está todo en Buenos Aires. No tenemos idea de lo pobres que somos. Escritor, artista, buscador amigo: no pierdas el tren que sale en dos años. Todos nosotros prometimos volver; porque, pasados ya algunos días, una parte nuestra sigue vagando por Villalonga.



video

Música de los sanjuaninos: Belén Ramet y Pablo Maldonado, Alma de tonada http://www.goear.com/listen.php?v=e9350c7

sábado 14 de febrero de 2009

Cuando me hice grande

Yo sabía que el pelo no le iba a crecer más. Aunque Ramiro dijera que sí. Lo mismo le había pasado a mi Barbie hawaiana. Su mechón rosa quedó como un pirincho imposible de peinar, también por su culpa.
Hacía un día y medio que llovía. Ramiro acababa de rapar a la única muñeca parecida a una Barbie que me quedaba. Los grandes pasaban el domingo en la galería de casa jugando a las cartas y comiendo las tortas fritas que la tía Corina tenía listas a toda hora.
Yo me había instalado en el piso del living, al lado de la mesita ratona que me servía se edificio. Armaba el vecindario de Pin y Pon, Ken, Play móvil, muñecas flacas y todo lo que pudiera servir. Mi tortuga Huga siempre era el auto, aunque a veces se cansaba y se escondía atrás de algún mueble y no aparecía hasta el otro día. Yo adoraba ese juego. Sabía que habían pasado muchas horas cuando una pierna fuera de la alfombra se me helaba, o mamá me prendía la luz y ahí me daba cuenta que no estaba viendo nada.
Los viernes viene mi tía con Ramiro, porque se separó de mi tío, que no es más mi tío, y no quiere quedarse sola con el hijo en su casa todo el fin de semana. Yo entonces le doy un besito a Yamila y la pongo a dormir en el placar, cambio de lugar mi latita de ahorros, saco los lápices de colores más viejitos y pongo arriba del ropero las muñecas de porcelana italiana que eran de mi mamá cuando era chica. No lo hago de mala. Yo le presto todo; pero él juega un ratito con una cosa, la deja tirada y agarra otra, la pierde y se va afuera, rompe las plantas y entra todo embarrado, y así todo el día. No se cansa nunca. Y me persigue para que juegue con él. Mi mamá me explicó que a lo mejor quiere llamar la atención por lo del papá, que le tengo que tener paciencia. Pero él siempre fue así. Yo igual lo quiero, porque es mi primo y además a veces nos divertimos; y aprendo cosas. Cuando el día está lindo nos llevan a la plaza. Ahí me enseñó a treparme a la escultura del bombero y a hamacarme de parada para ir más alto. Antes me daba miedo, pero ya supe que lo peor que te puede pasar es rasparte las manos y las rodillas y ensuciarte toda. Arde unos días pero después se te cura.
Ese fin de semana no pudimos salir ni al patio. La luz prendida todo el día me hacía ver manchas que aparecían y desaparecían en las paredes, y eso que me gusta la lluvia. Sí pero los días de semana. El domingo, cuando me peló a Barbarita (le puse así porque era una Barbie trucha), eran como las once y media de la mañana. Me levanté más temprano que nunca porque soñé que encontraba todas mis muñecas con las cabezas cortadas. No terminé de tomar la leche que él ya había agarrado la tijera. Lo retaron y me prometieron otra igual. Mi tía le dio un chirlo, que ni le dolió porque se reía en vez de llorar, aunque a lo mejor era de los nervios. -“¡Si total le crece!”, decía, mientras trataba de zafarse el brazo. Pero yo sabía muy bien que no.
No le hablé más. Durante el almuerzo se la pasó haciendo toda clase de morisquetas; como yo hacía de cuenta que no existía, iba a sacudirse al lado de la madre: -“¡Mirá má, no me habla! ¡Decile que me hable!”, llorisqueaba sin lágrimas, colorado de gritar. Mi tía dijo que lo que pasaba era que tenía sueño, y lo mandó a dormir la siesta.
Nos quedamos en la galería, mirando para afuera, esperando a ver algo distinto a las gotas o a que el cielo volviera a ser un poquito lo que era. –“Garúa”, daba el resultado mi papá. Y nadie contestaba, como si a pesar del paisaje esperaran una noticia diferente. A eso de las tres de la tarde, escuchamos rechinar sobre los cerámicos. Ramiro había puesto todas mis muñecas en fila sobre el piso y les pasaba por encima una y otra vez con el triciclo. Yo al principio me quedé dura, no podía ni llorar. No sé qué hacían los grandes, algo le decían. “Yamila”, pensé. Y corrí al placar. Me metí adentro, la abracé fuerte y le dije: “Vos no tengas miedo que yo te voy a cuidar.”
Lo pusieron en penitencia y lo obligaron a pedirme perdón. Mi mamá abrió la puerta, yo tenía a Yamila apretada con los brazos y las piernas. Atrás se asomó Ramiro, lleno de mocos. Se ve que había llorado, para hacerse la víctima nada más. Ni lo miré cuando prometió no molestarme más.
Salí recién a la noche. Cenamos adentro porque la lluvia caía en diagonal y en la galería nos mojábamos. La dejé a Yamila en el ropero atrás de los abrigos. A Ramiro todavía le tenía bronca, y no sabía si alguna vez se me iba a pasar. En la mesa ni se sintió. Se hacía el que estaba triste. Cuando terminamos de comer, mi tía lo mandó a buscar los cepillos de dientes y las toallas que habían quedado en el baño mientras ella acomodaba el bolso en el dormitorio. Ya se iban.
El taxi se alejaba y yo tenía como un carozo en la panza que me subía y me bajaba. No entendía por qué. Al rato supe que era intuición de madre. Fui a mi habitación, feliz de poder rescatar a Yamila del escondite y volver a dormir con ella. Metí la mano y no la sentí. Me aterroricé: ¡¿Qué le había hecho?! Manoteé del otro lado y di con su bracito. Respiré mientras la sacaba con cuidado. Ella sonreía como siempre, mostrando sus dos dientitos arriba del agujero del chupete. Pero yo no pude disimular mi espanto cuando le vi la cabeza: alrededor de su único rulito, tenía toda la peladita llena de calaveras dibujadas con lapicera.
Ese fin de semana crecí. Dejé las muñecas.

Amar de gotas

Para escuchar de fondo: http://www.goear.com/listen.php?v=73b3f07 Loreena McKennitt, Dante's prayer

Golpearon la puerta. Ella era una mancha sobre el sillón blanco. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba ahí, con los codos haciéndole moretones en los muslos y los dedos ya olvidados de estar en la cabeza. El cielo se había puesto negro. Pero no como el color negro, sino como ese tono del que se tiñen las cosas cuando se apagan. Desde el ventanal del living que siempre resultaba tan luminoso las cúpulas de la ciudad se veían como esfumadas. Los autos parecían inhabitados, pero cada uno contenía alguna historia. Ella había deseado, más temprano, ser la esposa que espera cocinando y entreteniendo al niño; el transeúnte que, empapado, piensa en la ducha caliente; la mujer que se mete en un café a extrañar. Ser cualquier persona en abstracto.
No entendía por qué se había quedado de nuevo. Podría haberse ido a cualquier parte o haber llamado a Leticia para que le hiciera compañía. Dio vueltas por todo el departamento. Empezó a leer un libro y lo dejó. Preparó café, se quemó el pie llevando la taza al dormitorio porque ella ama andar descalza en el parqué. Puso la música que nunca le falla, aunque en días como estos, ella sabía, sus poderes languidecían igual que todo lo que tenía sentido un día cualquiera.
Llegado el atardecer entre tiempo perdido, plantas de pies percudidas y programas de televisión que no podía recordar, empezaba la duda. Todos los días de lluvia se parecían, por mucho que odiara admitirlo. Otra vez miraba el reloj como apurándolo. Llegaría un día en que el círculo se cortaría y él no vendría más, o ella no estaría para recibirlo. Por el momento, permanecía donde debía ser encontrada.
Las cortinas estaban abiertas y los vidrios cerrados cuando se hizo la hora. Las luces de la calle emulaban todas las cosas entre sí, pinceladas de amarillo sucio con las sombras caídas al unísono. Ella seguía en el mismo hueco del sofá, pensando en irse, en no atender, en esconderse, en decirle que se fuera, en mirarlo con reproche, en abrazarlo sin preguntarle nada. Volvieron a golpear; sintió una alegría que no pudo manejar. Lo llenaría de besos sacándole el impermeable, probaría el sabor entrañable de la lluvia pegada al sudor del trajín cotidiano y el perfume vital de la dulce mezcla. Irían así hasta la cama, donde él dejaría ese olor para ella. Y ella dormiría feliz por varios días.
Se levantó de un salto y abrió la puerta con torpeza. No encontró a nadie. Había tardado demasiado en atender. Seguramente habría pensado que ella se había decidido de una vez a quebrar la redonda simetría. Miró a los dos lados del pasillo oscuro, caminó hasta la escalera; ahí estaba, bajando despacio, como dándole tiempo a que se arrepintiese. Volvió a pensar en dejarlo ir. Lo miró descender un poco más, hasta que los motivos se le volvieron sordos. Entonces bajó un escalón, y otro, y otro. Él se dio vuelta y subió un escalón, y otro y otro. Y todo fue como cada día de lluvia desde hacía quince años. Sólo que esta vez, el olor no tuvo dónde quedarse.



Gustav Klimt, El beso

viernes 23 de enero de 2009

La loba, la loba se llevó al lobito

Fondo musical: http://www.goear.com/listen.php?v=a1bf6a5 (Ana Laura Sivaldi, Primera Caricia)


El hijo y después yo y después... ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor.”


Alfonsina Storni, La loba


Se fue sin dejarme verla en sus ojos.
Lo veo con pantalones cortos, 1.10 de estatura, gorrita y medias blancas. Va de la mano de su madre, lo que lo hace apurar el paso. No quiere perderse de nada, pregunta todo.
No sé si para él el mar fue lo que para ella. Me hubiera encantado preguntarle cómo era una comida de un día cualquiera, si recuerda el olor de su pelo, la manera de caminar, cómo apretaba su manito al cruzar la calle.
Él tuvo el privilegio de ser su soplo de vida, el sabor del café. De verla andar apurada por la cocina, llegar en puntas de pie a la hamaca paraguaya cuaderno en mano, correrse los cabellos de la cara mientras escribía, dudar, charlar, preguntar, cenar, cansar y descansar.
Alejandro tomó su destino como una espada. Ella se volvió sombría de a poco, su niño-hombre la sostuvo. Y la dejó ir cuando quiso soltarse.
Yo no supe encontrarlo más que en sus versos ni verlo más que como parte de ella. No vi al gran maestro, ni al escritor, ni al hombre de familia. Será ese egoísmo mío el que no me deja pegar un ojo esta noche en la que casi no veo lo que escribo, ahora que me animo a revisar la imagen y explorar el miedo que guardó, el temblor que retuvo cuando la despidió esa última vez. ¿Qué importa, entonces, el don que haya tenido? Era su mamá.
Yo no lo conocí. Pero sé que fue valiente.


Fotografía: Virginia Beccaría, Mis pies en el agua.

martes 23 de diciembre de 2008

¡Felices Fiestas!



Uno camina la ciudad, sobrevuela historias ajenas y el rostro de ella, la mujer que apareció un día cualquiera, se vuelve más nítido.
Empieza a hacer frío y ella muestra la pequeñez de sus ojos, el brillo pardo de sus pupilas. Presenta su escote blanco, su sonrisa exótica. Nos estamos conociendo mejor: Sabe que mientras antes aparezca, más pronto escribiré su historia. Ahora me hace falta encontrarle un nombre.
Hay que escribir los libros que vienen. Si no, los personajes que golpean la piel de adentro hacia afuera, se quedan habitándonos.

G. Klimt


“ Aquel que descubra el arte jamás volverá a estar solo."
V.Van Gogh


Que crees, que creas, que vueles y en el vuelo nos sigamos encontrando.
¡Felicidades!




sábado 29 de noviembre de 2008

La casa de caracoles

(Pulicado en revista Alrededores)
En el patio de la casa nueva apenas había un poco de pasto. Sin embargo era lo bastante grande como para perderme ahí a la hora de la siesta en busca de caracoles. Les construí una casa, o mejor dicho un vecindario, en bloques. Pero los caracoles nunca se quedaban y yo me pasaba las horas de sol juntándolos para ponerlos bajo techo. Atrás de mi casa de caracoles, algo empezó a florecer. Los brotecitos eran de distintos colores, muy chiquitos. Corté la maleza para que crecieran bien. A los pocos días, los tallos estaban largos y fuertes. Todos tenían sus capullos a punto de hacer explosión.
La flor de pétalos de estrellas fue la que se abrió primera: Una contraluz recortó mi casita inhabitada de caracoles en el fondo del jardín; corrí a ver, y ahí estaba, desplegando sus siete pétalos gorditos de perfectas estrellas. La del tronco grueso había crecido muy rápido y se abrió justo en ese momento, incitada por la luz estelar. Era una flor sol, llena de rayos, que no brillaban sin las estrellas de su vecina, y en el centro tenía una media luna. En ese atardecer se abrió también la flor de ojos, pestañando coquetamente con algunos pétalos, mirando de reojo con otros, todos de pupila verde y largas pestañas. Por la noche, ya muy tarde, me desperté con una dulce melodía. Enseguida fui al jardín: la flor de hojas de cuerdas se había abierto y cada uno de sus pétalos era una pequeña guitarra; todos juntos tocaban una melodía tan perfectamente coordinada, como sólo la naturaleza puede hacerlo. Ahí advertí que mientras empezaba a amanecer se abría la flor de dedos, estirando sus pétalos índices, meñiques, pulgares. Eran dedos rosados de uñas prolijas. Noté que continuaban creciendo lo dedos pero no las uñas. Y mientras aclaraba el día, la flor sol y la de estrellas se cerraban.
Había muchos más capullos que aún no se abrían. Guardé otra vez todos los caracoles que pude en su casa para que no se subieran a las flores, y me senté en el piso a mirarlas más de cerca.
Pronto, unas chispitas blancas aparecieron a los pies de los tallos; sus cabecitas eran de chupetín, pero las hormigas no se las comían. Eran demasiado lindas, y como las hormigas han dado sobradas muestras de ser inteligentes y tener muy buen gusto, preferían vivir en ese palacio dulce que comérselo. Había una flor de nubes que cada tanto se ponía oscura y regaba las chispitas. Y a la noche, la flor sol y la flor de estrellas les daban la luz que necesitaban.
El mediodía me sorprendió admirando aún estas plantitas. Estaba abriéndose una muy alta, cuya corola estaba formada por capullos de orugas. Cuando se abrieron todos a la vez, una bandada de mariposas multicolor sobrevoló mi jardincito, alegró la casa de caracoles a medio poblar, se posó en las flores, hizo cosquillas a las más remolonas haciendo que la flor de almohadas roncadoras se abriera por fin y la de tostadas con mermelada le perdiera el miedo a los pájaros. Guardé a los caracoles Houdinis, y me fui a almorzar.
Cuando volví, solamente encontré tallos cortados al ras y alguna que otra hoja en el suelo. Todos los caracoles dormían en la casita, como para no levantar sospechas. Una babosa gorda que luchaba por meterse en su caparazón, me dio la pista. ¡Pobres mis flores fantásticas! Habían sido banquete de caracoles envidiosos! Entonces pensé que atenderlos mejor podía ser una solución posible. Me sequé las lágrimas y con la cara negra de barro empecé a trabajar: pinté la casa con témpera, le puse un nombre a cada uno y los escribí con brillantina; planté lechuga y perejil para que nunca se antojaran con otra cosa, y les hice huecos en la tierra para se escondieran, como a ellos les gusta, los días de lluvia. Todo quedó precioso. Ahora había que esperar a ver si resultaba.
Esa noche me desperté con música de violines. Fui al jardín: una florcita de cuerdas se abría. Al rato, otras maravillas comenzaron a florecer: pétalos de sombrillas, pétalos de pantalones, otra que de capullo tenía una boca morada y así, una a una, nacieron nuevas y hermosas flores fantásticas. Los caracoles prefirieron la lechuga, y mis flores crecieron sin peligro. Pero a las anteriores, jamás las volví a ver.



