domingo, 6 de abril de 2014

¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de León Tolstoi

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."
Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.
"Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."
Así que decidió hablar con su esposa.
-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.
Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.
Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.
Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.
El corazón de Pahom se colmó de anhelo.
"¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo".
Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.
Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.
"Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades."
Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.
-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.
"Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte."
Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.
En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.
El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:
-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.
-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.
-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.
Pahom no comprendió.
-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?
-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.
Pahom quedó sorprendido.
-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.
El jefe se echó a reír.
-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.
-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?
-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.
Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.
Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.
"¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado."
Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.
-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.
Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.
-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.
Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.
-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.
Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.
-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.
A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.
El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:
-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.
Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.
-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.
Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.
"No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."
Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.
Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.
Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.
-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.
Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.
"Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra."
Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.
"Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento."
Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.
Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.
"Bien -pensó-, debo descansar."
Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".
Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.
"¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.
"No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".
Pahom cavó un pozo de prisa.
Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.
"Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?"
Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.
Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.
"Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol."
El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.
Aunque temía la muerte, no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.
El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.
"Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"
Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.
"Todo mi esfuerzo ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.
-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!
El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!
Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.
Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Fuente: /www.ciudadseva.com

Las grosellas, de Ánton Chejov



Aún desde la mañana temprana todo el cielo se había cubierto de nubes lluviosas, había calma, no hacía calor y era aburrido, como sucede en los días grises, nublados, cuando las nubes se ciernen ya hace tiempo sobre el campo y esperas la lluvia, pero ésta no llega. El médico veterinario Iván Ivánich y el maestro de gimnasio Búrkin ya estaban cansados de andar, y el campo les parecía ilimitado. En la lejanía de adelante se veían apenas los molinos de viento de la aldea Mironosítzki, a la derecha se extendían y después se esfumaban en la lejanía una serie de colinas, y ambos sabían que eso eran las orillas del río, que allí estaban las praderas, los sauces verdes, las haciendas, y que si uno se paraba en una de las colinas, pues se veía desde allí un campo inmenso, el telégrafo y el tren, que desde lejos parecía un gusano que se arrastra, y con tiempo claro se veía desde allí incluso la ciudad. Ahora, con tiempo calmo, cuando toda la naturaleza parecía dócil y pensativa, Iván Ivánich y Búrkin estaban llenos de amor hacia ese campo, y ambos pensaban en cuán grandioso, cuán hermoso era su país.