Imágen: Flavia Da Rin

jueves 20 de noviembre de 2008

Viernes 21, FM 90.7:Las narradoras y yo

El viernes 21 de noviembre, a las 21 horas, estaré junto a las narradoras maravillosas que me acompañaron en el Tortoni: Claudia Stella, Giemena Blixen y Marcela Ganapol, en FM Flores, 90.7 que también se puede escuchar por internet en el siguiente link www.radiofmflores.net/
Durante más de una hora charlaremos y haremos algunas de las cositas lindas del Homenaje.
¿Nos acompañana?

sábado 15 de noviembre de 2008

En las fotos blanco y negro, los ojos celestes salen grises

(Finalista del Concurso Constantí 2008,Tarragona, España)
Cuenta mi abuela, que la abuela de ella se vino sola en barco, desde Siria, sin saber leer ni escribir y sin hablar una palabra de castellano. Esta es su historia, la de Sofía Jure y su esposo, Jorge Esper; para nosotros: la Tata y el Yeto.
Era 1910, Siria estaba en poder de los turcos. A los hijos varones los reclutaban en sus ejércitos ni bien podían cargar un fusil; por eso muchas madres no los anotaban en el registro civil al nacer. Así, para la Nación, trascurrían desapercibidamente, como si no existieran. Era el caso de Jorge. Se había casado con Sofía y tenían dos hijitas cuando los inhóspitos huéspedes permanentes decidieron hacer un censo con el objetivo de saber cuántos hombres tenían para su guerra. Era inminente el descubrimiento de la situación ilegal de Jorge; las consecuencias eran de alto riesgo ya que el castigo más leve, sería la cárcel. Fue entonces que se contactó con unos primos que habían emigrado a la Argentina. Presurosamente y sin demasiadas opciones, desarrugó su corazón, besó a sus nenas, y prometió a Sofía enviar por ella ni bien fuera posible.
Largos días pasó en el barco. En la Argentina, sus parientes lo recibieron solidariamente y lo acogieron con calidez en su casa. Mientras, él trataba de abrirse paso entre los miles de inmigrantes que seguían llegando al país, reteniendo a la fuerza alguna palabra en castellano, que a duras penas se le entendía. En Siria, Sofía esperaba. Pasaba las semanas interminables bajo la contención de su familia, un núcleo férreamente unido, como suelen acostumbrar los árabes. Los brazos de su padre eran el mejor el lugar. Siempre habían tenido un vínculo de complicidades y estrecheces único y vital para los dos. Pero sobrevino esa desgracia.
Esos días, el viento se puso frío de golpe. Un invierno prematuro se coló por la respiración de las pequeñas. Las dos hijitas enfermaron gravemente de pulmonía. Al no haber antibióticos, en pocos días, murieron. Nada alcanzó para consolarla. Había perdido a sus hijas y su esposo estaba a días de distancia. No lo pensó demasiado. No esperó a que él la mandara a buscar. Le mandó una carta diciéndole que iba para allá y se subió a aquel barco. No pudo darse cuenta, entonces, que nunca más volvería a ver a sus padres. Tenía poco más de veinte años y una sombra en las pupilas que se le había empezado a meter adentro. Era una jovencita libanesa sin derecho a vagar por el mundo, sin oportunidad de conocer las letras. Sin más palabra que las que traía de su cuna. Sin nada más que perder.
La travesía duró cerca de un mes. Viajaba en el mismo barco un amigo de la familia que iba hasta Brasil, a quien podría recurrir en caso de inconvenientes. El resto del viaje se las arregló quién sabe cómo.
Llegó. Jorge había recibido su carta y la estaba esperando. Pronto se instalaron en La Playosa, un pueblito de Córdoba. Ahí nació mi bisabuelo, Tino. El primer hijo nacido en la Argentina. Le pusieron Constantino, y por equivocación, José. Su papá se llamaba Jorge hijo de José, porque entonces, en su país natal se usaba así. En el registro algún empleado no muy idóneo –lo cual no era cosa rara– tomó José como apellido y anotó al recién nacido como Constantino José Esper. Y aunque el padre enseguida corrigió, el empleado dijo: “Ahora ya está anotado así”. Sofía tenía tanto miedo de que le pasara algo malo, que lo sobreprotegía obsesivamente; pero no tardaron en llegar muchos más hijos: Elena, Miyin (que se llamaba Emilia pero le decían así), Gabriel, Tota, Lule y por último Tita. En el medio tuvieron otra hija mujer que también enfermó y murió pequeña (esa historia mi abuela no la recuerda).
Migraron por varias poblaciones de Córdoba hasta asentarse en San Francisco, donde nació mi abuela Ñaña (que se llamaba Irma, como su mamá, según dispuso su papá Tino; le pusieron ese apodo por el ruido que hacía con el chupete).
Don Jorge Esper era ya un personaje conocidísimo en la zona. Manejaba un Ford T y se dedicaba a pequeños rubros, almacén de ramos generales, chacarita. El sí había sido educado, como correspondía a los hijos varones del Líbano, y sabía leer y escribir en árabe. Había aprendido a hablar castellano, atravesado, y leía el diario. Con la familia que había quedado en Oriente se mantenían en contacto por medio de cartas que tardaban una eternidad en llegar. Nunca más volvieron a Siria. Se reencontraron con algunos primos y parientes que también emigraron, pero jamás con sus padres.
Ya mi abuela tenía memoria cuando aquella carta llegó. Sofía, a la que los nietos llamaban la Tata, solía pedir a algún conocido de confianza que escribiera por ella y que le leyera la correspondencia. Hacía ya un tiempo que le habían escrito para comunicarle que su padre había fallecido. Sus hijos y su esposo, creyeron que sería una noticia demasiado dolorosa para ella y optaron por no decírselo. Cuando alguien le leía una carta, sabía que tenía que obviar las referencias a la muerte del padre. Ese día, recibió ella la correspondencia. Corrió ansiosa a buscar quién se la pudiera leer, no había nadie. En ese momento, tocó la puerta un verdulero que pasaba vendiendo casa por casa, que sabía leer en árabe. Ella le pidió el favor, y el hombre, naturalmente, le leyó la carta de principio a fin. Ahí lo supo: su padre, había muerto. Fue tal la ira, el enojo con la familia que no le había dicho, que nos los perdonaba. Que cómo nadie le había contado, que ella había ido al cine, había ido a todos lados. ¡Que ella estaba de luto y no sabía!
La Tata era una mujer de duelo perenne. Aquella sombra la venía siguiendo desde tan temprano que no pudo tomar la juventud. Siempre pareció vieja. Era muy generosa, dicen. Jorge, en cambio, era más tacaño. Los nietos le decían Yeto, que quiere decir “abuelo”, en árabe. Le daba a la Tata unas pocas monedas por día, pero ella se las arreglaba para separar unos centavos, y con eso compraba los regalos de cumpleaños. Cuando tenía lo suficiente, no esperaba el día; por las dudas, lo regalaba enseguida. Cuenta mi abuela que para un cumpleaños, la Tata le había regalado con anterioridad una cartera. Y ese día cayó con otro regalo. -“¡Pero Tata! Si usted ya…” -“Shhhh!!!” le hizo la Tata, ¡que no dijera nada! que estaba el Yeto y no fuera a escuchar que ella ya le había regalado.
Había un tío con el que mi abuela tenía predilección: Lule. No sé si esa tarde había tormenta, pero el tiempo, evidentemente, otra vez se había ensañado. Hubo un accidente aéreo, fatal. Lule era el piloto de ese avión. Tenía veintiséis años, una risa que nunca tuvo su madre, una novia. A partir de entonces, Sofía se despidió de los colores para siempre.
Eran muy creyentes, cristianos ortodoxos. Muy devotos de San Jorge, el santo que lucha con un dragón que representa al demonio. La Tata era más joven que el Yeto, pero murió mucho antes, por problemas del corazón. El Yeto era más bien petisón, con bigotes grandes, ojos de un turquesa transparente y mirada fuerte. Así se lo ve en la foto del compromiso de mis abuelos, una de las milagrosas ocasiones en que lograron que se pusiera traje. La Tata, aparece vestida de negro. Tenía los ojos celestes, no tan claros como los del Yeto. La Tata y el Yeto tenían el mar en los ojos.

lunes 27 de octubre de 2008

Homenaje a Alfonsina en el Tortoni: así fue


Había soñado con homenajear a la más grande de mis maestras, a esa voz enérgica tantas veces vedada, aún hoy (será por algo) como lo es Alfonsina Storni. Tenía 6 años cuando la encontré en un Billiken y desde entonces la fascinación por su obra me llevó a bucear en su universo. Este 25 de octubre se cumplían 70 años de su muerte. Me decidí a no dejar que pasara ese día como uno más. Pensé qué le gustaría a ella −Alfonsina y yo nos conocemos un poco, de tanto andar juntas− y esa visión me guió. Moví la primera pieza del dominó y todo se fue dando como las cosas que tienen que ser, o lo que se hace con muchas ganas. Llamé al Tortoni el 14 de septiembre, en menos de un mes estábamos ahí: la sala en que Alfonsina se juntaba con sus amigos de La Peña, totalmente colmada. Abrimos con una foto de ella disertando en público, con el audio de esa famosa conferencia que dio en Montevideo en su último enero. Creo que ahí comenzaron a conocerla mejor. Ni bien terminó, empezó a sonar en el piano "Alfonsina y el mar", en las manos inmejorables de Matías López Gallese mientras desde atrás de la sala, Julia Zenko caminaba hacia el escenario. Y con fotos de Alfonsina que aparecían y se disipaban en la pantalla de fondo, nos hizo poner la piel de gallina, incluso a mí, que lo había planeado. Julia tenía su función y aún así quiso venir a cantar. “Todo por Alfonsina”, me había dicho, y se notó. Elena (Altomonte), con todo su amor y su sonrisa siempre a flor de piel la despidió en el escenario y con toda su pericia le dio paso a una de mis escritoras favoritas: Florencia Abbate. En ese momento llegaron los invitados especiales: Guillermo Storni, nieto de Alfonsina, y María Storni, bisnieta. La sala estaba completa.
Después de Flor, leí un textito con mucha vergüenza, porque Flor es brillante y yo, como escritora, no tenía nada que hacer al lado de ella, o al menos eso se siente cuando uno admira a alguien que hace lo que a uno más le apasiona hacer. Y ahí fue que aparecieron: luciérnagas inquietas sobrevolaron La Bodega de punta apunta, sin moverse del escenario: Claudia Stella, Marcela Ganapol, Gimena Blixen, las narradoras, se encargaron de poner en primer plano a esa otra Alfonsina, la que yo quería mostrar: la irónica, la graciosa, la “oveja descarriada”. Yo les había propuesto los textos de Nosotras y la piel, compilación de ensayos periodísticos que casi nadie recuerda. En poco tiempo ellas se los metieron adentro, Alfonsina las encontró y ellas se encontraron tan, tan cómodas en Alfonsina que, creo yo, hasta ellas mismas se sorprendieron. La mayor parte del público estaba descubriendo recién entonces esa beta de mi querida poetisa, entre carcajadas y ojos grandes, maravilladas con el Cuenterío. No se pudo evitar, tampoco, la lágrima: subió María con la sonrisa idéntica a su bisabuela que se le asomaba por detrás; con toda su dulzura y delicadeza recitó poemas de Alfonsina, claro, como nadie más podría. Por último, Elena invitó a Guillermo a decir unas palabras. Ahí temblamos todos. Estaba conmovido por lo que había visto esa tarde, por tanto amor puesto para su abuela; agradeció a cada uno y dijo que este homenaje había sido como Alfonsina hubiera querido; y que ella, indudablemente, estaba ahí.
Yo tirité desde que empezó el evento hasta mucho después de terminado. Incluso soñé con eso. Me olvidé de muchas cosas cuando subí a agradecer, y aunque en el programa están todos, no quiero dejar de hacerlo:
Quiero agradecer a toda la gente que vino ( ¡todavía no puedo creer cuanta!).
Al señor Roberto Fanego (padre), quien sin conocerme me brindó esa sala mágica y confió en mí a ciegas.
A Elena Altomonte, conductora de lujo y mi mano derecha.
A Julia Zenko y su pianista que corrieron como locos para poder estar.
A las narradoras que prepararon ese espectáculo brillante especialmente para la ocasión.
A esa escritora impresionante que es Florencia Abbate, que estuvo ahí con tanto compromiso y tanto amor por la poesía.
Como sabrán, hicimos este homenaje de manera absolutamente desinteresada y eso está bien para una desquiciada como yo, pero viniendo de artistas de primera como las que tuvimos, hay que sacarse el sombrero.
A Guillermo y María Storni, un honor, un sueño… no alcanzan las palabras. Fue increíble que estuvieran ahí, que se hicieran parte de este homenaje en especial, entre tantos otros que había ese día.
A Fabián Gameli, sonidista al que torturé con las pruebas.
A Tatiana Flaker, que entre tesis y mates me ayudó con los videos.
A la Audiovioteca de Buenos Aires y a radio Eter por el audio.
A Vane, Marce, Mache y a mi papá, que sacaron fotos buenísimas.
A todos los que colaboraron en las pequeñas cosas que propiciaron un encuentro ideal.
A Alfonsina, por tanta lucha y tanta belleza.


Elena Altomonte (conductora)

Julia Zenko (voz) y Matías López Gallese (piano)


Florencia Abbate (escritora)

Marcela Ganapol (narradora del Cuenterío)



Claudia Stella (narradora del Cuenterío)



Gimena Blixen y Claudia Stella (narradoras del Cuenterío)


Elena y Cuenterío

Alfonsina y yo


María Storni (bisnieta de Alfonsina)


Guillermo Storni (nieto de Alfonsina)

Parte del público, y Enena presentando


Gimena Blixen, María Storni, Guillermo Storni, yo, Marcela Ganapol, Claudia Stella, Florencia Abbate y Elena Altomonte.

martes 14 de octubre de 2008

HOMENAJE A ALFONSINA EN EL TORTONI


jueves 2 de octubre de 2008

Los invito a visitar la revista Alrededores:

Emma ama la cámara

Fotografía: Mariano Cleto.

martes 16 de septiembre de 2008

Alunamiento

(Publicado en revista Alrededores)


Para escuchar mientras lees: http://www.youtube.com/watch?v=-g83_ZRGM48 .Vilajero, Marisa Monte.


Se animó a dibujar un círculo. Era la hora en que la plaza se pone opaca. El momento en que las madres tironean a los hijos para llevárselos a la casa y los abuelos les prometen volver al día siguiente si se van a bañar. Las hamacas todavía se movían, como si los chicos que las ocupaban se retiraran muy lentamente, o como si su envión no se extinguiera nunca. Los que quedaban en el arenero la miraban raro. A ella le causaba gracia el gesto de “¿qué hace esta mamá acá?”, y no se molestaba en dar explicaciones.
Había paseado entre los juegos toda la tarde. Se había sentado con el sol a leer. Esperó. Buscó entre las caritas melosas unos cachetes que no existían. Pensó que cada uno tenía un estilo particular de tirarse del tobogán, y que algunos le tenían miedo al subibaja aunque no lo dijeran. Había aprendido a descifrar la vergüenza, la ansiedad, la ofensa, el antojo.
Ninguno quería irse de la plaza.
La luna aparecía difusa, como el trazo de su dedo en la arena. En cuclillas esperaba que el viento pasara cerca del suelo para traerle el olorcito. Nadie se daba cuenta que ese olor desaparecería al crecer, y entonces lo añorarían como ella. Pero lo de ellos sería nostalgia. Lo suyo, sueño.
Vio al contorno de la luna completarse y ocupar su lugar entre las estrellas, ella que era una ladrona. Se rió de imaginársela arrebatando fulgores y corriendo a esconderse detrás de la Tierra. Pensó en retener la imagen para transformarla en cuento, por si tuviera alguna vez la ocasión de hacer dormir.
Remarcó su círculo, dibujó adentro dos puntos y una media luna acostada. Le sonrió al dibujo, como contestándole. Se corrió un mechón de la cara. Deslizó dos dedos a un costado de la rueda, después al otro, y dibujó un moño de cada lado, para que el viento no la despeinara. Le puso el mismo nombre de siempre y se quedó a su lado mirándola desarmarse.
El aire y la noche borraron las marcas de sus dedos en la arena, y también sus huellas de regreso a casa.
Ella dormía y la plaza estaba muy oscura cuando la misma línea curva volvió a sonreír en el arenero, aunque nadie estaba ahí para verla.


Danae, Gustav Klimt

viernes 29 de agosto de 2008

Yo también fui

Crónicas de Cromañón
(Escrito en 2005)
(Publicado en revista Alrededores)
Plaza Colombia, mediodía caliente. Barracas. Mucho humo, guitarras al hombro, flequillos idénticos que desayunan tetra y cerveza. En el centro de la plaza, rodeado por una cinta que indica peligro, se levanta el escenario: Festival por la Memoria, a seis meses de ese treinta de diciembre nefasto. En la parte de atrás, la lista interminable de víctimas escritos con letra negra. Arriba, un pasacalle que reza: “Masacraron el futuro - Cromañón - que no se repita”. Hay carteles con las fotos de los chicos muertos; gente con caras en miniatura pegadas en el pecho. Todo custodiado por los que se identifican como “Padres Control”.
Banderas de Callejeros, de los Gardelitos. Rostros vacíos, entre adormecidos y extasiados en una danza que se vuelve violenta de a poco. Las fotos de los muertos hacen pogo y se manchan de vino. De fondo se escucha: Todo es así, tan oscuro, que no encuentro una salida... tema con el que La Babosa abre el evento; se llama Agobio. Después de La Babosa toca La Jove, y Mirá qué Loco, todas bandas de barrio.
Claudio toca en La Jove, es un chico de veintiún años, como todos los de su banda; se prepara para cantar los temas que le escribió a Tebi, su mejor amigo desde salita de cuatro. Tiene los brazos llenos de cicatrices. El peso de estos seis meses lo obligan a vomitar su historia, para no morir también él: “Esa noche fuimos con Tebi, que es el pibe que falleció y la novia, Pao. Fuimos al VIP. En eso empiezan a hacer quilombo, bengalas, tres tiros... toda esa mierda. Todavía no había empezado y sale Pato (cantante de Callejeros) a decir que se porten bien. Yo estaba con mi amigo y la novia, y nos cagábamos de risa; estábamos arriba, muy lejos...”
Claudio habla mirando un punto lejano. Parece que mientras relata vuelve a ver la cara de su amigo, la última cerveza. Vuelve a escuchar los murmullos que crecen. Traga saliva y sigue: “Cuando empieza el recital y se empieza a prender fuego, yo le digo a mi amigo: aguantá Tebi, nos quedamos un rato. Yo ya estuve también la primera vez que se prendió fuego, que tocó Sexto Sentido y después los Pordioseros, también en Cromañón. Y le digo a Tebi: nos quedamos un rato acá, se va la gente y quedamos en una buena posición. Ni flasheaba lo que iba a pasar.”
La babosa está cantando: se oyen las voces de los chicos que ya quieren salir a mezclarse con la gente que no entiende que el rock es así. Es así, sólo lo entendemos los que estamos aquí... Claudio sigue hablando: “En una de esas viene el humo, humo negro. Me doy vuelta, lo veo a Tebi con la novia, y los pierdo de vista. Yo no podía respirar; agarré y me tiré; del VIP me tiré al piso. Ahí es donde me hice mierda la mano. Encaré para el lado de la salida común y vi que no podía hacer nada. Estaba toda apilada la gente. Entonces encaré para la salida de emergencia porque la semana anterior había tocado La 25 y habíamos estado en camarines; dije, ya está hay una salida por ahí. Yo decía: no aguanto más; cuando me caí al piso me di cuenta que había un poco de aire abajo, me quedé un toque ahí. Y después dije: si no salgo ahora no salgo más. Me levanté y empecé a caminar; tocaba la baranda de la barra, la bordeé de una y vi a un chabón con una linterna y ese chabón me dijo: dale que la salida es por acá, y yo salí. Cuando salí empecé a llamar a Tebí, no lo podía encontrar, no lo podía encontrar... Llamé a mis viejos y vinieron. Después me enteré que Tebi había muerto ahí.” Si hubieran salido apenas comenzó el fuego, ¿se hubiera salvado? Es la pregunta que tortura la mente de Claudio.
¿Hubiera cambiado la historia si alguien denunciaba ese primer incendio? Aquella noche, había tocado La Babosa; Matías, el guitarrista, cuenta que “fue una bengala, se prendió un poco nada más. Fue el año pasado, más o menos cinco meses antes que pase... lo que pasó. Lo apagaron en seguida porque agarró la parte de atrás de la media sombra. No hubo ningún herido, nada. La gente se quedó, fue un susto nada más. Creo que estaba tocando Jóvenes Pordioseros. Nosotros tocamos justo antes.” Mientras se descuelga la guitarra que le tapa la foto de Pamela, su ex novia muerta en Cromañón, comenta: “nosotros subíamos a tocar y decíamos: ¡ojalá que prendan bengalas! porque es verdad, era una fiesta. Era una satisfacción para mi”.
A seis meses de la noche más oscura, no hay más que verbos en tercera persona –“masacraron”– y algunos impersonales que no son mejores: –“que no se repita”–. Solamente un chico veinteañero con los brazos marcados, se anima a confesar: “Fui en mayo y se prendió fuego la media sombra de atrás y nadie dijo nada. Yo también fui, y no dije nada”.

domingo 17 de agosto de 2008

Pura poesía

Fotografía: por Virginia Beccaría. Colección Flor de Camalote.

miércoles 6 de agosto de 2008

El Kavanagh entre bambalinas

(Revista Quid, 2007) (Revista Alrededores, 2008)
Dicen que fue hecho para destruir un amor. Como Montescos y Capuletos −pero más prácticos− la familia Anchorena y la familia Kavanagh permanecían enemistadas. Cuentan que hubo un muchacho que olvidándose de la sentencia se enamoró y pretendió a una Kavanagh. Es una obviedad decir que ese romance nunca se concretó. Pero allí no termina la historia. Mejor dicho, ahí comienza una historia, la del Kavanagh.
En la década del ´20, los Anchorena, que vivían en el que hoy es el Palacio San Martín, habían mandando a construir la Basílica del Santísimo Sacramento (en calle San Martín al 1000) para que sirviera, en el futuro, de sepulcro familiar. Diez años después ocurrió lo que nunca debía pasar: un joven Anchorena y una joven Kavanagh, se enamoraron. Las identidades permanecen ocultas, la historia fue guardada con recelo por las familias que no podían permitir la trascendencia social de semejante accidente. Sin embargo en la ciudad quedaron huellas, y estas hablaron.
Los jóvenes no hallaban manera de verse a escondidas, porque en aquellos tiempos las mujeres andaban acompañadas a todas horas. Sólo se encontraban en las grandes fiestas. Fue allí donde Corina Kavanagh descubrió el romance. Esta joven mujer (de la que se desconoce el parentesco con la involucrada), llevaba años amando en silencio al mismo Anchorena. Nunca lo había manifestado conciente de la imposibilidad; pero ahí, frente a sus ojos, su amor se animaba al desafío más absoluto, con otra. Peor aún fue el día en que éste enfrentó a sus padres para decirles que iba a pedir la mano de la chica. La familia lo rechazó, lo prohibió, lo sentenció, y lo borró para siempre, como si jamás se hubiera hablado de aquel asunto.
La indignación, el despecho, la envidia tal vez, la impotencia, se le metieron en el cuerpo a Corina. Fue así que planeó una venganza contra el muchacho, que no la había amado y que además ignoraba los sentimientos de ella. Tras ese afán, en 1934, mandó a levantar el rascacielos con la única intención de impedirles a los Anchorena, la visión de su capilla desde su palacio. Para tal empresa tuvo que vender sus estancias. Valió la pena: el edificio, aún hoy, cumple con el objetivo.
El Kavanagh está en Retiro (Florida 1065) frente a la Plaza San Martín, en la Ciudad de Buenos Aires. Una torre escalonada de hormigón armado de 120 metros de altura, 33 pisos y 105 viviendas, con subsuelos y azoteas, 5 escaleras, 12 ascensores; síntoma de la época signada por la industrialización, la inmigración, el fascismo y las vanguardias. Fue construido en tiempo récord, ya que en 1936, 14 meses después de comenzada la obra, se produjo la inauguración. Corina no estableció un presupuesto máximo y se aplicaron los materiales más nobles traídos de todas partes del mundo: los pisos y las puertas se fabricaron con roble de Eslovenia y caoba, los herrajes en aleaciones de metal blanco evitando exponer a la vista clavos y tornillos de fijación. La obra fue encomendada a Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis María de la Torre, precursores de la Arquitectura Moderna en la Argentina. Los arquitectos aducen que la propuesta era hacer un edificio "de renta segura”: departamentos para alquilar a las familias ricas vinculadas a los negocios agrarios. Nació como el edificio más alto de Latinoamérica y, aunque tuvo la influencia de los rascacielos de Chicago de los años ´20, respondió a los preceptos del modernismo que la escuela de arquitectura de Buenos Aires mixturó con sus propios toques. Es por eso que muestra un estilo racionalista, de geometrías puras y ausencia de adornos. Exponían sus autores en un artículo del diario la Nación, el 5 de febrero de 1934: Muchos son los que han condenado esta nueva tendencia arquitectónica - el 'estilo moderno', para decirlo con precisión - por su voluntario olvido de las molduras, que parecían ser eternas, y por su desafío a las curvas clásicas.
El edificio crea una calle posterior de servicio que lo separa del Hotel Plaza, y se yergue en escalonamientos sucesivos que corresponden a las alturas máximas permitidas por las reglamentaciones.
Pensado para la funcionalidad, fue provisto de la más alta tecnología disponible: sistema de aire acondicionado central, cámaras frigoríficas para alfombras, piscina, gimnasio, y un observatorio astronómico que nunca llegó a habilitarse. Los ascensores fueron ubicados de tal manera que permitieran el acceso individual a los departamentos. El escalonado del edificio dio origen a terrazas y miradores, con lo cual el 30 por ciento de los departamentos poseyeron jardines propios. En la planta baja se encuentran locales, consultorios, patios, 2 accesos y estacionamiento. Los departamentos poseen 1, 2, 3 o 4 dormitorios, con dependencia de servicio.
La edificación obtuvo numerosas distinciones como el Premio Municipal de Fachadas y de Casa Colectiva, y el Premio de Américan Society of Engineening 1994. En 1999 fue declarado monumento histórico nacional. En 2004 la fachada fue restaurada, y entonces se advirtió que el edificio investía un encanto extra: un degradé que asciende y se va aclarando con la altura. En su base, granito gris oscuro para culminar casi blanco en la torre. Este efecto permanecía oculto por el smog y el deterioro producido por el paso del tiempo. La restauración fue coordinada por Marcelo Macadán y dirigida por Bettina Kropf y Nadina Resuman, quienes ya habían intervenido en obras como el Abasto y el Centro Naval.
Actualmente, el Kavanagh muestra de nuevo sus líneas definidas. Los equipos de aire acondicionado que manchaban las paredes de óxido, fueron retirados y reemplazados por split, alineados al centro de los cerramientos. El edificio permanece habitado por personas de alta alcurnia, o de personajes conocidos por la historia, como José Alfredo Martínez de Hoz. Los palieres destellan un lujo anacrónico, atiborrado de estatuas y estatuillas, retratos, pinturas, placas recordatorias.
El Kavanagh es parte de la mística urbana. Se tejen a su alrededor muchas historias, algunas cotidianas e intrascendentes, otras legendarias, como la que le dio origen. En 2004, al tiempo que se restauraba, Esther Cross publicaba su novela titulada “Kavanagh”, donde relata las vidas entrecruzadas de vecinos y espectadores, de narradores y observadores que bien pudieron existir, o no, pero que siempre, y sin duda, dan pauta de lo que despierta el monumento.
Desde el piso 14 la plaza San Martín pierde el gris del paisaje rutinario para ganar glamour. Las personas son pequeñas pinceladas que transcurren y mutan mágicamente, como en un cuadro de Dalí, confundiéndose con los árboles y los autos, y siendo un poco todos al mismo tiempo. Corina Kavanagh había reservado para sí este piso. Es el único que ocupa la planta entera; tiene 700 metros cuadrados, una terraza amplia en el frente y dos jardines laterales. En 1948 lo alquiló a la familia del banquero Henry Roberts, quien aún lo ocupa.
El edificio permanece en la ciudad que cambia y que lo incluye como un privilegio. Dice el presidente de la Junta de Estudios Históricos del Buen Ayre, Eduardo Lazzari: Incluso, si alguien quiere mirar de frente la actual basílica del Santísimo Sacramento, debe pararse en el pasaje "Corina Kavanagh".

Fuentes:
“Buenos Aires, ocho recorridos por la ciudad” Guía de arquitectura, Buenos Aires-Sevilla, 1994.
Cross, Esther: “Kavanagh”, Tusquets, Buenos Aires, 2004.
Diario La Nación, 5 de febrero de 1934
www.clarin.com/diario/2005/03/27/laciudad/h-05001.htm
www.clarin.com/diario/99/04/23/index.html
www.datarq.fadu.uba.ar/catedras/dorcas/expo/kavanagh/kavgh-tx.htm
es.wikipedia.org/wiki/Edificio_Kavanagh

lunes 28 de julio de 2008

Montañas y maravillas


Imágenes: Cleto, "Paisaje de mi tierra", técnica mixta. Virginia Beccaría, "Sierra de los Padres, enero de 2008", fotografía.


domingo 20 de julio de 2008

Mates en la vereda de casa

(Dedicado a Sabri, Noe, Noe y juli, Romi, Candy y Mariu. Ellas saben por qué)