-La vez pasada, cuando estuvimos en el cobertizo del alcalde Prokófiev, -dijo Búrkin, -usted se disponía a contar cierta historia.
-Sí, yo quería contarle entonces de mi hermano.
Iván Ivánich suspiró de modo alargado y prendió su pipa para empezar a contar, pero en ese preciso momento empezó a llover. Y a los cinco minutos llovía ya fuerte, a cántaros, y era difícil prever cuando terminaría. Iván Ivánich y Búrkin se detuvieron con reflexión; los perros, ya mojados, estaban parados con las colas encogidas, y los miraban con ternura.
-Tenemos que cubrirnos en algún lugar, -dijo Búrkin. –Vamos a casa de Aliójin. Es ahí cerca.
Voltearon hacia un costado y fueron siempre por un campo segado, ya derecho, ya tomando a la derecha, hasta que salieron al camino. Pronto aparecieron los álamos, el jardín, después los tejados rojizos de los graneros; brilló el río, y se desplegó la vista de un cauce ancho con un molino y una caseta blanca. Era Sófino, donde vivía Aliójin.
El molino laboraba, apagando el ruido de la lluvia, la presa temblaba. Allí, junto a las telegas, estaban parados los caballos mojados, con las cabezas bajas, y andaban personas cubiertas con sacos. Había humedad, fango, no era acogedor, y el aspecto del cauce era frío, maligno. Iván Ivánich y Búrkin ya sentían una sensación de humedad, suciedad y embarazo en todo el cuerpo, los pies les pesaban por el fango, y cuando, pasando la presa, subieron hacia los graneros señoriales, callaban, como enojados el uno con el otro.
En uno de los graneros sonaba una aventadora, la puerta estaba abierta, y por ésta salía polvo. En el umbral estaba parado el mismo Aliójin, un hombre de unos cuarenta años, alto, grueso, de cabellos largos, más parecido a un profesor o un pintor, que a un hacendado. Llevaba una camisa blanca, no lavada hacía tiempo, con un cinto de cuerda, en lugar de pantalón unos calzones, y las botas llenas de fango y paja también. Su nariz y sus ojos estaban negros de polvo. Reconoció a Iván Ivánich y a Búrkin, y por lo visto se alegró mucho.
-Dígnense, señores, a la casa, -dijo sonriendo. –Yo ahora, en un minuto.
La casa era grande, de dos pisos. Aliójin vivía abajo, en dos habitaciones abovedadas y con ventanas pequeñas, donde alguna vez vivieron los intendentes; había allí un ambiente sencillo, y olía a pan de centeno, vodka barato y arneses. Arriba, a las habitaciones principales, iba rara vez, sólo cuando venían los visitantes. A Iván Ivánich y Búrkin los recibió en la casa la sirvienta, una mujer joven tan bonita, que ambos se detuvieron a la vez y se echaron una mirada el uno al otro.
-No se pueden imaginar, cómo me alegra verlos, señores, -decía Aliójin, entrando tras ellos al vestíbulo. -¡Pues no lo esperaba! Pelaguéya, -se dirigió a la sirvienta, -déle algo a los visitantes para cambiarse. Y a propósito, yo también me voy a cambiar. Sólo tengo que ir a bañarme primero, pues me parece, que no me he bañado desde la primavera. No quieren acaso, señores, ir a la caseta, mientras preparan aquí.
La bonita Pelaguéya, tan delicada y de aire tan suave, trajo sábanas y jabón, y Aliójin fue con los visitantes a la caseta.
-Sí, hacía tiempo ya que no me bañaba, -decía desvistiéndose. –Mi caseta, como ven, es buena, la construyó mi padre, pero como que nunca hay tiempo para bañarse.
Se sentó en el banquito y se enjabonó los cabellos largos y el cuello, y el agua a su alrededor se ponía marrón.
-Sí, lo confieso… -profirió Iván Ivánich, mirando su cabeza de modo significativo.
-Hacía tiempo ya que no me bañaba… -repitió Aliójin confundido, y se enjabonó otra vez, y el agua a su alrededor se ponía azul oscuro, como la tinta.
Iván Ivánich salió afuera, se lanzó al agua con estrépito y nadó bajo la lluvia, dando amplias brazadas, y de él salían ondas, y sobre las ondas se mecían los lirios blancos; nadó hasta el mismo medio del cauce y se zambulló, y al minuto apareció en otro lugar y siguió nadando, y siempre se zambullía, intentando alcanzar el fondo. “Ah, Dios mío… -repetía disfrutando. –Ah, Dios mío…” Nadó hasta el molino, habló de algo allí con losmujíks y volvió atrás, y en el medio del cauce se aboyó, poniendo su rostro bajo la lluvia. Búrkin y Aliójin ya se habían vestido y se disponían a irse, y él seguía nadando y se zambullía.
-Ah, Dios mío… -decía. –Ah, apiádate Señor.
-¡Ya tiene! –le gritó Búrkin.
Volvieron a la casa. Y sólo cuando prendieron la lámpara en la sala grande arriba, y Búrkin e Iván Ivánich, vestidos con batas de seda y pantuflas cálidas, estaban sentados en las butacas, y el mismo Aliójin bañado, peinado, con una levita nueva, andaba por la sala, evidentemente, sintiendo con placer el calor, la limpieza, la ropa seca, el calzado ligero, y cuando la bonita Pelaguéya, pisando por la alfombra sin hacer ruido y sonriendo con suavidad, sirvió en una bandeja té con mermelada, sólo entonces Iván Ivánich procedió al cuento, y parecía que lo escuchaban no sólo Búrkin y Aliójin, sino asimismo las damas viejas y jóvenes y los militares, que miraban serenos y severos desde los marcos dorados.
-Somos dos hermanos, -empezó, -yo, Iván Ivánich, y el otro, Nikolai Ivánich, dos años más joven. Yo fui por el lado de las ciencias, me hice veterinario, y Nikolai, ya desde los diecinueve años, estaba en la cámara pública. Nuestro padre, Chimshá-Guimaláiskii, era de los cantonistas, pero después de servir hasta el rango de oficial, nos dejó una nobleza de herencia y una pequeña posesión. Después de su muerte, nos quitaron la posesión por deudas, pero, sea como sea, pasamos la infancia en el campo, en libertad. Nosotros, de todas formas, como niños campesinos, nos pasábamos los días y las noches en el campo, en el bosque, cuidábamos los caballos, quitábamos el líber, pescábamos, y demás, por el estilo… Y ustedes saben, el que cazó un erizo, siquiera, una vez en su vida, o vio los zorzales volando en otoño, cómo pasan en bandadas por el pueblo en los días claros y frescos, ése ya no es un habitante de la ciudad, y hasta su misma muerte le va a atraer la libertad. Mi hermano añoraba en la cámara pública. Los años pasaban, y él sentado en el mismo lugar, escribiendo los mismos papeles y pensando siempre en lo mismo, en cómo irse al campo. Y esa añoranza, poco a poco, se le convirtió en un deseo definido, en el sueño de comprarse una hacienda pequeña en algún lugar, a la orilla de un río o un lago.
Era un hombre bueno, dócil, yo lo quería, pero ese deseo de encerrarse para toda la vida en su hacienda personal, yo nunca lo compartí. Se acostumbra a decir, que el hombre sólo necesita tres arshíns de tierra. Pero es que tres arshíns los necesita un cadáver, no un hombre. Y dicen asimismo, que si nuestra intelectualidad siente atracción por la tierra y aspira a una hacienda, pues eso es bueno. Pero es que esas haciendas son los mismos tres arshínes de tierra. Irse de la ciudad, de la lucha, del ruido mundano, irse y esconderse en su hacienda, eso no es vida, eso es egoísmo, pereza, eso es una suerte de monaquismo, pero un monaquismo sin hazaña. El hombre necesita no tres arshínes de tierra, no una hacienda, sino todo el globo terráqueo, toda la naturaleza, para que pueda manifestar en su amplitud todas las cualidades y propiedades de su espíritu libre.
Mi hermano Nikolai, sentado en su cancillería, soñaba con cómo se comería su schi personal, del que saldría un olor sabroso por todo el patio, con comer en la hierba verde, dormir al sol, estar sentado por horas enteras en un banquito tras los portones, y mirar el campo y el bosque. Los libritos agrícolas y todos esos consejos de los calendarios eran su alegría, su alimento espiritual preferido; le gustaba también leer los periódicos, pero leía sólo los anuncios, de que se vendían tantas desiatínas de labrados y praderas con hacienda, río, jardín y molino, con estanques de agua corriente. Y se pintaba en su cabeza los senderos del jardín, las flores, las frutas, los nidos, los carasios en los estanques, ¿y saben?, todas esas cosas. Esos cuadros que se imaginaba eran distintos, según los anuncios que hallaba, pero por algo, en cada uno, había seguro grosellas. No se podía imaginar ni una hacienda, ni un rincón poético que no tuviera grosellas.
-La vida campestre tiene sus comodidades, -decía en ocasiones. –Estás sentado en el balcón, tomando té, y tus patitos nadando en el estanque, huele tan bien… y la grosella creciendo.
Trazaba el plan de su posesión, y cada vez le salía lo mismo en el plan: a) la casa señorial; b) la casa de la servidumbre; c) el huerto; d) las grosellas. Vivía de modo mezquino: comía poco, bebía poco, se vestía Dios sabe cómo, como un mendigo, y siempre ahorrando y poniendo en el banco. Era terriblemente tacaño. A mí me dolía verlo, y le daba algo, y le mandaba en las fiestas, pero él escondía eso también. Si al hombre se le metió la idea, pues no puedes hacer nada.
Pasaron los años, lo trasladaron a otro gobierno, ya andaba por los cuarenta, y él leyendo los anuncios de los periódicos y ahorrando. Después oí que se casaba. Siempre con el mismo objetivo, para comprarse una hacienda con grosellas; se casó con una viuda vieja, no bonita, sin ningún sentimiento, y sólo por que ella tenía dinero. Vivió con ella también de modo mezquino, la tenía con hambre, y puso su dinero en un banco a su nombre. Antes, ella había estado casada con un administrador de correos, y se había habituado con él a los pasteles y a los licores, y con el segundo marido no veía ni el pan negro en abundancia; se empezó a marchitar con esa vida, y a los tres años agarró y le dio el alma a Dios. Y por supuesto, mi hermano no pensó ni por un instante que era culpable de su muerte. El dinero, como el vodka, hacen del hombre un excéntrico. En nuestra ciudad se murió un mercader. Antes de morir, ordenó que le sirvieran un plato de miel, y se comió todo su dinero y los billetes de lotería con la miel, para que no le tocaran a nadie. Una vez, en la estación, yo revisaba un rebaño, y en ese momento un señorito cayó bajo la locomotora, y le cortó la pierna. Lo llevamos a la sala de admisión, suelta sangre, un asunto terrible, y él rogando que le busquen la pierna, y se inquieta; en la bota de la pierna cortada había veinte rublos, como que no se pierdan.
-Eso ya, usted, de otra ópera, -dijo Búrkin.
-Después de la muerte de su mujer, -continuó Iván Ivánich, pensado medio minuto, -mi hermano empezó a buscarse una posesión. Por supuesto, puedes buscar cinco años, y de todas formas, al final de todo, te equivocas, y compras en absoluto no eso con que soñabas. Mi hermano Nikolai compró a través de un comisionista, con traspaso de deuda, ciento doce desiatíanas con una casa señorial, una casa de servidumbre y un parque, pero sin el jardín frutal, sin las grosellas y sin el estanque con los patitos; había un río, pero el agua era de color café, por que a un lado de la posesión había una fábrica de ladrillos, y del otro lado una fábrica de quema de hueso. Pero mi Nikolai Ivánich no se puso muy triste; encargó veinte arbustos de grosellas, los sembró y empezó a vivir como un hacendado.