Se le escapa un suspiro. Mirando fijamente las rayas de la vereda, toma aire. Sus párpados decaen ante mí. Las manos pequeñas y rellenitas que siempre me parecieron tan graciosas, me dan ahora una tristeza...Deditos cruzados. La melena rubia le envuelve la expresión, pero puedo adivinarla.
Después de un silencio en que las dos tratamos de reponernos, me mira. Enormes los ojos celestes, abiertos a más no poder, ávidos de paisajes nuevos, de colores, de ciudad, tratan de convencerme. Habla tan rápido, gesticulaba tanto que los cabellos se le cruzan por delante y se le pegan algunos en la cara.
El verano agonizaba. El umbral estaba todavía tibio, desde allí podíamos presenciar cualquier acontecimiento que milagrosamente perturbara la siesta.
Ahora que piensa irse se me aparecen todas juntas las tardes de charlas, las palabras inventadas, las noches de confesiones, las inconfesables. A veces ella cocina para nosotras. Los domingos de sol solemos ir a la costanera con el mate. Entonces viene la torta. Me acuerdo que para el último día del amigo le había puesto una cremita de limón tan deliciosa como sólo ella sabe hacerla. Esa es su forma de decirnos “las quiero, son importantes para mí”.
Me pregunto por cuánto tiempo voy a ser capaz de retener su mirada, sus gestos, el tono de su voz, el olor de su pelo.
-Y en Barcelona hay playa, así que me gustaría más vivir ahí que en Madrid. Pero bueno, está todo cerca.
Ella sigue verborrágica, sin filtrar palabras. Y yo, hablando como si no hablara, la interrumpo: -¿sabías que en Europa no hay alfajores? ¿Qué vas a hacer vos, fanática como sos de los triples de chocolate?
-Ay... bueno, pero Europa es hermoso. Además debe haber cosas mucho más ricas que los alfajores, es el primer mundo.
Entonces veo que estoy autosaboteando mi intento de no pincharle la ilusión; yo tengo que estar feliz por ella. Si me pone triste, si me enoja que se valla, no es por simple egoísmo; por supuesto que quiero verla feliz, pero, ¿es esta su felicidad? Además de lo mucho que me duele no volver a verla, me aterra pensar que puede no encontrarse con lo que espera, aunque sea el “primer mundo”. Pienso al mirarla: Aunque los edificios sean bellísimos, aunque los subtes tengan televisor y aire acondicionado, ¿qué vas a hacer si el amor no esta allí? ¿Si tu amor ya no es el mismo? ¿Si te das vuelta y no encontrás a nadie a quien contarle lo que viste? No voy a poder rescatarte, como en los atardeceres de invierno, cuando te llevaba a dar una vuelta al centro para ver si así aflojaba tu piantadera.
Mientras me trago estas palabras no olvido su sentencia: “vos siempre me decís lo que no quiero escuchar”. Y yo le contesto: “para eso soy tu amiga.”
-Igual, allá me compraré ropa nueva...
-Sabri, (la interrumpo) Sa...¿estás segura?
Se queda muda, mirándome con su cara de no estar pensando nada.
-Mirá, ahí vienen las chicas.
Subiendo la vereda aparece la escuter negra, la blanca y la “garrelli”. La primera es Romi, detrás de sus rulos colorados se asoma Noe. En la otra viene la gringa y Candy (que se llama Alejandra Norma, pero misteriosamente todos le dicen Candy) y en la pobre garelli destrozada por las andanzas de a tres, la otra Noe, con su Julieta paradita adelante que oculta tras sus lentes de sol en forma de corazones, esquiva nuestras artimañas para llenarle los cachetes de besos.
-¿Y a vos qué te pasa? Me dice una de las Noes antes de saludar. Pero enseguida se arma la ronda de mates y puedo mirar para otro lado, hacer que escucho lo que cuenta alguien más, para no contestar.
Allí estábamos como siempre, en la vereda de mi casa. Me muerdo los labios para no decir en voz alta todo lo que estoy pensando, porque sé que a ella no le va a gustar, primero porque es una llorona, segundo porque todas somos lloronas y se va a aguar la mateada. Así que me callo, pregunto de qué están hablando y también me río. Todo trascurre igual, sólo que nosotras no somos las mismas. Nos miramos de vez en cuando con nostalgia precoz, con complicidad.
Había pasado el ex de alguna y los comentarios no tardan en surgir en avalancha: “¡es un idiota!” “¿viste como te miró?” “¿qué tenía puesto?” “¿saludó?” “No seas tonta, no te pongas así por ese tarado que no vale ni cinco centavos”.
El ex de una se convierte automáticamente en el enemigo número uno de todas, y no hay piedad. Es una guerra sin tregua. En una época, a Sabri se le había dado por dejarles en los parabrisas puñados de yuyos con barro, y hasta ramas enteras. Había que vernos escabullidas entre los autos, vigilando que nadie nos descubriera, como si fuera la peor maldad. No, no era la peor. “Con nosotras no se juega”, repetíamos. El que las hace...
La gringa cuenta la pelea de la semana con su novio feo. Es un clásico. Romi cambia de tema contando el encontronazo que tuvo con el morocho del Duna blanco. -¡y vos que me decís a mí si haces lo mismo con el negro Zalazar! “Has lo que yo digo pero no lo que yo hago”, se escucha. –Y bueno, una es de carne y hueso, más de carne que de hueso... Y todas nos reímos, porque es verdad.
Las chicas no saben nada de lo de Sabri. Creo que ella no tiene fuerza ahora para verles las caras que van a poner, que son previsibles. Así que se entrega al momento, deja fluir sus comentarios típicos, esos que te hacen reír hasta de lo más terrible: -quedate tranquila que total nadie te lo va a quitar, vas a ver que cuando no consiga nada vuelve solito. Hacele caso a la Tatita, que la Tatita sabe...
La gringa se ríe entre lágrimas de la cara de haberlas pasado a todas que pone Sabri mientras mira para arriba y agita la mano.
-¡Uh... Que gordo que está Perlo! ¿lo vieron?
-Sí, está un poquito inflado, pero igual está bárbaro.
Noe se empieza a reír sola: - ¿Se acuerdan la noche que la Candy se volvió con él? ¡Lo hizo caminar las treinta cuadras del boliche hasta su casa, y no pasó nada!
-No no, lo mejor fue cuando le dijimos a ese rubio creído que era muda! La Candy no sabía nada, pero como nunca habla, le dijimos: preguntale algo, vas a ver que te contesta con señas.
No podemos parar de reírnos, porque la cara del rubio es inolvidable, y la de Candy, que no entendía nada, también.
Vuelve a pasar el ex novio feo de la gringa, esta vez haciéndose el que no nos ve, mientras todas lo miramos con nuestras peores caras de asco. Sabri no aguanta y tiene que decir algo: -Ese, lo único lindo que tiene es el auto. Habría que dejarle unas ramitas... A mí una vez me regalaron una planta diciéndome que era como el amor, que había que regarla todos los días. Un día me enojé y le cargué la planta en la camioneta. Encima la noche anterior habíamos visto una película, ¿te acordás? (me dice), donde el psicólogo le decía a la chica que, primero había que comprarse una planta, si la planta sobrevive podés comprarte un perro, y si sobrevive podés pensar en una pareja. ¡Imaginate si se me moría la planta! ¡no! De última que se le muera a él...
Falta mucho para que caiga la tarde y todavía queda agua en el termo. Además, a la noche nos juntaremos a tomar algo, nos pintaremos, nos mediremos veinte conjuntos para ver cuál nos queda mejor, y cuando todas estén de acuerdo, y cuando estemos todas listas, saldremos a bailar hasta que los tacos nos mutilen los pies.
La gringa está medio tristona; yo le vuelvo a repetir lo que ya sabe de memoria. Como para hacerle cambiar la cara, Romi le dice: -No le hagas caso gringa, ella siempre dice lo que una no quiere escuchar. Entonces Sabri, que estaba saludando a Flor que acababa de llegar, se da vuelta y contesta: -para eso están las amigas, che.

lunes 7 de julio de 2008

Oso polar que busca el polo


Fotografía. Julio, 2001. Zoológico de Buenos Aires. Por Virginia Beccaría.

viernes 13 de junio de 2008

Ensayo sobre la 'propia' ceguera

(Revista Squenun, 2006)
“ Dice el hombre: en la calle he padecido/ de andar sin ver, de ausencia con ,presencia/ de consumir sin ser, del extravío,/ de los hostiles ojos pasajeros.” (Pablo Neruda, Llanto.)

Una epidemia repentina de ceguera blanca acecha a una ciudad. Poco a poco, todos los habitantes van perdiendo la vista súbitamente. Al ir aumentando el número de enfermos, el gobierno decide ponerlos en cuarentena en un lugar aislado del resto de la sociedad. Uno de los protagonistas es un médico; y su esposa, que no está ciega, simula estarlo para ser llevada a aquel recinto de reclusión junto a su esposo. Allí son abandonados a su suerte, aunque a veces unos soldados les acercan comida. Con el transcurso del tiempo, los hábitos que tenían se van degenerando en pos de una convivencia apenas posible. No tienen cómo higienizarse, ni cambiarse la ropa. Duermen amontonados en el piso, cuerpo con cuerpo, las pestilencias no dejan rincón sin cubrir, pero ellos ya no lo notan. Afuera, la ciudad se va quedando ciega también y el caos impera. Son saqueados los mercados, no hay servicios, falta el agua, la basura y los animales muertos se pudren en las calles. Cuando son liberados intentan desesperadamente conseguir alimento. La mujer que ve, anda semidesnuda robando comida para todos. Nadie puede ver. Los cuerpos sucios, desnudos o vestidos con harapos rasgados; la mugre, la carne muerta y los desperdicios sueltos en las calles. Hay un estado de angustia generalizada. Tienen miedo de moverse, lo hacen en grupos y con suma cautela. No ven. Le dices a un ciego, Estás libre, le abres la puerta que lo separa del mundo, Vete, estás libre, volvemos a decirle, y no se va, se queda allí parado en medio de la calle, él y los otros, están asustados, no saben adonde ir, y es que no hay comparación entre vivir en un laberinto racional, como es, por definición, un manicomio, y aventurarse, sin mano de guía ni traílla de perro, en el laberinto enloquecido de la ciudad. (Saramago, 249)
El proceso de civilización y moldeamiento de las costumbres occidentales comienza en las cortes absolutistas de finales de la Edad Media. El sujeto sufre dos tipos de moldeamientos. Uno, y el fundamental, es aquel que lo transforma internamente. Por otro lado, con la Modernidad adviene la sociedad industrial que trasforma con crueldad los cuerpos. El hombre no está habituado al ritmo de la maquina, ni a la postura, ni a la repetición del movimiento. Ni a las enfermedades de la ciudad, ni al hacinamiento. Es un cuerpo desamparado, sometido Un cuerpo-máquina que adquiere poco a poco la forma de ésta. En los dos tipos de transformaciones, actúa lo que Foucault llamó biopoder. Poder sobre la vida, microfísica del poder que no está en ninguna mano, sino que se cuela hasta en las fibras más finas del ser. El cuerpo sirve cuando es dócil y productivo. Con ese objetivo, el Estado ejerce ese biopoder de manera sistemática sobre todas las vidas, ininterrumpidamente, mediante biopolíticas. Se reserva el poder de administrar los nacimientos y las muertes; de decidir sobre la higiene, la inmunidad, la vida de los sujetos que habitan el territorio que le compete. Esas medidas se complementan con otras que apuntan al disciplinamiento directo de los cuerpos individuales en las llamadas Instituciones de encierro, como las cárceles, las escuelas, las fábricas o los hospitales, que, siguiendo a Foucault, tienen la forma de Panóptico
[1]: hay una autoridad superior que vigila constantemente, o que podría estar haciéndolo. Con lo cual, el temor a ser vistos hace funcionar la vigilancia aún en ausencia del vigilante. En el plano de las ideas, este proceso es acompañado la filosofía mecanicista. El hombre tiene la función de ser útil, racional, desprovisto de sentimientos, y debe ser socialmente eficaz. Los puntos centrales a transformar son las costumbres y el comportamiento. El cuerpo también es un sistema organizado, está vivo mientras se mantiene organizado, la muerte no es más que el efecto de una desorganización, Y cómo podría organizarse una sociedad de ciegos para que viva, Organizándose, organizarse ya es, en cierto modo, tener ojos. (Saramago, 337). Entonces se lleva a cabo una necesaria mutación en las sensibilidades. La coacción real es una coacción que ejerce el individuo sobre sí mismo en razón de su preconocimiento de las consecuencias que puede tener su acción final (Elías, 457). Esa regulación le es inculcada al individuo desde su niñez, de modo cuasi automático; una autocoacción de la que no puede librarse aunque lo quiera concientemente, pues el aparato psíquico es trasformado. Es un conjunto de hábitos que están en correspondencia con la diferenciación de las funciones sociales. También la violencia física se va excluyendo del trato habitual entre los hombres. Tienen que dominarse. Tienen que resolver dentro de sí, los conflictos que antes dirimían en la lucha cuerpo a cuerpo. Se consolida un aparato de costumbres que pretende regular, reformar, reprimir si no anular incesantemente sus afectos de acuerdo con la estructura social. A veces, la contención de las emociones llega tan lejos que el individuo pierde la capacidad de manifestar sin temor sus afectos reprimidos, o de satisfacer directamente sus instintos. El sujeto se hace parte de un escenario que le exige máscara. La vigilancia y la observación permanente de los demás se convierten en elementos ineluctables de éxito social. El miedo al desprestigio lleva al individuo a interiorizar esa vigilancia, aún cuando no hay nadie que la suscite, como ocurrirá más tarde en las instituciones de encierro. La observación reciproca y la interdependencia son cada vez más intensas, así como la diferenciación de las prohibiciones. Mientras más se reprimen o trasforman las manifestaciones de alegría o dolor, tanto mayor es la sensibilidad de percibir los pequeños gestos. Comienza a aflorar esa forma peculiar de modelación de los instintos que se llama “vergüenza”: conflicto del sujeto con su propio interior, y con la opinión social, que jamás es mostrada. Nace el pudor, como modo de vergüenza. En la corte del siglo XVI, no está prohibido el desnudo frente a personas de clases sociales más bajas. El descubrimiento del cuerpo frente a los demás es una infracción sólo cuando desaparecen las diferencias estamentales. Este comportamiento se relaciona de forma tan clara con el miedo desde pequeño, que desaparece de su conciencia el carácter social de la prohibición, y parece que el pudor surge como mandato de la propia interioridad de la persona. Son los ciegos cuando no eran ciegos. Son los ciegos cuando vuelven a ver, al final del libro. Allí cuando la mujer que veía, se queda ciega.
El proceso de moldeamiento del hombre y de dominio sobre la vida, se fue radicalizando con el correr del tiempo. El individuo vive cotidianamente en instituciones de encierro, y la vigilancia pasa desapercibida. Tan interiorizada está, que no existe la posibilidad de comportarse fuera de sus parámetros. Por otro lado, es el día de hoy que el biopoder concreta sus más grandes injerencias (hasta el momento) en la determinación de la vida, en la manipulación de la información antaño secreta de la constitución del ser humano como es el ADN. De la creación de vida por medio de la técnica, y la posibilidad de duplicar un hombre para luego quitarle un órgano vital que el original necesita. Pero la determinación del individuo de moldear su existencia es mucho más trivial que eso. Cada día, cada uno de nosotros lleva adelante un modo de comportarse peculiar. Come determinados alimentos, se viste de una manera que lo caracteriza y que le asienta, frecuenta determinados lugares; el no corresponder al ideal de belleza provoca angustia en hombres y mujeres, y los lleva a reformarse para pertenecer, echando mano a las innumerables tecnologías para esculpir cuerpo, cabello, rostro. La autoformación de la imagen va acompañada por las diversas técnicas de automanipulación con las cuales el individuo moldea su interior. Estas, otrora conocidas en tanto son explicitadas por los filósofos, han existido desde épocas remotas. Las doctrinas religiosas, la confesión del catolicismo, la meditación, el psicoanálisis, las terapias de autoayuda; pero también maneras de comportarse que no son tan concientes ni elegidas como esas: planear la propia vida en función a las practicas sociales, sin posibilidad conciente de cuestionarse si es aquello lo que alberga el deseo más genuino, entre otras cosas.