El año pasado fui a visitarlo. Voy a ver, pensaba, cómo y qué hay allá. En sus cartas mi hermano llamaba a su posesión así: Baldío Chumbaróklov, actual Guimaláiskii. Llegué al actual Guimaláiskii después del mediodía. Hacía calor. Por todas partes las zanjas, las vallas, los huertos, los pinos plantados en hileras, y no sabías cómo pasar al patio, donde poner el caballo. Voy a la casa, y a mi encuentro un perro rojizo, gordo, parecido a un cerdo. Quiere ladrar, pero le da pereza. Sale de la cocina una cocinera descalza, gorda, parecida a un cerdo también, y dice que el señor descansa después de almuerzo. Entro a la habitación de mi hermano, está sentado en la cama, con las rodillas cubiertas por la cobija; envejeció, engordó, se puso adiposo; las mejillas, la nariz y los labios se extienden hacia adelante; si te descuidas, gruñe bajo la cobija.
Nos abrazamos y lloramos de júbilo, y por la idea triste de que alguna vez fuimos jóvenes, y ahora ambos estábamos canosos, y ya era hora de morir. Se vistió y me llevó a ver su posesión.
-Bueno, ¿cómo vives aquí? –le pregunté.
-Pues no mal, gracias a Dios, vivo bien.
Ya no era el tímido, antiguo pobretón-funcionario, sino un verdadero hacendado, un señor. Se había amoldado allí, habituado, tomado el gusto; comía mucho, se bañaba en el baño, engordaba, ya se había pleiteado con la sociedad y las dos fábricas, y se ofendía mucho cuando los mujíks no lo llamaban “su excelencia”. Y se preocupaba por su alma de modo respetable, a lo señorial, y hacía buenas obras no con un aire sencillo, sino con importancia. ¿Y cuáles buenas obras? Curaba a los mujíks de todas las enfermedades con soda y aceite de ricino, y en sus días de santo oficiaba por los pueblos rogativas de beneficio, y después ponía medio balde, pensaba que así era necesario. ¡Ah, esos medios baldes horribles! Hoy, el hacendado gordo llevaba a losmujíks, por holladura, a donde el jefe del zémstvo, y mañana, el día solemne, les ponía medio balde, y éstos tomaban y gritaban hurra, y borrachos, se inclinaban a sus pies. El cambio hacia una vida mejor, la saciedad, la ociosidad desarrollan en el hombre ruso la presunción más descarada. Nikolai Ivánich, que alguna vez en la cámara pública tuvo miedo de tener ideas personales, incluso para sí en privado, ahora sólo decía verdades, y en tal tono, como un ministro: “La educación es necesaria, pero para el pueblo es prematuro”, “los castigos corporales, en general, son nocivos, pero en ciertos casos son útiles e insustituibles”.
-Yo conozco al pueblo y sé tratarlo, -decía. –A mí el pueblo me quiere. Me basta sólo mover un dedo, y el pueblo hará para mí todo lo que yo quiera.
Y todo eso, adviertan, se decía con una sonrisa inteligente, bondadosa. Repitió unas veinte veces: “nosotros, los nobles”, “yo, como noble”; evidentemente, ya no recordaba que nuestro abuelo había sido mujík, y nuestro padre soldado. Incluso nuestro apellido, Chimshá-Guimaláiskii, en esencia impropio, le parecía ahora sonoro, ilustre y muy agradable.
Pero el asunto no está en él, sino en mí mismo. Yo quiero contarles, qué cambio se produjo en mí en esas pocas horas, mientras estaba en su hacienda. Por la tarde, cuando tomábamos té, la cocinera sirvió en la mesa un plato lleno de grosellas. Éstas no eran compradas, sino eran sus grosellas personales, recogidas por primera vez, desde que habían sembrado los arbustos. Nikolai Ivánich se echó a reír y, por un instante, miró las grosellas callado, con lágrimas, no podía hablar por la emoción, después se puso en la boca una uva, me echó una mirada con el aire triunfal de un niño que, finalmente, recibió su juguete preferido, y dijo:
-¡Qué rico!
Y comía con avidez, y siempre repetía:
-¡Ah, qué rico! ¡Tú prueba!
Estaba dura y ácida, pero como dijo Púshkin, “la tiniebla de la verdad nos es más preciada que el engaño que ensalza”. Yo veía a un hombre feliz, cuyo sueño secreto se había realizado de un modo tan evidente, que había alcanzado su objetivo en la vida, había recibido lo que quería, que estaba satisfecho con su destino, consigo mismo. A mis ideas sobre la felicidad humana, siempre, por algo, se añadía algo triste, pero ahora, ante la visión de un hombre feliz, se apoderó de mí una sensación penosa, cercana a la desolación. En particular, era penoso por la noche. Me hicieron la cama en una habitación, junto al dormitorio de mi hermano, y yo oía cómo él no dormía, y cómo se levantaba y se acercaba al plato de grosellas, y tomaba una uva. Yo pensaba: ¡en esencia, cuántos hombres satisfechos y felices hay! ¡Qué fuerza tan aplastante! Échenle un vistazo a esta vida: el descaro y la ociosidad de los fuertes, la ignorancia y la bestialidad de los débiles, alrededor una pobreza imposible, la estrechez, la decadencia, la embriaguez, la hipocresía, la mentira… Entre tanto, en todas las casas y en las calles el silencio, la tranquilidad; de cincuenta mil que viven en la ciudad, ni uno que grite, que se perturbe en voz alta. Vemos a los que van al mercado por productos, comen de día, duermen de noche, dicen sus tonterías, se casan, envejecen, llevan a sus difuntos al cementerio de modo bondadoso; pero no vemos ni oímos a los que sufren, y lo terrible de la vida pasa en algún