[1] “El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Conocido es su principio: en la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro, una torre, ésta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción. (...) Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. (...) Es visto, pero él no ve.” Foucault, Michel: El Panóptico, en “Vigilar y castigar” (Pág. 34)
Bibliografía
Coriat, Benjamín, El taller y el cronómetro, Siglo XXI Editores, México, 1992.
Elías, Norbert: Bosquejo de una teoría de la civilización, “El proceso de la Civilización”, México, Editorial Fondo de Cultura Económica, 1987.
Foucault, Michel: Vigilar y Castigar. Siglo XXI Editores, VVEE, México.
Neruda, Pablo, Las manos del día, Losada, Buenos Aires, 1998.Saramago, José: Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, 2000, Argentina
Saramago, José: Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara, Argentina, 2000.
Sibilia, Paula, El hombre Postorgánico, cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, FCE, Buenos Aires, 2005.

lunes 26 de mayo de 2008

Retrospectiva

Hay que poder imaginar algo distinto a lo que está para poder querer; y hay que querer algo distinto a lo que está para liberar la imaginación”
Cornelius Castotiadis



Un hombre busca, se sube a la barca precaria de la vida, y navega en noches de tormenta por sus propias profundidades, que son las profundidades del universo. Está solo y ciego. Lo único que tiene, es su imaginación. Pero cuando el hombre deviene subjetividad, puede ser constructor de su historia y pretender realidades distintas. Puede cuestionar y cuestionarse. Es, a partir de entonces, responsable de su ley y de su mundo. Está listo para ser un transformador.
Es en el terreno de las artes donde esos ardides se evidencian. Desde las reivindicaciones del romanticismo contra la angustia de la razón, pasando por las mil caras de Baudelaire, las provocaciones de los Dadá y todos los demás “ismos”, en todas sus rupturas y continuidades; la literatura, la pintura, la arquitectura, la escultura, y más adelante el cine, convergen desde siempre: las manifestaciones artísticas, la existencia, la búsqueda del sí-mismo, son en definitiva la misma cosa.
La subjetividad del artista es inquieta e inquietante. Lejos de lo que puede parecer, no tiene absoluta libertad de inventiva, sino entera dependencia de ella: necesita crear para estar vivo.
Si queremos recorrer la Retrospectiva de Rubén Canelo, debemos estar dispuestos a viajar. Tomar la lanza de sus Quijotes, nadar con sus peces mitológicos, amar con Neruda, renacer con Alfonsina, naufragar en tintas, sobrevolar ayuntamientos monocromáticos, observar detrás de un árbol a una pareja, pegarnos al perfil de Van Gogh, alucinar con Dalí, contemplar misterios todavía vagando en los contornos del cuadro. Hay un laberinto construido por esa mano, que al pasar el tiempo se fortalece y es capaz de seguir aprendiendo. Técnicas, influencias, maestros, pesadillas, matices, obsesiones, anécdotas, pruebas, equivocaciones, semblanzas, fascinaciones, mañanas, voces, miedos, astucias, Dulcineas, genios, fábulas; todo convive en el interior y en el exterior del artista. Convertido en alpinista, observa sin vértigo, desde la cima donde aún no descansa, la obra. Sólo el hacedor de tales expresiones sabe lo que significan. Tenemos permiso especial para entrar en ese laberinto mágico, sin garantías de encontrar la salida. Aunque, créanme, vale la pena perderse y pasar un tiempo allí. Y si sabemos mirar, no nos será difícil encontrar las pisadas de los seres de tinta que lo habitan, en las calles de la ciudad. Ellos, como nosotros, entran y salen de las obras, y hacen nuevos sentidos. Ese, es el regalo de Canelo.

jueves 22 de mayo de 2008

1892: El Cisne



Nació rosadita y piscueta. No se acuerda bien de las montañas, pero el mar, en cambio, se le hizo sueño. Está sentada en el umbral de su casa de San Juan, tiene 4 años. Un flequillito a penas se le asoma detrás del libro que es casi más grande que ella. Lo sostiene con las dos manos, y lo apoya en las rodillas. Clava los ojitos azules en las páginas y espía por el rabillo el efecto que causa. Mueve los labios, como leyendo: “Es la historia de una nena que tenía muchos hermanitos y era muy curiosa”, dice. “Y sabía contar historias, que a veces eran ciertas, otras no, y otras más o menos. Pero un día, se llevó una sorpresa...” ¡Alsonsina! Le gritan unos primos que pasan. ¡Tenés el libro al revés! Ella se pone roja de vergüenza y de rabia, se enoja y corre a llorar detrás de una puerta. Estoy en San Juan; tengo 4 años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea1. No pasará mucho tiempo para empiece a escribir las primeras poesías. Para que Paulina se las encuentre y confisque, y aprenda a llevarlas pegadas al cuerpo. Nadie supo nunca dónde escondía sus papelitos.
Escamoteó la bruma interna ineludible, saltó charcos de montañas y obeliscos, pasó de risueña a llorona, de rosa a hembra. De verso a puño. De cisne a loba.
22 de mayo, 1892, Sala Capriasca, Suiza. Gracias.


1Storni, Alfonsina, Entre un mar de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj, (Montevideo, enero de 1038) “Alfonsina Storni Obras Tomo II ”, Losada, 1999, Buenos Aires.(Pág. 1076)

martes 13 de mayo de 2008

Para Emma

En el homenaje de la luz

"Buenos días, Dios. Toda la suavidad del mundo
sopla ahora sobre mi piel, en este extraño segundo
en que la luz del día me comprende."

Bienvenida Emma...


Este es un fragmento de la frase que pusieron en la tarjeta de mi bautismo, cuyo autor desconozco. Quise regalártela, Emma, como buen augurio de tu llegada.

jueves 24 de abril de 2008

Soltar Mariposas en abril

escúchenla mientras leen: http://www.goear.com/listen.php?v=be8bcac



Ella sabe quién es. Desnuda el interior caudaloso, sin reparos pero no sin miedos. Aún no aparece esa otra que también es. Ahora brilla toda. Surge del piso como una elfa diminuta vestida en gasas blancas. Toma el escenario, la atmósfera. Todo el aire del mundo la posee y sale de sus pulmones por un camino mágico hecho de garganta, cuerdas, corazón, misterio. Y deslumbra. Esa tierra que ella ama, el viento de montaña, la fuerza de las olas más lejanas parecen nacer en su voz. La creación está ahí. Las risas, los amores, los ritmos, lo nuevo, lo añorado, los perros, los jardines, los fuegos, todo viene en ella, a desparramarse entre las butacas.
Cuando llega la mañana, está la otra. La chica sencilla de media cola. De mirada tímida, siempre de un verde dulzón. Las dos son ella. Esa bebita de ojos grandes descubriendo el mundo, aquel 24 de abril de 1957. La nena en puntas de pie tratando de subirse al caballo. La jugadora de jockey. La guitarra y el destino al hombro. La artista excepcional. Una mixtura irrepetible: Savia, Mieles, Solsticios Marchitos, Suave Marea, Sensacional Maestra, Simple Mujer, Sandra Mihanovich.










Texto: Virginia Beccaría. Fondo musical: Sandra Mihanovich; Swing Low, Sweet Chariot. Spirituals Blues & jazz. Fotografía: Sandra Mihanovich.




domingo 6 de abril de 2008

Pétalo de la misma flor


Fotografía: V.B. Pétalo de la flor del camalote

Tarde

(Revista Alrededores, 2009)
Y no volvió ya a decir que no podía. Salió entonces a patear charquitos, a pisar hojas secas como se hace en los finales felices. Tal vez sea esa la cura, pensó.
Se fue.
Pisó uno, dos, tres charcos, se mojó los pies, sintió un frío agudo subiéndole desde los talones y no le pareció reconfortante.
Aplastó tres o cuatro veredas llenas de hojas crujientes, las primeras le dieron cierta satisfacción , tal vez porque simplemente permanecen allí, inmóviles, sin posibilidad de contraatacar . Eso le daba cierto poder. Las aplastaba con morboso regodeo, como cuando era niño y pasaba las tardes cazando langostas en un frasco de vidrio para descuartizarlas lentamente al anochecer.
Pero las hojas no se retorcían, no le dejaban percibir su sufrimiento, por lo que pronto se aburrió. ¿Qué hacer entonces? Necesitaba descargar su maldad. No era su estilo comerse las uñas o morderse los labios; su maldad debía salir si no quería perder el control, como aquella vez..
No. El pecho se le encogía al pensarlo. Ahora buscaba, con la mirada, algún pequeño ser vivo sin capacidad reflexiva, pero con la abnegación suficiente al sacrificio.

sábado 29 de marzo de 2008

Árbol de domingo a la tarde


V.B. Fotografía

lunes 17 de marzo de 2008

Floresmariposas


Imágen: V.B. (Fotografía)

La fea roncante

Hace algunos años me divertí bastante jugando a escribir este anticuento. Como seguramente ustedes también se reirán haciéndolo, se me ocurrió proponerles que escriban el suyo, y lo suban a este blog en los comentarios. Por eso abrí esta sección. Yo escribí el anticuento de la bella durmiente. Ustedes pueden hacerlo de este cuento o de cualquier otro que se les ocurra: Cenicienta, Blancanieves, Caperucita, Pinocho, u otros clásicos más modernos como la Sirenita o el que tengan ganas.
Aca va el mío, ¡ y espero los suyos!

La fea roncante

Había una vez una pareja real que jamás habían querido tener hijos. Cierto día, la reina anunció que desgraciadamente en unos meses daría a luz.
Para que el infortunio fuera completo, quiso el destino castigarlos con una débil y llorona niña. El rey, desesperado por su mala suerte, convocó a las brujas del reino para rogarles que hicieran algo al respecto, ofreciéndoles a cambio algunas joyas. Las seis hechiceras acudieron a su llamado. Al ver en aquel moisés ese engendrito blanco y arrugado se compadecieron de los reyes y decidieron otorgarle a la criatura, cada una característica que la hiciera más soportable para sus padres. Entonces dijeron: -serás la más fea de todas las doncellas para que tus padres no tengan que ocuparse de tus pretendientes.
-Serás tan tonta que darás lo que se te pida y obedecerás sin chistar.
-No tendrás gracia y caminarás como un mono para que nadie repare en ti.
-Bailarás como Pinocho.
-Cantarás como un sordo.
- Nunca tocarás ningún instrumento (pero ninguno ninguno) para no llamar la atención de nadie.
Apenas habían terminado de pronunciar estas palabras, cuando una figura resplandeciente apareció en la sala. Era el hada buena.
Se han olvidado de mí -dijo furiosa-. Y compadeciéndose por la desgraciada princesita, le dijo: -nada puedo hacer para evitarte una existencia penosa, fruto de las maldiciones que estas malas mujeres han volcado sobre ti. Sin embargo puedo darte una posibilidad de encontrar la verdadera felicidad: cuando cumplas dieciséis años, te pincharás con una aguja y te quedarás dormida para ya no tener que soportar tu desdichada vida. Sólo despertarás si algún día un príncipe encuentra tu belleza interior, y sin importar tu aspecto, te da un beso de verdadero amor.
La última de las brujas aún no había pronunciado su hechizo sobre la niña. Entonces dijo a los reyes:-No deben preocuparse. No existirá ningún príncipe con el que tengan que lidiar, porque la princesa tendrá tan mal aliento que ninguna persona que conserve sus cinco sentidos se atreverá a besarla.
El rey no se quedó tranquilo y prefirió destruir todas las agujas del reino.
Pasaron dieciséis años sin que nada ocurriera. La princesa tenía ya su acné lleno de pus, sus dientes bien podridos, sus carnes bastantes fláccidas para tan corta edad, y unos pocos piojos de compañía. Un día, subía la escalera que conducía al altillo, y tropezándose con sus propias piernas peludas perdió los anteojos. Tanteando el piso tocó un zapato, y al levantar la vista encontró a una mujer hermosa cosiendo, que amablemente le alcanzó sus lentes. Era el hada buena que ya no soportaba ver la horrible vida de la niña. Entonces le preguntó si le gustaría aprender a coser. Al intentarlo, la torpe princesa se pinchó y en un instante comenzó roncar como un oso. El hada pensó que eso les daría gusto a los padres, y para no complacerlos hechizó a todos los habitantes del castillo. Todos dormirían hasta que la princesa despertase.
Pasaron cien años. Un día, un hombre asustado que venia huyendo de los guardias de un reino cercano llegó de casualidad hasta el castillo. Era un impostor cobarde y especulador que había intentado pasar por príncipe para comer y beber gratis en una fiesta real. Suponiendo que los dueños del lugar estarían vacacionando en algún otro sitio, decidió usurparlo.
¡Linda fiestita habrán tenido! –pensó el individuo al esquivar a toda esa gente despatarrada roncando y chorreando saliva. Recorriendo su nuevo hogar llegó al altillo; en la entrada se tropezó con la princesa que seguía desparramada cómodamente en el suelo y cayó sobre ella, rozando sin querer la cara bigotuda. Algo debió fallar en el conjuro para que en aquel momento la niña despertara. Entonces reparó en aquel tipo que, fuera lo que fuera, era un hombre, cosa que hacía cien años que ella no veía.
Cuando bostezó, el pobre hombre sintió que se desmayaba del asco; era el aliento más repugnante y putrefacto que jamás había olido. Se incorporó y en un segundo dejó de pensar en la morada que había encontrado y empezó a retroceder. Pero la desesperada y libidinosa púber no estaba dispuesta a dejarlo escapar. Fue así como el impostor se echó a correr con la fea roncante por detrás que lo perseguiría incansablemente; después de todo había estado acumulando energía durante un siglo.
Cuenta la leyenda que desde ese día, cada vez que una polvareda mal oliente cruza el horizonte, se ve a la princesa persiguiendo a su imitador de príncipes.

sábado 8 de marzo de 2008

Con M mayúscula


Para ESCUCHAR antes de leer


Si recorren este espacio, van a encontrar a muchas mujeres que son fundamentales para mí. Las que viven en mis cuentos, que a veces ni siquiera tienen nombre. Mora, Encarnación, Maira y Lilith, protagonistas de una novela que no puedo terminar porque no quiero soltarlas. A Ellas es mi homenaje, y también a todas las mujeres que pasan por acá, que todos los días buscan acercarse un poco más a sus fantasías, que no se quedan soñando, que hacen. A la mujer que me dio a leer los primeros libros que es mi abuela Ñana, a mi abuela Piti que me debe estar mirando desde algún lugar (¡los ángeles estarán dirfrutando de su crema pastelera helada!). A mi mamá Nancy, a mi hermana Naty, a mis primas Emi, Laura, Marianela, Pilar. A mi única tía mujer y madrina, Ale. A las grandes mujeres que me acompañan incondicionalmente desde hace años, mis amigas-hermanas: las Noes, la Gringa, Candy, Romi, Sabri, Ana, Juli. Las que están aquí, en la gran ciudad, peleándola conmigo, a Belén, a Tati. A Laura (mi segunda mamá) y su beba Emma, a la que estamos esperando. A Elena, siempre conmigo. A Fer, a Vero, y a mi querida Grace que hoy cumple años. A dos mujeres que me contiene espiritualmente y que sin ellas ni siquiera estaría haciendo este blog:. Alejandra y Patricia. Me doy el gusto de homenajear a mujeres que a pocos de los que lean esto les importarán, pero si no lo hago aquí, ¿dónde más?.
Como este es un espacio de arte, quiero dedicarle este día a Esther Cross, gran y querida escritora. A Eladia Blázquez, que pasó por el mundo para regarlo de belleza, ¿quién mejor que ella nos enseñó a Honrar la vida? A las grandes escritoras de la historia que son mis maestras: la prodigiosa Virginia Woolf –¡me honra ser su tocaya! – Alejandra Pizarnik, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Silvina Ocampo. A Quien es particularmente mi maestra, de la que aprendí desde chica, de sus poesías, y luego de sus perspicaces intervenciones periodísticas: Alfonsina Storni. Siempre que la recuerde, sépanlo, no será porque se suicidó en el mar. Alfonsina no fue una “romántica suicida”. Fue y es la más brillante escritora de todos los tiempos. Mi admiración a ella es también por haberse comprometido tan tempranamente y tan fehacientemente con su realidad social, con la primerísima lucha de las mujeres por abrirse paso en pie de igualdad.
Alfonsina escribe en la dedicatoria de su cuarto libro de poemas, Languidez: “A los que, como yo, nunca realizaron uno solo de sus sueños”. Quiero homenajear a una artista que dedica su vida a cumplir sus sueños, y al lograrlo suscita otros sueños en quienes la escuchan. Profesional extraordinaria, dueña de la voz más cautivante, más armónica, más dulce, más potente, más inspiradora que conozco: mi querida Sandra Mihanovich. Si nunca la escucharon en vivo, no dejen de hacerlo. Si quieren disfrutar de los tesoros de la Tierra, no pasen por la vida sin leer a Alfonsina y sin escuchar a Sandra. Esos son mis regalos para todas las mujeres, incluyéndome. Aprendo de ellas cada día, como artistas inigualables y como mujeres ejemplares.

viernes 7 de marzo de 2008

Treinta y dos pasos

Para escuchar de fondo: http://www.goear.com/listen.php?v=c3b4f68 Loreena McKennitt, The dark night of the soul.



¿Cómo iba a suponer que no vendría? En general, la lluvia solía atraerla. Esperó en el café de siempre, le escribió como hablándole al oído. Tenía miedo. Cuando un encuentro se ansía demasiado se teme su llegada, se teme que no sea como se soñó. Aunque ella no podría ser de otra manera, ¿no? En el fondo quería que no llegara. Lloró el alivio ficticio de no verla. Ensució con azúcar el cuaderno. Manchó la hoja. Pegó las pestañas al humo del café para ver menos, la buscó en ese calor, que no era el de ella pero quizás se pareciera. Quizás oliera a café recién hecho, a granos molidos, a dedos que molieron café. Casi prefirió soñarla. Añorarla era más fácil que descubrirla.
Por la ventana se veía menos que a través del humo del café. Tarareó una canción que a ella le gustaba. Se le cayó la cucharita al piso y el tintineo retumbó como en una catedral. El bar estaba lleno, pero él estaba solo y vacío. Solo y repleto de culpa, por desear que no viniera, por esperarla con nervios de temblor de muñeca. Por saber, en el fondo que no iría. Por haberla provocado para que fuera. Por ensañarse con aquel capricho de nene bien que le enfermaba. Porque él, bien sabía, no estaba listo para verla.
Hizo añicos todas las servilletas de papel. El humo del café era pasado. El murmullo, tan monótono como el silencio. Quiso mirar, o no, pero igual miró, el telón de agua increíblemente espeso en la ventana. Ahí, hecha lluvia, provocando truenos de sonrisa empapada, soltando largas ondas de miel con las puntas de sus cabellos que goteaban, llegó ofreciéndole sus zapatos. ¿Cómo es que decidió venir? ¿Le importaba tanto como para caminar por el agua? Quiso responderse él en un intento fallido de encontrarle defectos a la situación y justificar su cobardía absurda, el histeriqueo ridículo del “sí pero no”. Ya había asumido que no iba a venir, como era de esperarse, claro, ¿Por qué iba a verlo a él? Hasta había practicado distintas posturas: los ojos tristes y el silencio, el berrinche, o desaparecer hasta que ella llamara y hacer de cuenta que no le había afectado. Pero no tenía ninguna estrategia pensaba por si ella no entendía el juego, y en cambio de darse cuenta que él la invitaba para que no fuera pero haciendo de cuenta que quería que fuera, porque en realidad quería, pero no quería, llegaba. Ella se paró en la ventana y posó para él como en vidriera. Él, muerto de miedo, le contestó con la única mueca que le salió. Llamó al mozo, pagó la cuenta, se levantó despacio y encaró para la salida del bar, mientras pensaba qué hacer. Tenía treinta y dos pasos para decidirlo.

sábado 1 de marzo de 2008

hoja en verde

Imagen: Mariano Cleto (fotografía)

J.M. de Prada

Su niño sigue aquí. Dialoga con él por momento, aunque sin decirlo. El hombre-roble que parece Prada escamotea al pequeño, pero sólo esporádicamente, y de lejos. No lo puede evitar: escribir sin un niño interior tozudo, es imposible. El niño y el hombre son taciturnos. Pero el hombre sabe convivir con eso porque entiende que la escritura es una vocación del dolor. Hay una falta vital(icia) que intenta –inútilmente– ser llenada con historias, repartiendo el peso existencial en un par de personajes que en algún punto lo desdoblan. Escribe porque necesita escribir. Porque lleva la noche adentro, porque nació nocturno y sin estrellas. Porque se muere. Ama las letras –demás está decirlo– pero no con ese amor obsesivo/posesivo de los amantes, sino con un amor caballeresco, solemne, por el cual rinde tributo a las buenas letras en cada obra. Meticuloso en la creación, sombrío en los motivos, jamás se conforma. Pelea con su yo pasado que escribió torpemente esas líneas ayer, a sabiendas de que las de hoy, serán igualmente desdeñadas mañana. El niño juega con sus emociones; cuenta la muerte de un pájaro –u otra muerte cualquiera– porque no puede solito con esa angustia. Llora lágrimas mecanografiadas para que alguien lo consuele, o por lo menos sepa que le duele. El hombre, transforma sabiamente ese dolor en materia prima y lo convierte en una obra maestra, que destila el mismo dolor, pero hermosamente. Silenciosamente, lo cura. Sin confesarlo, locura. Por eso escribe a ciegas: no puede y no elige inventar para otro. Quiere y debe escribir aquello que necesita contar: esa sombra del alma que horroriza al espejo; la verdad impura sin la cual todo intento de verdad es hipócrita. Escribe, al final, un combate con sus fantasmas.

Maira (cortometraje)

(Extracto de guión cinematográfico)
EXTERIOR – PLAZA – TARDE
(Maira está sentada debajo de un árbol.)
Una mano de mujer da vuelta una carta de tarot, el Diablo. MAIRA (una gitana de veinticinco años, alta, de cabellos negros y largos) deja la carta sobre el paño rojo, la observa seriamente. Maira retira la vista hacia delante, levanta la vista y mira a los ojos a la señora que tiene sentada enfrente, baja la vista, vuelve a mirar la carta; vuelve a mirar a la señora sin levantar la cabeza y le sonríe levemente.
EXTERIOR – PLAZA - TARDE
Maira está sentada en el césped debajo de un árbol. Recoge las cartas y el paño, los guarda en su bolso, se levanta y camina.
EXTERIOR – PLAZA - TARDE
Maira camina con pasos largos y rápidos. Pasa al lado del arenero. Empieza a aminorar la marcha. Sus pasos son mas cortos y lentos. Se detiene a pocos metros de los juegos. Su cuerpo está rígido. Su mirada baja, perdida. Pasan dos segundos y comienza a girar lentamente la cabeza hacia la izquierda hasta fijar la mirada en Santiago.
EXTERIOR-PLAZA-TARDE
SANTIAGO (tiene veintiséis años, es delgado, cabello oscuro y corto) un payaso, canta y baila en medio de una ronda de niños. Levanta una mano, deja de cantar y su mirada se encuentra con la mirada de Maira. Santiago le hace una reverencia y le sonríe. En ese momento siente que le tiran de los pantalones. Gira hacia su derecha y mira para abajo. Los niños le reclaman atención. Santiago les sonríe y vuelve a levantar la vista buscando a Maira. No la encuentra.



Imagen: Rubén Canelo (Dibujo en tinta)

Policiales

(Revista Alrededores, 2008)
A las cinco de la tarde del 24 de abril de 2017 decidí entregarme. Podría haber sido cualquiera, muchos y muchas tenían ganas de hacer lo que sólo yo me animé. Pero nadie va a quitarme la victoria y nadie va a pagar la pena por mí. Fui yo. Hasta siento algo de orgullo por haber liberado (espero) al mundo de semejante porquería. Por eso yo misma escribo la historia y me encargo de hacerla pública.
¿Desde qué época mujeres y niñas mueren por las barbies? ¿Y cuantas de nosotras, ha soñado, además de ser rubia y tener la cintura de barbie, con tener un Ken? Ese hombre joven, pero no infantil; maduro, pero no viejo, con una sonrisa perenne tranquila, dulce, y una mirada hasta enamorada. Un cabello… dudoso. Un casco, más que un cabello. Unos bíceps increíbles y abdominales firmes. Pero tan perfecto espécimen se vuelve insoportable cuando una trata de hablarle enserio y él, sigue con esa sonrisa ridícula, sin contestar. ¡Claro! ¡¿Para qué iba a saber responder, si nació para estar al lado de una barbie?! Tuvo suerte. Tuvo mucha suerte, porque yo soy una mujer inteligente, moderna e independiente. Lo salvé de una vida vacía al lado de una rubia insulsa. Pero, ¿saben qué? Con el tiempo descubrí que Ken, también estaba vacío.
Muchas de nosotras vive, en estos tiempos, con un Ken. Las que no lo han conseguido aún, andan como locas a la caza de alguno. Yo había cumplido ese sueño: tenía un Ken en casa. Llegaba tarde y él me esperaba sonriente, sin reproches. Con una expresión siempre impávida, jamás me dijo siquiera “querida tengo hambre”, como hubiera hecho cualquier marido común. Me escuchaba sin interrumpirme, velaba por mí por las noches, a la hora que me despertara por el motivo que sea, él estaba con los ojos abiertos, mirándome tiernamente. Sin embargo, había algo que comenzaba a cansarme. Yo mantenía el hogar y eso no me molestaba. Él simplemente debía encargarse de los quehaceres domésticos: pagar cuentas, barrer, hacer las compras, tender la cama… Pero días tras día, yo regresaba y la casa estaba tal cual yo la había dejado. Me enfurecía, y él trataba de apaciguarme con su linda sonrisa, que de dulce ya era irritante.
El 24 de abril era sábado. Me desperté temprano y advertí que otra vez, la basura del día anterior había quedado sin tirar. Con una bronca ya acumulada y creciente, le dije a Ken: “voy a comprar el diario. Si cuando vuelvo esa bolsa sigue aquí, ¡te mato!” a veces se dicen en broma estas cosas. Pero creo que al decirlo yo realmente pensaba hacerlo.
Se imaginan lo que pasó. Harta de sentirme usada, explotada, burlada por este vividor, lo tomé con mis dos manos y de frente le dije: “¿te hacés el hueco porque te conviene?” mientras lo zamarreaba. Tanto forcejeé que se partió al medio. Murió con su sonrisa pobretona; con su pelo duro y sus músculos intactos.
Como verán, no escribo para salvarme ni justificarme. Escribo para decirles a las mujeres que se casaron con un Ken, lo que descubrí. Cando maté a Ken pude ver que no era hueco como yo creía. Cuando vi su interior me di cuenta de que no estaba vacío. Amigas, Ken no está vació. Está lleno de plástico.




Imagen: Mariano Cleto (escultura y fotografía)

campo de girasoles

Imagen: V.B. Campo de girasoles desde el auto (fotografía)

La transparencia de la piel

Fondo musical: http://www.goear.com/listen.php?v=bddd708 Loreena McKennitt, Prospero's speech.


Renunció y bajó la cabeza. Con los ojos clavados en sus manos desvanecidas sobre la falda, decidió dejarlo ir.
Un resplandor, imperceptible para ella, le hacía brillar los mechones cobrizos que se le desmayaban en la clavícula. Llevaba atados algunos cabellos que le mantenían el rostro descubierto, a pesar de la inclinación. Observaba los dedos finos, los nudillos blancos, los vellos rojizos que intentaban inútilmente proteger la fragilidad blanca de esa piel que había nacido para pedir permiso.
La primera gota salió de entre la cortina apretada de sus párpados. Bañó la levedad de sus mejillas, enfrió el cuello y humedeció la puntilla del escote. Tembló la boca. Pronunció ese nombre. Creyó que decirlo la ayudaría a soltarlo. Pero cada sílaba se le clavaba más adentro. Le faltaba el aire. Temblaba toda, el llanto entraba y salía de su vientre como un demonio. El dolor iba perforándole los músculos lentamente en un agónico ritual bien conocido. Se le quedaba por partes en los órganos.
En aquel primer día de invierno el viento más frío le brotó de los huesos. Se le erizó la piel. Subió los pies a la cama. Se abrazó las rodillas como queriendo meterse dentro de sí misma. Pensó: “no habrá verdad”.
Un cielo amenazante, un silencio que sólo le cedía espacio a ese murmullo enloquecedor que provenía de sus profundidades. Las noches en las que lograba dormir, despertaba con la sensación de haber tenido sólo un mal sueño, pero ni bien se encontraba con los primeros ojos, advertía los puñales en su carne.
Esa tarde, con las cuatro paredes de testigo, juró no volver a pensar en eso. Tomó los cuadernos que por las noches abarrotaba de frases liberadoras, los apiló en el centro de la habitación, y los prendió fuego. Las llamas la paralizaron. Entre asustada y absorta por la perfección del espectáculo, sintió quemarse el centro de su torso. Se vio a sí misma envuelta en llamas. El papel se consumía. Ella caía de rodillas. Olía sueños muriendo en la hoguera, como alguna vez lo habían hecho sus ancestros, y ella misma. La noche anterior había soñado con una mujer pequeña arrojándose de un muelle. No era ella. La lluvia es salvadora. Era noche de tormenta. La oscuridad también lo es. Una madrugada tardía, estrellada como esa, era ideal para volar, pensó. Escribió su deseo en un papel. Lo guardó bajo la almohada y se durmió, sobre la cubrecama, rodeándose a sí misma, queriendo soñar que estaba en brazos.
Otra vez la mujer pequeña. Esta vez podía ver a través de sus ojos. Fue con ella hasta el fondo del océano, que sin preguntar la envolvió con esa intensidad que necesitaba, y no quiso salvarse.
Se fue con su sueño. El único que no le estaba prohibido.

Hoja en Blanco

(Publicado en Revista Squenun)
Aquí nace el universo. Donde las olas vienen a morir y emergen otras. Donde encallan caracoles viejos y las primeras ideas se esconden esperando a ser encontradas.

Hoja en blanco

El techo metálico sonaba como cientos de tambores en medio de la selva; las gotas pegaban estrepitosamente, como queriendo que no te escuchara. Tus brazos me amarraban implacables, sabiendo que no iba a intentar escaparme de todos modos. Parecíamos estar en medio de algún ritual de sacrificio. Leía tus labios pero ya no podía oírte. Tuve que dejar de mirarte a los ojos para volver del bosque a tu habitación, y para que pudieras decirme lo que yo, de todos modos, no quería saber. Qué original...
“La próxima vez, no me hagas caso”, dijiste a la tercera noche, ahora con arrepentimiento, con caricias a contratiempo y suspiros infinitos, de esos que traen tormentas atroces. ¿No es de telenovela esa frase?
Desde la cocina de tu casa empiezo a cumplir mi promesa. Hay un relojito que me avisa que he pasado otra hora despierta. Tengo que contarte lo que sucedió en esos días en que no nos vimos. No por lo que te prometí. No. Podría escribirte sobre cualquier otra cosa. Sí, como no... Esas tardes, las hojas de mi árbol golpearon los vidrios con una furia monstruosa. Me encontré de pronto sin capacidad para salir del cuarto, encerrada entre la hermosura, los colores y la desolación más absoluta.
Hubo un mediodía en que el sol parecía acariciar la tierra con las manos, incinerando a su paso cualquier amor con pretensiones de supervivencia. Ese día nacimos mi hermana y yo. Ella era igualita a mi abuela paterna que había muerto el día anterior así que la llamaron Encarnación. A mí tardaron en ponerme nombre, porque nací con una falla congénita por la cual, dijo el doctor, no viviría muchos días. Pero pasaba el tiempo y yo seguía allí. Mi mamá me decía “mi amor” pero me hacía falta un nombre. Como nací morada por la asfixia, me pusieron Mora. Me crié... ¡Basta! Éste no es tu cuento. ¿qué hacés aca?
–Estaba aburrida.
–No podés venir, así como así, a meterte en un relato que no te incube.
–Sacame de ese colegio si no querés que venga a interrumpirte.
–No estoy escuchándote de verdad. Es mi imaginación.
–Seee claaaaro....
–Sólo tengo que dejar de escribir para te calles.
–Intentalo.
–¿Me desafiás? ¿A mí? ¿ A tu creadora? ¿No temés?
–Esa son cosas de mortales.
Bien. Sigo con lo que estaba contándote. Entonces sucedió que...
– lalalalalaaaaaa, lalaaalaaalaaa
–¡Mora, no seas chiquilina!
–Es tu culpa, yo no elegí ser una nena.
–Ahora resulta que la señorita independiente no es tan independiente, o lo es cuando le conviene, eh!
–Por un caminito... mhhmhhhmmm ¿cómo seguía? Me olvidé la letra lalallaaa
–Yo no te enseñé esa canción. ¿Cómo la aprendiste?
–Maira la canta siempre.
–¿Maira? ¿Pero cómo la conoces si todavía no escribí el capitulo en el que se cruzan?
–Dos páginas más, dos páginas menos...
De esto quería hablarte. Así empezó y para cuando quise acordarme...
–Una mañana, mamá me tomó de un brazo y me llevó a los tirones hasta la iglesia. Cuando llegamos, le dijo a la Madre Superiora: -“esta niña está endemoniada “. Y se fue.
–Mora, eso ya lo sé.
–Pero nadie más lo sabe.
–Lo van a saber cuando acabe la historia y la publique.
–Pero yo quiero que me conozcan ahora. Hoolaaa lector!!! Sí, vos, el de anteojitos, vos también, chica de rulos, señora cómo le va, yo soy Mora, ¿sabe por qué me pusieron ese nombre?
–Mora, ponete los zapatos y volvé a tu cama.
–No me los pongo nada.
–Los vas a usar. Para algo te hice con zapatos.
–No, no y no.
–¿Por qué no querés usar los zapatos?
–Porque no me gustan. Además me aprietan ¡¿No me podría haber inventado un par de zapatos de mi número, señorita “sabelotodo”?!
–¿Porqué estás tan enojada?
–Me olvidaste.
–¡¿Cómo me voy a olvidar de vos, si estás hablándome día y noche?!
–¿Cuánto hace que no escribís sobre mí?
–Pero Mora...
–Tengo una historia cortita y sin terminar. Estoy sola en un colegio horrible, ¡y me tengo que quedar porque si me escapo me voy a una hoja en blanco que me da mucho miedo!
–No tenés que ir a ninguna hoja en blanco. Cuando termine aquí, voy a escribir la continuación de tu historia, ¿sí? Ahora andá a dormir.
–Pero no quiero volver al colegio. ¿Puedo quedarme?
–Sólo si prometes estar callada.
–Está bien.
La he mimado mucho, lo reconozco. Me salió algo rebelde y últimamente tomó la costumbre de interrumpirme cada vez que escribo sobre otra cosa que no sea ella. Pensé que era fruto de mi delirio, de la falta de sueño de esas noches. Pero aquí está. Bostezando junto a mí. Yo la inventé. Desde su corazón hasta el color de sus zapatos. La creé mía, para no estar sola en los días de lluvia. La hice tan pequeña como me sentía la noche que me senté a escribir. Le creé un mundo bastante sombrío, pobrecita. Pobrecita mi Mora, la puse en un lugar injusto porque así se me ocurrió, porque era interesante, porque iba bien con el relato. ¿Y si alguien escribió sobre ésta casa y ésta cuidad para mí? ¿Si alguien me inventó esta manera de hablar? Me está dando pánico todo esto. Lo único que puedo hacer es seguir escribiendo. Me aterran. Las hojas en blanco me aterran. No quiero hoja en blanco. ¿Y cómo sigo? Mejor me invento otro personaje para que me haga compañía. ¿Y si alguien está escribiendo sobre mí para que le haga compañía? Tal vez alguien que también tiene miedo. Y Mora que me mira calladita como nunca, con los ojos grandes y la boca escondida detrás de las rodillas. Sólo hay una cosa que me permite salir de este embrollo, y es la pregunta acerca del origen de todo: ¿quién escribe?
–Prestame tu lápiz, y te muestro.