lugar, entre bambalinas. Todo está en silencio, tranquilo, y sólo protesta la muda estadística: tantos se volvieron locos, tantos baldes bebidos, tantos niños murieron de inanición… Y este orden, evidentemente, es necesario; evidentemente, el feliz se siente bien, sólo porque los infelices llevan su carga callados, y sin ese callar, la felicidad sería imposible. Es una hipnosis general. Es necesario que en la puerta de cada hombre satisfecho, feliz, esté parado alguien con un martillo, y le recuerde con un martillazo de modo constante, que hay hombres infelices, que, por muy feliz que él sea, la vida tarde o temprano le enseñará sus garras, llegará la desgracia, la enfermedad, la pobreza, la pérdida, y nadie lo verá ni lo oirá a él, como él no ve ni oye ahora a los otros. Pero no hay el hombre con el martillo, el feliz vive a su gusto, y las pequeñas preocupaciones mundanas lo inquietan levemente, como el viento al roble, y todo está favorable.
-Esa noche entendí cuán satisfecho y feliz estaba yo también, -continuó Iván Ivánich, levantándose. –Yo también, en el almuerzo y en la caza, enseñaba cómo vivir, cómo creer, cómo dirigir al pueblo. Yo también decía que el estudio era la luz, que la educación era necesaria, pero que para las gentes sencillas, por ahora, era suficiente sólo saber leer y escribir. La libertad es un bien, decía, sin ésta no se puede, como sin el aire, pero hay que esperar. Sí, yo decía así, y ahora pregunto: ¿en nombre de qué esperar? –preguntó Iván Ivánich, mirando enojado a Búrkin. -¿En nombre de qué esperar, le pregunto? ¿En nombre de cuáles argumentos? Me dicen que no todo de una vez, que cada idea se realiza en la vida gradualmente, a su tiempo. ¿Pero quién dice eso? ¿Dónde están las pruebas, de que eso es justo? Ustedes se remiten al orden de cosas natural, a la ley de los fenómenos, pero, ¿hay acaso orden y ley en el hecho de que yo, un hombre vivo, pensante, estoy parado ante un foso, y espero a que se cubra por sí mismo, o se llene de lodo, al mismo tiempo que yo, acaso, podría saltarlo o construir un puente sobre éste? ¿Y de nuevo, en nombre de qué esperar? ¡Esperar a que no haya fuerzas para vivir, y entre tanto es necesario vivir, y se quiere vivir!
Me fui de casa de mi hermano por la mañana temprano, y desde entonces no soporté estar en la ciudad. A mí me oprime el silencio y la tranquilidad, me da miedo mirar por las ventanas, ya que para mí ahora no hay visión más penosa, que una familia feliz, sentada a la mesa y tomando té. Yo ya estoy viejo y no sirvo para la lucha, y soy incapaz incluso de odiar. Yo sólo sufro de alma, me irrito, me fastidio, me arde la cabeza por las noches, por el aluvión de ideas, y no puedo dormir… ¡Ah, si yo fuera joven!
Iván Ivánich se paseó con inquietud de una esquina a la otra, y repitió:
-¡Si yo fuera joven!
De pronto se acercó a Aliójin, y le empezó a estrechar ya una mano, ya la otra.
-¡Pável Konstantínich, -profirió con voz suplicante, -no se tranquilice, no se permita dormirse! ¡Mientras sea joven, fuerte, vigoroso, no se canse de hacer el bien! La felicidad no existe y no debe existir, y si en la vida hay un sentido y un objetivo, pues ese sentido y ese objetivo, en general, no están en nuestra felicidad, sino en algo más racional y grandioso. ¡Haga el bien!
Y todo eso Iván Ivánich lo profirió con una sonrisa lastimera, suplicante, como si pidiera personalmente para sí mismo.
Después, todos los tres se quedaron sentados en las butacas, en distintas esquinas de la sala, y callaron. El cuento de Iván Ivánich no satisfizo ni a Búrkin ni a Aliójin. Escuchar el cuento de un pobretón-funcionario que comía grosellas, mientras los generales y las damas, que en el crepúsculo parecían vivos, miraban desde los marcos dorados, fue aburrido. Se quería por algo hablar y oír de personas elegantes, de mujeres. Y el hecho de que estaban sentados en una sala, donde todo –la araña con la funda, las butacas y las alfombras bajo los pies –hablaban de que por aquí, alguna vez, pasaron, se sentaron y tomaron té esas mismas personas, que miraban ahora desde los marcos, y el hecho de que pasara por allí ahora la bonita Pelaguéya sin hacer ruido, era mejor que todos los cuentos.
A Aliójin le dieron fuertes deseos de dormir; se había levantado a laborar temprano, a las tres de la mañana, y ahora se le cerraban los ojos, pero temía que los visitantes empezaran a contar algo interesante en su ausencia, y no se iba. Si era inteligente, si era justo lo que recién decía Iván Ivánich, en eso no se detenía; los visitantes no hablaban de granos, ni de heno, ni de alquitrán, sino de algo que no tenía relación directa con su vida, y estaba contento, y quería que continuaran…
-Pero es hora de dormir, -dijo Búrkin, levantándose. –Permítanme desearle buenas noches.
Aliójin se despidió y fue a su habitación abajo, y los visitantes se quedaron arriba. A ambos les asignaron para la noche una habitación grande, donde había dos viejas camas de madera con adornos tallados, y en la esquina había un crucifijo de marfil; sus camas anchas, frescas, que había hecho la bonita Pelaguéya, olían gratamente a ropa de cama fresca.
Iván Ivánich, callado, se desvistió y se acostó.
-¡Señor, perdónanos a los pecadores! –profirió, y se cubrió hasta la cabeza.
Su pipa, que yacía en la mesa, olía fuerte a tufo de tabaco, y Búrkin no se durmió en largo tiempo, y no podía entender de ningún modo de dónde venía ese olor pesado.
La lluvia golpeó en la ventana toda la noche.

Título original: Krizhóvnik, publicado por primera vez en la revista Russkaya misl, 1898, Nº 8, con la firma: "Antón Chejov".

Fuente: letrasrusas.blogspot.com.ar

lunes, 8 de julio de 2013

Natalia y María Emilia: 4 años

               El 8 de julio, se cumplen 4 años del homicidio de Natalia Vercesi y de su hija por nacer, María Emilia.
Es necesario decir que nada -realmente, nada-  volvió a ser como era para su hija, sus padres, su familia, sus amigos. Y es necesario que nadie en esta sociedad haya vuelto a ser el mismo. Porque sólo así estaremos tomando conciencia real de las dimensiones de este hecho aberrante, doloroso, terrible hasta extremos imposibles de concebir. Y lo único que podemos hacer, es no olvidar. 


 
            Natalia y María Emilia: NO LAS OLVIDAREMOS.



viernes, 8 de marzo de 2013

En el día de la mujer: libertad y Clarice


“Sou como você me vê. Posso ser leve como uma brisa ou forte como una ventania. Depende de quanto e como você me vê passar.”

Clarice Lispector



Talentosas. Valientes. Brillantes. Libres. Libres. Sobre todo, LIBRES. En honor a ustedes, a nosotras, mujeres, es que nos hago el regalo de traerla. A ella, a la maestra, la excelsa, la única, la magnífica Clarice Lispector.

miércoles, 6 de marzo de 2013

10 y 17/3: Nora Galit


9/3: La máquina del tiempo

Este Sábado 9 de Marzo, a las 22 hs. comienza La Máquina del Tiempo , alto festival - nosotros, los DEGENERADOS DEL SWING, TOCAREMOS EN EL HORARIO DE TRASNOCHE! 00:30hs PONELE... La cita es en Aizpurúa 2936, Villa Urquiza!!!







jueves, 14 de febrero de 2013

Natalia

Hoy cumpliría años Natalia Vercesi, brutalmente asesinada por su esposo en 2009. Estaba embarazada de 7 meses. Tenía una nena de 4 años. Y hoy, es el cumpleaños de esa nena. Sí, el mismo día que su mamá. Seguramente el padre que le mató a su madre y a su hermana, la habrá llamado desde la cárcel para decirle: feliz cumpleaños. 
No creo en San Valentín. Pero ojalá que esta nena tenga todo el amor posible. Entre otras cosas que no puedo evitar desear en un día como este.





Natalia vivía a un par de cuadras de mi casa, en San Francisco. Fue conmigo algunos años de primaria y secundaria. Mi familia y yo conocíamos a su abuela, a sus padres, y luego a su hija. Recuerdo cuando me llamaron mis amigas para decirme... "Pasó algo horrible", decían.

viernes, 25 de enero de 2013

El corazón verde (Felisberto Hernández)