Destino

Escuchen este tema mientras leen el cuento: http://www.goear.com/listen.php?v=dcd3544 Loreena McKennitt, The mistic's dream.


La vio caer larga, penosa, tranquilamente, sin peso, sin un futuro posible, sin esperar. Largas horas permaneció mirándola con la certeza de que no se iría, soltando pensamientos, recogiendo uno a uno los aromas del aire, la humedad del ambiente, el bellísimo gris. Se olvidó de su cuerpo, de su contingencia siempre amenazante y se quedó allí, viendo cómo las paredes y los muebles cambiaban de forma . Ya no se sintió segura en aquel sitio. Salió entonces a pedirle ayuda a aquella que la seguía esperando para unírserle. Había desencadenado desconocidas fuerzas -como en cada visita- sabiendo que nada podía hacer para escapar.
Del otro lado del vidrio tuvo que recordar que era mortal. Fríos los pies, trataron de afirmarse sobre el agua. Constante, inevitable y total, la lluvia la envolvía. Se dejó desvestir de comodidad y volver a ser vestida de destino.
Como una ofrenda; como algo que tiene que ser; como una última oportunidad de pedir perdón, abrió los brazos para entregarse a los relámpagos y hacerse parte de la tempestad que venía a buscarla.





Imagen: Mariano Cleto (pintura y fotografía)

Hadefesios

Cuando le conté sobre mi teoría de que les hacía su propia cara a las hadas, dijo: “puede ser, así cada vez que alguien compra una, me elige un poco a mí. Tiene algo de perverso”, se rió, con una sonrisa entre exótica y perturbada. La descubrí hace un año, en la feria de la plaza San Martín de Mar del Plata. En verdad, en esa ocasión ni siquiera recordé su rostro ni característica alguna de su persona, ni siquiera para saber si era la misma que encontré este año. Lo que había descubierto, era una figura escultural que cabía en la palma de mi mano –aunque no me atreví a tocarla– una figura femenina, con alas, en posición de vuelo, colgada de un hilo tanza que la suspendía en el aire. Había muchísimas de ellas, en distintas posiciones, algunas volando, otra sentadas, bailando, llevando flores, juntando agua. Las había grandes y pequeñas, niñas, embarazadas, morochas, pelirrojas, con alas distintas en formas y colores, pero todas tenían la misma cara. La que me encantó no era igual: era la única color cobre. Íntegramente patinada en cobre, los detalles del rostro, de las manos, de las piernitas, su expresión, resaltaban más como obra de arte que como adornito adquirido en una feria hippie. Me prometí que, de volver al año siguiente, traería al hada conmigo. Recientemente regresé y fui directo a buscar el puesto de las hadas. Estaba igual de mágico, superpoblado por las perfectas figuritas que parecían jugar a las estatuas sólo para no espantar a la clientela. Mi hada cobre no estaba. Le pregunté a la vendedora por ella: “elegí la que te guste y te la pinto del color que quieras”, me dijo con mucha simpatía. Era una mujer pequeña, cuya edad me resultó indescifrable –al menos hasta días después, cuando conocí a su hijo, que como mínimo debía tener 15 años– tenía en el pelo trencitas cocidas al cuero cabelludo; una expresión como de ignorancia feliz, o de ingenuidad perdida y recuperada. En las ferias están, de un lado de los puestos, los que viven de sus artesanías, los “mochilasalhombro” que habitan las noches de vacaciones. Del otro lado, la gente “estándar”, que trabaja nueve horas por día, habita un departamento o una casa en la ciudad, y mira a los puesteros como si fueran personajes que aparecen en la feria y luego desaparecen, como si nacieran con el atardecer y se desvanecieran a medianoche, cuando la feria se levanta, y volvieran a aparecer al otro día al instalarse de nuevo. Ella vive de las hadas. Su marido –una mole tres cuerpos y dos cabezas más grande que su mujer, calvo y de barba– tenía un puesto al frente, de títeres.
Fui al día siguiente a buscar mi hada cobre. El puesto estaba rodeado de una multitud hipnotizada que se las quería llevar a todas. A un par de metros la vi, agitando las alas a toda velocidad para huir de las mil manos. La hippie me saludo sonriente. “Vine a buscar mi hada, es esta, no sé si te acordás”, le dije, torpe. “Claro”, (dijo) “¿Cómo no me voy a acordar, si la hice para vos?”. Y me contó cuántas personas se la habían pedido, a cualquier precio. Pero a mi me la dio por muy poco. La puso adentro de una bolsita transparente, con la tanza hacia fuera. Sopló dentro de la bolsa, y la enroscó, dejándola inflada para el hada que quedaba flotando adentro. Parecía un pececito, de esos que se compran en la veterinaria, que te los dan en una bolsita de agua para que no se mueran.
Ni bien llegué al hotel, la saqué de su envoltura (tenía aire suficiente sólo para unas horas) y la colgué de una lámpara que pendía sobre mi cama. Por la noche, las luces de la calle que traspasaban la ventana proyectaban su sombra. Desde mi almohada la miré bailar. Siempre creí en las hadas. ¿Será de verdad? ¿Será una representación para invocarla, como la estatuilla de un santo? No se parecía a ninguna que hubiera visto. Cuando empecé a notar el parecido del rostro con la cara de la hippie, me pregunté si ella no sería el hada, y las figuritas un modo de llamar a los humanos a mirarla. Hace poco vi una película, El laberinto del Fauno. Trata dos historias paralelas y a la vez contiguas, en ambas la protagonista es una nena de 10 años, Ofelia. La película es española (escrita, dirigida y producida por Guillermo Del Toro), transcurre en el fin de la Guerra Civil Española, en un asentamiento militar. Ofelia lee cuentos de hadas y cree naturalmente en ellas. Perdió a su padre dos años atrás, su madre se casó recientemente con un capitán militar, de quien espera un hijo. Se van a vivir al campo, a ese asentamiento. Allí se entrecruzan las historias: Ofelia se da cuenta de lo que ocurre, descubre a una empleada domestica (con la cual entabla un vinculo maternal) ayudando a las agrupaciones revolucionarias en el monte, y la apoya. En el medio, y mientras tanto, se le presenta un hada. Se le aparece una libélula que la sigue, pero ella sabe que es un hada y pronto la ve en su forma original –igual a las del libro, pero no tan ideal como la mía– y la lleva hasta un laberinto que había en el mismo jardín. Allí conoce a un fauno, que le dice que ella es la princesa Moana, y que su padre la está buscando hace siglos. La película empieza con la misma imagen del final, y con una historia que Ofelia lee (o eso parece): hay un reino donde no existe la mentira ni el dolor, un reino mágico donde conviven desde el principio de los tiempos criaturas míticas (no se sabe bien qué son la princesa y sus padres, pero no son humanos aunque tienen ese aspecto). Cuenta la leyenda que la princesa Moana añoraba conocer el mundo de los hombres, y una noche, escapó del reino. Al llegar a la superficie, la luz del sol la cegó, olvidó quien era y de dónde venía. Sufrió dolor y frío, y con el correr de los años, murió. Su padre, sabía que el espíritu de la princesa regresaría, en otro cuerpo y con otra forma, y él la esperaría hasta que le mundo dejara de ser mundo. El fauno le explica a la nena que su padre abrió portales por todo el mundo para su regreso, como aquel laberinto. Pero para saber si su esencia no había sido corrompida, debía pasar tres pruebas. Más allá de lo maravilloso de la película, que logra conectar ese mundo fantástico con la tortura y la muerte de la guerra, me vino a la memoria por otra cuestión. En una de las pruebas, el fauno le da a Ofelia una caja con tres hadas adentro, para que la guíen. Con una tiza que el fauno también le da, la nena abre una puerta en la pared de su habitación, llega a un salón donde hay una enorme mesa con un banquete, y en la punta, una criatura sentada, que parece dormida. Los ojos los tiene sobre una bandeja. El fauno le había advertido que no comiera ni bebiera nada allí, porque su vida correría peligro. Una vez encontrado lo que debía buscar, con ayuda de las tres haditas, Ofelia no resiste la tentación, y come, a pesar de la desesperación de las hadas que intentan evitarlo. Automáticamente el monstruo despierta, se coloca los ojos en las palmas de las manos, y se levanta. La nena logra escapar, pero el monstruo se come a dos de las tres hadas. Sólo una queda viva. A pesar de la falla de la nena y de la sentencia del fauno, al final de la película se le da una última oportunidad, y Ofelia realiza la tercer prueba impecablemente. En ese momento, el capitán (su padrastro) le pega un tiro en el estómago, y la nena muere (hay que verla para entender cómo es que se hilan los acontecimientos). Y aquí está lo curioso: al morir, aparece en el reino de su padre, donde la reina es su madre mortal (que había muerto al dar a luz a su hermano), donde la espera el Fauno, y las tres hadas: la que estaba viva, y las dos que estaban muertas. Se dice que la princesa reinó por muchos siglos, y que dejó marcas de su paso en la tierra sólo visibles para aquel que sepa mirar. Y se ve a la libélula-hada en la rama de un árbol. Según se muestra aquí, las hadas vendrían a ser en nexo entre la vida y la muerte, o entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, pero transgrediendo tal ley, ya que no están ni vivas ni muertas. Hay teorías que aseguran que cuando alguien se muere, su “cielo” es igual a su vida en la tierra, como si continuase viviendo en la misma realidad. Acá no pasa exactamente eso, pero sí está la continuidad.
Volví cada noche que estuve en la costa a visitar el puesto de las hadas. Escuché que a la hippie la llamaban “Lu”. Quiso enseñarme a hacer hadas, modeló delante de mí la cara de una, que era su cara. Lu, era una especie de Frida Calo hippie, algo fantástica, a no ser que ella misma sea un hada, o una princesa perdida en el tiempo. Quizás Frida también lo era.

Canción de luna


Escuchen mientran leen: http://www.goear.com/listen.php?v=f006f9e Sandra Mihanovich & Antigua Jazz Band, Down by the riverside.


Subió de noche. Se descalzó, tanteó los primeros médanos, azules ahora. Pequeñas quejas de piedra sangraban las plantas de sus pies. No sentía las heridas: era demasiado hermosa aquella soledad.
Caminó con el viento a sus espaldas casi volando, dejando que la última pincelada blanca le tiñera, cada vez, los pies de invierno.
No sabía a dónde ir: por suerte el mar era lo suficientemente basto como para caminarlo hasta quedarse sin piernas, si quería. Había ido allí a soltar su dolor, a tentarlo con la belleza oceánica a nadar mar adentro.
Tuvo que alejarse del agua para mirar la luna sin hundirse. Era amarilla, bastante lánguida. Era una luna-cuna, perfecta para hacerla dormir. Ya estaba grande para eso, pero la luna era más grande y más antigua.
Volví la noche siguiente para seguir mirándola. Lloré por abrazarla. La vi pasar como una sombra, casi sin marcar la arena.


Imagen: V.B. Pies de Elena (fotografía)

La mujer que vivía en un barrilete

Escuchen mientras leen: http://www.goear.com/listen.php?v=7b95320 Sandra Mihanovich & Opus Cuatro y Antigua Jazz Band, Ain't Misbehaving.


La brisa nocturna le rozó los párpados. Por la noche, los colores del barrilete parecían otros. Miraba hacia abajo: el hilo flojo, sujeto, le daba tranquilidad. Las estrellas aún estaban muy lejos. Había soñado con vivir en un barrilete para despertarse a mitad de la noche y encontrarse rodeada de estrellas. Ella, en medio de puntos luminosos de distintos tamaños, por encima y por debajo. Nunca llegaba. Había pensado en cortar el hilo, pero si no había suficiente viento podía caer. Había olvidado cómo era vivir en la tierra.
Un tirón hacia abajo. Tambalea. Otra vez. Se suelta las rodillas y apoya las manos para equilibrarse. El hilo está tenso. ¿Qué ocurrirá allá abajo? El barrilete empieza a moverse hacia delante, luego hacia atrás. Hace círculos, y de golpe comienza a viajar en línea recta a gran velocidad. En el trayecto, toca la cara dorada de la luna con las puntas de los pies. Se ríe. Se ríe mucho. Su risa no retumba. Nadie puede oírla. Se ríe: nadie responde. Se pregunta si alguien estará sosteniendo el hilo. ¿Sabrá que ella habita el barrilete? ¿Lo moverá a propósito, para hacerla reír? ¿Estará realmente atado el barrilete? ¿O simplemente se habrá caído el ovillo al suelo?
Amanece un poco. Quiere acercarse a las nubes, pero están demasiado bajas. Ahí viene una... ¡Sí! Pasa a través de ella. Intenta agarrarla pero no puede. No pudo tomarla. No puede abrazarla ni decirle. ¿Decirle qué? Si ella no habla. Un aroma frutal la golpea con una dulzura que había olvidado. ¿Dónde está el campo de violetas del que había partido para volar? ¿Dónde están las flores, las dulcísimas flores que abandonó para besar estrellas? Últimamente las anhela, sobretodo a esta hora en que las estrellas desaparecen.
Siente en las plantas descalzas de los pies, el papel del barrilete. Lo arruga con los dedos, cruje, es áspero. Es fino, puede romperse si no tiene cuidado. Si se para, puede romperse. Puede quedarse sentada o acostada, pero nunca ponerse de pie. Nunca necesitó ponerse de pie. Acostada puede estirarse y alcanzar más cosas, recibir mejor el viento, ver el cielo, mirar hacia abajo, aunque apenas distingue puntitos difusos/confusos.
Se dijo: “es tiempo. Cortemos el hilo”. Si cae, será el campo de violetas. Si sube, serán las estrellas. Toma el hilo con fuerza, tira con las dos manos: nada. Vuelve a hacerlo enredando el hilo en los dedos: nada. Los dedos morados, marcados por la fuerza, y el hilo no se corta. Lo intenta con los dientes: algunas pelusas se desprenden. Si insiste tal vez pueda cortarlo. El hilo se moja con su saliva. Mira abajo: le parece ver a alguien. Vuelve a morder el hilo. ¿Y si alguien se ha dedicado a cuidar del barrilete? ¡Qué desilusión verlo partir! Tal vez moriría de tristeza. Tal vez no tendría por qué vivir sin el barrilete. Quizás teme dejarlo a la deriva porque la ha visto. Quizás es un enamorado. Quizás la ama a la distancia y la espera, o le alcanza con verla de lejos y vive para cuidarla.
El hilo aún no se ha cortado. Ella sonríe: no hay nada más que desee: ¡lo tiene todo! Se recuesta a esperar la noche y a hacer feliz a aquel que la sostiene.
El cable donde el hilo está enredado comienza a hacer cortocircuito.