El corazón verde
[Cuento. Texto completo] Felisberto Hernández
Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Lo di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos. Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.
Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.
En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar.
Una tarde mi madre me dijo que me llevaría a casa de una abuela que vivía en la dársena y que vería un tren eléctrico; sin embargo esa mañana yo me había portado mal; me habían mandado a buscar almidón en caja; pero yo lo traje suelto y me retaron; al ratito me mandaron a buscar yerba y como yo la quería en caja, los almaceneros, que eran amigos de casa, me la pusieron en una caja de botines; pero yo había cometido otra falta: me volví a casa con "la plata" y me retaron porque no había pagado; al rato me mandaron a buscar fideos con un peso; yo traje los fideos pero no quise traer el cambio porque eso era traer la plata y me retarían; en casa se alarmaron porque no había traído el cambio y me mandaron a buscarlo; entonces los almaceneros escribieron en un papelito algo que tranquilizó a mamá. Decía: "El cambio está entre los fideos."
Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela -ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde-; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.
Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo:
-Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.
Y enseguida pasamos por lo del loco. Era una casa sin revocar y muy vieja. En la reja de una ventana había latas atadas con alambres y detrás gritaba continuamente el loco llamando a la gente que pasaba. Él era grande, gordo y tenía una camisa a cuadros. A veces venía la mujer, que era chiquita y flaca, para hacerlo callar; pero enseguida él seguía gritando y de pronto los gritos eran roncos.
Después cruzamos frente a la carnicería: yo pasaba allí mañanas enteras esperando que me despacharan; la gente estaba callada; pero un mirlo cantaba fuerte, siempre el mismo canto, y yo me aburría mucho.
Al pie del Cerro estaba la calle donde pasaba el tren de caballos; primero se oía la corneta y después el ruido de los caballos, las cadenas y el látigo largo para alcanzar al cadenero. Yo me hinchaba en uno de los dos asientos largos para estar frente a la ventanilla. Y mucho rato después me tenía que tapar las narices porque pasábamos por los frigoríficos que había cerca de un arroyo. A veces, cuando el tren y los caballos hacían ruido sobre el puente, yo me olvidaba de taparme la nariz y enseguida sentía el olor. Esa tarde nos bajamos en el Paso Molino y mi madre entró en una confitería a conversar con la dueña. Pasado un largo rato, la confitera dijo:
-Su niño mira los caramelos.
Y señalando los boyones me preguntaba:
-¿Quieres de éstos?... ¿De estos otros?
Yo le dije a mi madre que quería la tapa del boyón. Se rieron y la confitera me trajo la tapa de otro que se había roto hacía poco. Mi madre no quería que yo fuera con aquello por la calle; pero la confitera lo envolvió, lo ató y le puso un palito para agarrarlo.
Cuando salimos era de nochecita y yo vi en medio de la calle un zaguán iluminado; mientras mi madre me llevaba hacia él yo miraba los vidrios de colores. Ella me decía que era un tren eléctrico. Pero como yo lo veía de la parte de atrás seguía pensando que era un zaguán. En ese instante tocaron un timbre, el "zaguán" soltó un suspiro fuerte y empezó a resbalar despacio hacia adelante. Al principio apenas se movía y las personas que alcancé a ver dentro de él iban quietas como muñecos dentro de una vidriera. Nosotros no llegamos a tiempo y al ratito el zaguán iba lejos y dio vuelta por entre unos árboles.
La casa de mi abuela quedaba en una calle cerca del puerto. Se entraba por un patio largo y teníamos que subir escaleras. Después pasamos por un comedor donde había una mesa con una fuente de pasteles. Mi madre me había encargado que no pidiera; entonces yo le dije a mi abuela:
-Si me dan, pido; si no, no.
A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio. Antes de cenar me dejaron jugar con una chiquilina que se llamaba Ivonne. La madre tenía en la cabeza un gorro de papel de diario y toda la cara y la pañoleta llenas de plumitas blancas muy chiquitas.
Esa noche antes de dormir vi en la pared una escalerita de luces que eran reflejo de las persianas. Después no me desperté a pesar de que todos se levantaron por el ruido que hizo la tapa del boyón cuando se resbaló de abajo de la almohada y se cayó al suelo. Al otro día, cuando tomaba el café con leche, sentía a cada momento un grito raro y me dijeron que era el hipo de Ivonne; parecía que ella lo hiciera por gusto. Esa mañana ella me convidó para ir a ver un muerto en las piezas del fondo. La madre no quería dejarla ir porque tenía hipo. Yo miraba el gorro de papel de la madre y esa mañana el color de las plumitas era violeta. Enseguida pensé en el muerto. Ivonne le decía a la madre:
-Mamá, es un muerto de confianza; es aquel viejito que vendía gallinas.
Ivonne me dio la mano y me llevó; yo tenía miedo y no soltaba la mano. El viejito estaba solo y tapado con un tul. Ivonne no sólo soltaba los gritos del hipo sino que quería apagar todas las velas que había alrededor del cajón. De pronto entró la madre, la agarró de un brazo y la sacó corriendo; y como yo estaba fuertemente agarrado a la mano de Ivonne, a mí también me llevaron.
Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.
Yo estaba en una ciudad de la Argentina donde el encargado de arreglar mis conciertos había cometido errores desde el principio y al final no se había podido hacer nada. Mientras tanto tuve tiempo de ir descendiendo por todas las categorías de los hoteles del centro y al fin había caído en un barrio sospechoso de los suburbios, donde un amigo alquiló una pieza. A él los padres le habían mandado una cama y él me cedió un colchón. Hacía mucho frío y yo había gastado la mayor parte de mi dinero en comprar diarios viejos: los ponía abiertos encima de una cobija fina y arriba de ellos un sobretodo que me había prestado el encargado de mis conciertos. Una noche desperté a mi amigo con un grito feroz; yo también me desperté y me encontré poniendo una almohada en la pared: estaba soñando que allí había un agujero donde aparecía sonriendo un loco que tenía en la cabeza un gorro de papel de diario. Y después de pensar mucho en eso -no quería volver a dormirme porque tenía miedo de repetir la pesadilla- recordé el gorro de la mamá de Ivonne.
A los pocos días paseaba con tristeza entre las luces del centro de la ciudad, y de pronto decidí empeñar el corazón verde para ir al cine. Esa noche, después de la función me animé a pedirle dinero a otro amigo que tenía en Buenos Aires; ya le debía mucho, pero ahora me arriesgaría porque tenía casi arreglado un concierto en una ciudad vecina. Esa misma noche volví a pensar en el gorro de la mamá de Ivonne y decidí mandarle preguntar a la mía qué hacía aquella señora con las plumitas y el gorro de papel de diario. Es posible que mi madre lo hubiera sabido. También le dije que yo recordaba haber visto que la señora tironeaba algo que tenía en las faldas y yo había pensado que desplumaba a un animalito.
Cuando vino el dinero, rescaté el corazón verde y me fui a la ciudad vecina. Allí todo fue bien desde el principio y pude hospedarme en un hotel cómodo. Me habían dado una pieza con tres camas, una de matrimonio y dos de una plaza. Yo quería una pieza para mí solo y yo podía elegir la cama que quisiera. A la noche, después de una cena más bien exagerada, elegí la cama de matrimonio y puse en ella las frazadas de todas las camas. Los muebles eran de una vejez muy oscura y los espejos eran borrosos y veían mal la luz.
La tarde que di el primer concierto, tuve tiempo -antes que se cerraran los negocios- de comprar libros, lápices de colores para subrayarlos y un índice muy lindo al que después le buscaría aplicación. Apenas cené y me metí con los libros en la cama de matrimonio, pensé en el cine y no pude resistir a la tentación: me vestí de nuevo y fui a ver una película vieja en que unos enamorados se daban besos largos. Era muy feliz y no quería acostarme; fui a un café donde había un ñandú muy manso que vagaba a pasos lentos entre las mesas. Yo estaba distraído mirándolo y dando vuelta entre los dedos al alfiler de corbata cuando el ñandú vino apresuradamente hacia mí, me sacó de un picotón el corazón verde y se lo tragó. Mis ojos miraban con desesperación el alfiler bajando, como un bulto dentro de una media, por el cuello del ñandú; hubiera querido hacerlo correr hacia arriba; pero llegó el mozo del café y me dijo:
-No se preocupe.
-¡Pero, señor! ¡Si es un viejo recuerdo de familia!
-Escuche, caballero -me decía el mozo levantando una mano como el vigilante que detiene un vehículo-: el ñandú se ha tragado muchas cosas y siempre las ha devuelto. Quédese tranquilo, que mañana o pasado yo le entregaré su alfiler como si nada hubiera ocurrido.
Al otro día vi en los diarios las crónicas de mis conciertos. Pero uno de ellos traía en primera plana un título que decía: "La estadía del pianista depende del ñandú." Y el artículo estaba lleno de bromas.
Ese mismo día recibí carta de mi madre en que me decía que la mamá de Ivonne hacía cisnes de polvera, que los hacía de todos los colores y que los tironeos serían para sacar las plumitas del paquete, porque a veces venían muy apretadas.
Al otro día el mozo del café me trajo el alfiler y me dijo:
-Ya le había dicho yo, señor; el ñandú es muy serio y devuelve todo.
Para otra vez que vaya a descansar a ese pueblito de recuerdos, tal vez me encuentre con que la población ha aumentado; casi seguro que allí estará aquel diario verde y los quintillizos a quienes les pinché los ojos con el alfiler.
FIN