la belleza interior del tomate

Imagen: Mariano Cleto (fotografía)

viernes 29 de febrero de 2008

La doncella travesti

Sobre “El rojo amanecer de Willy Oddo”. Loco afán. Crónicas de sidario, de Pedro Lemebel


El nene no buscaba fama, pero se la encajaron. Más bien se la ganó sin querer, le vino de arriba. En el texto de Lemebel no se cuenta su historia, sino la historia que lo hizo visible al mundo, y que a cambio pidió su vida.
Se lo conoció a los diecisiete años, transformado en doncella; travestido de travesti, él, que tenía más de nena que de nene. Cara de ángel que no pudo jugar a las muñecas, ni a la pelota, que no tuvo una mamá que lo esperara con la comida caliente, que fue adoptado por la noche y se entregó a ella para conseguir algo de lo que necesitaba. Tenía una familia qué mantener, dice el texto. Menuda responsabilidad para un chiquito que cuando todos los demás se dan el lujo y el tiempo justo de ser estúpidos, se piensa adulto, se hace adulto en el auto de un transeúnte en los primeros 45 minutos de espera. Tal vez fue una suerte que transcurriera a tantísima velocidad sus etapas, porque hubiera muerto niño.
El niño Ni, lucía esa noche los tacos de siempre, herramientas de trabajo para sus piernitas lánguidas que más se parecían a las de una sombra. Era de lejos la sombra de una muchacha. Para alguien que viene trasnochando, buscando un poco de amor nebuloso donde acabar la velada, era una doncella. Para él: un cliente más. Un automóvil que le hace señas de luces y lo invita a subir. Plaza Italia, Santiago de Chile, y un segundo que le ganó al pensamiento. Fue inocente por ese segundo, y subió, pensando que era uno más. Willy Oddo, integrante del grupo musical de neofolclor revolucionario QUILAPAYÚN, sólo quería compañía, pero gratis. Como canta/cuenta Lemebel, Ni estableció su costo, y Willy quería romance. En un par de minutos de nones y peros se definieron los destinos. Willy quiso abrazar a su doncella empacada, y el niño asustado, que de doncella tenía la cara y la sombra, le hundió bajo el brazo el pequeño puñal que llevaba en su cartera. La Tierra giró en sentido contrario y sucedió todo: el nene quiso pincharlo como para sacárselo de encima; No sabía, ni que era Willy Oddo, ni que había perforado esa arteria que desangra el cuerpo en cinco minutos. El niño Ni huyó sin saber que había matado al hombre, y menos aún que había dado la muerte menos honrosa para una estrella de la música.
Con toda inocencia confesó lo ocurrido, se dejó fotografiar sin maquillaje, se dejó detestar por los fans y los comunistas, se dejó calumniar por la familia del difunto. A la muerte de Willy Oddo le sobró pena, pero le faltó gloria. Hubieran preferido que el Ni inventara, dijera otra historia, y lo odiaron también por decirles la verdad. Fue a la cárcel. Se dio el gusto de ser doncella para un convicto desesperado. Escuchó a Willy en viejos cassettes que circulaba entre los presos políticos. Supo enseguida que la historia iba a ser negra. Cuenta Lemebel que el niño aceptó la oscuridad, con la adultez que no tenía o que se había fabricado precariamente; “se (le) pegó la sombra, que en el sidario penitencial crece como musgo venenoso por las paredes”. Ni culpable ni inocente; ni niño ni adulto, ni hombre ni mujer, ni famoso ni anónimo, ni vivo ni muerto, permaneció en su destino.

Discurso político

Prometo que las vacas serán mas señoritas, y que los toros ya no andarán en patines por los techos. Y dejaré que la basura fluya y viva tranquila entre nosotros.
También seré la mejor cigüeña y todos tendrán su pedido a tiempo. Ni antes ni después; justo a tiempo. Y podrán comer zapatos del gusto que deseen, los que quieran pueden además, beber sudor.
Atraparé a las mesas que andan asaltando bancos y a los peces que se emborrachan y molestan a las cucharas.
Y la luna que nos vive gritando, será sentenciada a vivir en un frasco si no se calla.
No importa lo que digan, las alpargatas ganaremos porque somos justas(aunque hay también flojitas, depende el gusto)
¿Quién dice que los modulares son mejores que los bizcochos? Cada cual baila como se mueve.
Pintémonos de violeta y ribeteémonos para el frente. Los chorizos no podrán engatusarnos.
Vivan las lombrices batatosas!!!

Las visitas

Ahora se mueve despacio hacia el ventanal. Un amarillo tenue tiñe las paredes de mañana. El mismo olor a café vuelve a cerrarle el estómago y sólo pude soltar un suspiro cansado. Languidez. Un sabor conocido a perpetuidad amarga le inunda la voz hundida en ese pozo seco que ha dejado de esforzarse por emitir sonido. A veces se le escapa un lamento agudo, triste canción para no dormir que se pega en el aire enrarecido del ambiente provocando dolor de cabeza a las personas que llegan.
Muchos pasan en estos días, pero sólo fugazmente. Parece que no soportan el vaho fétido impregnado en las cortinas. Ni siquiera los pájaros se posan en las ventanas más que unos segundos.
No sabe bien que día es; supone que es domingo porque han venido algunos culposos con chocolates de regalo. Es el día más esperado por la mayoría, o mejor dicho por los que piensan que son felices porque sus seres queridos siguen necesitándolos y que por esa razón los visitan cada semana en un acto caritativo que no supera la media hora.
Para hacer más amena la espera se sienta en el sillón de mimbre donde da el sol. Mientras arruga la frente por la claridad, baja la cabeza. La ansiedad se le desprende de los ojos. Las manos agrietadas por caricias evaporadas han empezado a sudar. ¿Dónde está? Ya casi es la hora.
De golpe junta las rodillas. Estira los puños del saco como queriendo refugiarse dentro. Cada vez que la ve llegar, se siente una babosa tratando de comprimirse para caber en un caparazón demasiado chico. La tensión como lápiz blando remarca con fuerza las bisectrices del expresivo papiro. Parece que los lugares conocido le han dejado tatuado su mapa para que no olvide el camino de regreso.
Sin embargo él la busca. Se siente acompañado, sobretodo en esas noches en que el dolor escarba su carne hasta estrangularle el espíritu.
La ve avanzar y se muerde los labios. No tengas miedo, ruega por dentro. No tengas miedo. No levanta la vista y ella tampoco, pero se reconocen. No quiere asustarla y por eso se atiene a esperar su paso temeroso.
Zapatos blancos, cancanes rosados, vienen a él tímidamente. Las facciones suaves comienzan a distinguirse entre los mechones cobrizos que intentan ocultarlas. Por un momento detiene el paso como esperando que algo suceda. Mira a su alrededor, los ve cruzarse, mezclarse y diluirse entre sí sin darse cuenta. Esbozando media sonrisa se detiene a contemplar la escena: por fin se ven y salen corriendo espantados unos de otros como si nunca hubieran coexistido. Se niegan mutuamente pero comparten el lecho, piensa mientras festeja la broma. Él es cómplice de la diversión y también se ríe. Antes les gustaba compartir el juego de los desconciertos: cambiarlos de lugar hasta que ya no sepan si son los vivos o los muertos. Después de aquello la sala es usurpada por ruidosas ausencias. Sólo ellos resisten.
Cabello lacio, flequillo adormecido sobre una frente que pica. Mejillas blancas, boquita apretada, mira el suelo seriamente y camina con resentimiento. Las puntillas nacaradas pasan a través del viento que se cuela por los vidrios sin inmutarse. El frío esquiva la pequeña figura, la rodea y sale del lugar. Todos tiritan frotándose los brazos y se apresuran a cerrar las puertas.
El felino que dormía en la alfombra del pasillo pega un alarido y se acurruca contra la pared con los pelos erizados. Gato loco, dice alguien, no será más que una pobre cucaracha. Ella pasa a su lado, lo mira de reojo y le sonríe con malicia. Hace que vuelve, se detiene dubitativa, retrocede de nuevo... hasta que el animal huye despavorido con la misma velocidad que si le hubieran prendido fuego la cola. Las carcajadas retumban. Los hemipléjicos, los sordos, los escleróticos que quedaron abandonados a su suerte revolean los ojos.
Pero su objetivo está al frente; al retomar la dirección el rostro se le endurece; amontona las cejas, infla los cachetes Él la observa, transpira y gesticula muecas de perdón. Quiere tenerla a su lado como en los viejos tiempos.
Por fin la pequeña se para; sin despegar el mentón del pecho, lo mira. Él intenta tocar su manito pero ella endurece el puño. No emite palabras. Él empieza a comprender que esta vez no será diferente y comienza a hamacarse nerviosamente al tiempo que se frota el cuero cabelludo.
La nena da vueltas a su alrededor, se detiene detrás y se prepara para empezar. Él lloriquea como una criatura. Impedido de voz, gime y se retuerce. Entonces sucede lo pactado. Cada músculo es atravesado por millones de cuchillas que revuelven la sangre. La piel se le desprende en lonjas muy lentamente. Las extremidades se le desgarran, las uñas vuelan. Millones de bebes se ahogan en un llanto sin calma. Una madre prende velas para aliviar la angustia eterna. Ruegan por un amigo al que no han vuelto a ver. En el nombre del padre, del hijo...chocan los bultos contra el río. Los dolores inexorables se acumulan y despedazan cuerpo y espíritu.
Al terminar la función el hombre sigue allí, sin otra cicatriz que la de su conciencia, esa que ella dibuja con esmero en sus visitas. Él cree que ya ha pagado. Ella no se conforma. Vuelve a alejarse mientras el anciano que aprendió a suplicar quiere seguirla.
Amanece. Otra vez se mueve despacio hacia el ventanal y un amarillo tenue tiñe las paredes de mañana. El mismo olor a café vuelve a cerrarle el estómago.


Imagen: Mariano Cleto (pintura y fotografía)

Novela juvenil (título reservado)

Fragmentos
"Hubo un mediodía en que el sol parecía acariciar la tierra con las manos, incinerando a su paso cualquier amor con pretensiones de supervivencia. Ese día nacimos mi hermana y yo. Ella era igualita a mi abuela paterna que había muerto el día anterior así que la llamaron Encarnación. A mí tardaron en ponerme nombre, porque nací con una falla congénita por la cual, dijo el doctor, no viviría muchos días. Sin embargo, pasaba el tiempo y yo seguía allí. Mi mamá me decía “mi amor”, pero me hacía falta un nombre. Como nací morada por la asfixia, me pusieron Mora. "
“Esa noche sentí un intenso dolor quemándome el pecho. Tuve fiebre, delirios en los que veía el rostro de ese extraño payaso y lo llamaba, sin saber todavía su nombre.”

“Mi amiga habla con los muertos porque está todo el día con ellos, ¿qué querés que haga? pobre. Te quiero ver a vos. (…) Llega a la casa con un olor a formol que ni te cuento. Como para que enganche algo que respire. ¡Suerte que con los muertos tiene feeling! Vos sabés que, hablando de eso, me quedé preocupada. Anoche vino con que se enamoró de uno. Sí, ahora sí tenés razón en poner cara de aplastamiento. Dice que le parece que la escucha.”

“Prendió el encendedor que tenía siempre en el bolsillo aunque nunca había fumado, para poder ver. Se sentó abrazada a sus pantorrillas, para entrar en calor. Miró, porque sí, las cenizas del ex fuego. Pensó que nada era lo que era.”

“Miré el parque vaciándose, escuché llorar a los nenes que no querían irse. Los moños de las nenas estaban desarmados, no había más blancos luminosos. Maira me miró casi llorando. Yo pensaba en lo trágico de la escena. Ella pensaba que Lilith había perdido la oportunidad de encontrar a su familia. Salimos del parque. Se había levantado un viento frío.”

“René estaba despierto, yo lo vi. Se hizo el dormido para no ponerla incómoda. Por suerte no habían acampado muy alto. El volcán hacía ruidos de dolor de panza.”

“Otra vez este tono melanco y esta humedad que detesto. Se me nota en la letra deforme, no puedo evitarlo.
(…) Anhelo la suavidad de pétalos, el brillo que no cesa en una gota.
Te preguntarás qué hago escribiéndote. Yo me pregunto lo mismo.”


jueves 28 de febrero de 2008

Qués es Verbambú

Verbambú es el espacio que me di para decir todo lo que quiero. Aquí estarán mis cuentos, las notas periodisticas que publique y las que escriba por que sí. Los adelantos de mi novela. Mis proyectos. Aparecerán pensamientos, libros. escritores que admiro, mis maestros, mis inspiraciones. Artistas muy valiosos, amigos, y todo aquello que quiera publicar. Necesitaba un lugar sin ediciones ni recortes, ni pautas, más que las propias.
Quería ponerle un nombre que llevara mis iniciales (V.B.), que tuviera un sentido pero no demasiado obvio. Estuvimos una tarde entera con Elena buscando palabras. Días después, de esa lista se me ocurrió la combinación de "Verba" y "Bambú". ¡Busquen en el diccionario como hice Yo!

Quién soy

Lo primero que se de mí, es que escribo y leo desde que aprendí a hacerlo. La imaginación me salvaba del aburrimiento. Inventaba historias con collage, con dibujos, con juegos de palabras o cosas que se me ocurrían quién sabe cómo. Ahí empezó todo, en la piecita donde jugaba atrás de la farmacia de mi abuela. Lejos de lo que parece, hay mucho para hacer en San Francisco cuando se tiene una bici, y un mundo que conocer cuando aprendes a andar sin rueditas. Fui “la reina de los cuentos” según mi señorita de segundo grado. Me metí en cuanto taller, revistita, café literario me invitaron. A Buenos Aires llegué “de grande”: dieciocho años y la idea de estudiar diseño de indumentaria, que pronto se convirtió en diseño gráfico, y como no lo encontré nada creativo, antes de acabar el CBC (bendito) empecé a buscar qué hacer. Arranqué Ciencias de la Comunicación, en la UBA, (e increíblemente me recibí). Ni bien cursé Taller 1 supe por dónde iba la cosa. Hice otros talleres literarios. Me integré al Staff de Squenun, una revisa cultural hecha pulmón, mixtura riquísima de cuentos, inflexiones, retratos. De a poco empecé a mostrar mis cuentos, muerta de miedo; ¡era como andar con las tripas al aire! Pero mis tripas empezaron a gustar, y me relajé. Escribí un guión y planeo volver a hacerlo, aunque no es fácil ver a tus personales encarnados. Pasé fugazmente por la radio, tal vez un día vuelva. La Revista de cultura urbana Quid me integró a su staff estable de colaboradores, en la que sigo escribiendo. Fui ayudante de cátedra de Taller de periodismo en mi facultad. Di clases de literatura en la escuela Don Orione, en Tigre, donde pude trabajar con chicos de segundo y tercer año de polimodal. Hace unos años tengo el proyecto de coordinar talleres literarios, y me llena de placer haberlo conseguido. He comenzado a escribir para la revista Alrededores. Tengo un proyecto de revista, entre muchos otros. Incursiono en la escritura para teatro. Acabo de terminar mi pirmer novela, y antes de mostrarla ya estoy escribiendo la segunda. Soy adicta crear. Escribo cuentos, armo cosas. Hace poco me di el lujo de organizarle un Homenje a mi querida maestra, Alfonsina Storni. Esa fue una de las ideas que se me ocurren entre sueños y a la mañana me pongo a hacerla sin pensar demasiado. Estoy armando proyectos editoriales porque, de la edicion de revistas, tesis, monografías, notas periodísticas y textos para todo gusto, trato de pasar a los libros. Simpre vuelvo a ellos, tenemos mutua atracción irrefrenable (¡aunque ellos no lo digan!). En fin, algo siempre estoy preparando. Soy esa especie de loca que anda con un cuadernito en la mochila.