Fuente: www.ciudadseva.com

viernes, 28 de diciembre de 2012

"En las fotos blanco y negro (...)" Ilustrado por Menén Martínez


Este relato mío, está publicado en el libro "¿Te acordarás?" y también en una antología de la editorial Silva, en España, por haber sido finalista del concurso Constantí de Relatos de Familia, hace un par de años.
Fue una grata sorpresa encontrarlo en el diario La Voz de San Justo, con las ilustraciones de Menén Martínez. ¡Muchas gracias! Aquí les dejo el artículo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Mi libro "¿Te acordarás?" En la Feria del libro de Santiago del Estero

III Feria Provincial del Libro de Santiago del Estero

¡Gracias a Marcos Vizoso Libros y a Alejandra Beccaría!
El libro ya está disponibe en Santiago gracias a ellos.












miércoles, 12 de septiembre de 2012

Fotos de la presentación de "¿Te acordarás?" Café Tortoni. 8/9/2012

GRACIAS VECINA CANCIONES (LAU, NELA Y VALE), CARO SOL, Y AL CAFÉ TORTONI. POR ESTE ESPECTÁCULO MAGISTRAL.
GRACIAS CUERVO VERDE PRODUCCIONES, GABY RATTI, VICTORIA CASTRO MENNA POR HACER QUE SALIERA PERFECTO. 
GRACIAS A TODOS LOS QUE VINIERON A DISFRUTARLO CON NOSOTROS.

A sala llena, presentamos mi libro "¿Te acordarás?" en el Café Tortoni. Habíamos prometido canciones, proyecciones  y narraciones entrelazadas, y tuvimos la combinación más espectacular de las tres cosas.
Yo sentía que la música de Vecina tenía mucho que ver con la atmósfera de los relatos de este libro. Y elegí las canciones que sentía vinculadas a los textos que Caro iba a narrar o que yo iba a leer. Y no me equivoqué: ¡muchos pensaron que las letras de las canciones eran textos del libro con música!
Vecina abrió con Domingo. Caro Sol  narró La mujer que vivía en un barrilete, y empezó la alquimia. Siguió la canción Después vuelvo, y el texto La farmacia contado por Caro Sol. Y la canción Flores en mi puerta, y una intervención (incluso espacial) narrada por Caro. El tema Noche Larga de Vecina, y el texto Amar de gotas, que leí yo.
Hablamos un poquito, y cerró Vecina con Entre tortugas.
Había gente parada en el fondo. Todos, en silencio, hechos parte vital de todo,  como nosotras en el escenario.
He podido editar un libro que se abre camino. Con el prólogo de dos maestras y madrinas de la talla de Tere Andruetto y Reina Roffe. Una edición que tiene tanto arte, Cuervo Verde… Cuervo artista.  He podido presentarlo en el podio de las letras, donde sin duda nos acompañaron ellos, los maestros que hicieron al Café Tortoni  lo que es. He presentado este libro con un espectáculo que había soñado. Con artistas que disfruto  y admiro. Qué honor, qué honor, qué honor.  GRACIAS.s de vecina nn más espectcular de las tres cosas.
, VICTORIA CASTRO MENNA POR HACER QUE SALIERA PERFECTO.




En la sala Eladia Blázquez, Vecina Canciomes (Laura Ledesma y Marianela Cuzzani)


 El escenario (de izq. a der.): Marianela Cuzzani, Laura Ledesma, Carolina Sol, Virginia Beccaría Canelo.



 Al final de la sala.

Virginia Beccaría Canelo, leyendo "Amar de gotas"

 Carolina Sol, narrando.











 Marianela Cuzzani (Vecina), Carolina Sol, Laura Ledesma (Vecina), Virginia Beccaría Canelo, Valeria Laura.


miércoles, 29 de agosto de 2012

31/8: en La Maloka Mistika. FM Dakota

El próximo viernes 31/8 estaré en La Maloka Místika, el programa cultural de radio Dakota 104.7 www.fmdakota.com
        Hablaremos del libro y del evento, que ya se acerca! ¿Me acompañan?

jueves, 2 de agosto de 2012

Dónde conseguirlo

Esta primera edición de "¿Te acordarás?" está disponible en:


Córdoba
EL PRETOR- Obispo Trejo 170- local 3- Barrio Centro- Complejo Santa Teresa 

Santiago del Estero
Marcos Visozo
9 de julio 117

Buenos Aires
Fedro Libros Discos & Arte
Carlos Calvo 578

Solicitándolo a: teacordaraslibro@gmail.com






miércoles, 11 de julio de 2012

Para compartir

Aquí les dejo el flyer (gracias Cuervo Verde), ojalá gusten compartirlo. Tiene un adelanto de los prólogos :). Los invito también a visitar la página del libro
¡Gracias a todos!


jueves, 28 de junio de 2012

"¿Te acordarás?" Nuevo libro

Queridos lectores, quiero compartir con ustedes el lanzamiento de  "¿Te acordarás?", un libro mío de cuentos e intervenciones literarias. Me enorgullece contar en el mismo con un prólogo de Reina Roffé y María Teresa Andruetto. Una edición inigualable que agradezco a Cuervo Verde Producciones.




Todas las novedades en: www.facebook.com/teacordaras.libro