viernes, 8 de marzo de 2013

En el día de la mujer: libertad y Clarice


“Sou como você me vê. Posso ser leve como uma brisa ou forte como una ventania. Depende de quanto e como você me vê passar.”

Clarice Lispector



Talentosas. Valientes. Brillantes. Libres. Libres. Sobre todo, LIBRES. En honor a ustedes, a nosotras, mujeres, es que nos hago el regalo de traerla. A ella, a la maestra, la excelsa, la única, la magnífica Clarice Lispector.

miércoles, 6 de marzo de 2013

10 y 17/3: Nora Galit


9/3: La máquina del tiempo

Este Sábado 9 de Marzo, a las 22 hs. comienza La Máquina del Tiempo , alto festival - nosotros, los DEGENERADOS DEL SWING, TOCAREMOS EN EL HORARIO DE TRASNOCHE! 00:30hs PONELE... La cita es en Aizpurúa 2936, Villa Urquiza!!!







jueves, 14 de febrero de 2013

Natalia

Hoy cumpliría años Natalia Vercesi, brutalmente asesinada por su esposo en 2009. Estaba embarazada de 7 meses. Tenía una nena de 4 años. Y hoy, es el cumpleaños de esa nena. Sí, el mismo día que su mamá. Seguramente el padre que le mató a su madre y a su hermana, la habrá llamado desde la cárcel para decirle: feliz cumpleaños. 
No creo en San Valentín. Pero ojalá que esta nena tenga todo el amor posible. Entre otras cosas que no puedo evitar desear en un día como este.





Natalia vivía a un par de cuadras de mi casa, en San Francisco. Fue conmigo algunos años de primaria y secundaria. Mi familia y yo conocíamos a su abuela, a sus padres, y luego a su hija. Recuerdo cuando me llamaron mis amigas para decirme... "Pasó algo horrible", decían.

viernes, 25 de enero de 2013

El corazón verde (Felisberto Hernández)

El corazón verde
[Cuento. Texto completo] Felisberto Hernández
Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Lo di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos. Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.
Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.
En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar.
Una tarde mi madre me dijo que me llevaría a casa de una abuela que vivía en la dársena y que vería un tren eléctrico; sin embargo esa mañana yo me había portado mal; me habían mandado a buscar almidón en caja; pero yo lo traje suelto y me retaron; al ratito me mandaron a buscar yerba y como yo la quería en caja, los almaceneros, que eran amigos de casa, me la pusieron en una caja de botines; pero yo había cometido otra falta: me volví a casa con "la plata" y me retaron porque no había pagado; al rato me mandaron a buscar fideos con un peso; yo traje los fideos pero no quise traer el cambio porque eso era traer la plata y me retarían; en casa se alarmaron porque no había traído el cambio y me mandaron a buscarlo; entonces los almaceneros escribieron en un papelito algo que tranquilizó a mamá. Decía: "El cambio está entre los fideos."
Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela -ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde-; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.
Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo:
-Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.
Y enseguida pasamos por lo del loco. Era una casa sin revocar y muy vieja. En la reja de una ventana había latas atadas con alambres y detrás gritaba continuamente el loco llamando a la gente que pasaba. Él era grande, gordo y tenía una camisa a cuadros. A veces venía la mujer, que era chiquita y flaca, para hacerlo callar; pero enseguida él seguía gritando y de pronto los gritos eran roncos.
Después cruzamos frente a la carnicería: yo pasaba allí mañanas enteras esperando que me despacharan; la gente estaba callada; pero un mirlo cantaba fuerte, siempre el mismo canto, y yo me aburría mucho.
Al pie del Cerro estaba la calle donde pasaba el tren de caballos; primero se oía la corneta y después el ruido de los caballos, las cadenas y el látigo largo para alcanzar al cadenero. Yo me hinchaba en uno de los dos asientos largos para estar frente a la ventanilla. Y mucho rato después me tenía que tapar las narices porque pasábamos por los frigoríficos que había cerca de un arroyo. A veces, cuando el tren y los caballos hacían ruido sobre el puente, yo me olvidaba de taparme la nariz y enseguida sentía el olor. Esa tarde nos bajamos en el Paso Molino y mi madre entró en una confitería a conversar con la dueña. Pasado un largo rato, la confitera dijo:
-Su niño mira los caramelos.
Y señalando los boyones me preguntaba:
-¿Quieres de éstos?... ¿De estos otros?
Yo le dije a mi madre que quería la tapa del boyón. Se rieron y la confitera me trajo la tapa de otro que se había roto hacía poco. Mi madre no quería que yo fuera con aquello por la calle; pero la confitera lo envolvió, lo ató y le puso un palito para agarrarlo.
Cuando salimos era de nochecita y yo vi en medio de la calle un zaguán iluminado; mientras mi madre me llevaba hacia él yo miraba los vidrios de colores. Ella me decía que era un tren eléctrico. Pero como yo lo veía de la parte de atrás seguía pensando que era un zaguán. En ese instante tocaron un timbre, el "zaguán" soltó un suspiro fuerte y empezó a resbalar despacio hacia adelante. Al principio apenas se movía y las personas que alcancé a ver dentro de él iban quietas como muñecos dentro de una vidriera. Nosotros no llegamos a tiempo y al ratito el zaguán iba lejos y dio vuelta por entre unos árboles.
La casa de mi abuela quedaba en una calle cerca del puerto. Se entraba por un patio largo y teníamos que subir escaleras. Después pasamos por un comedor donde había una mesa con una fuente de pasteles. Mi madre me había encargado que no pidiera; entonces yo le dije a mi abuela:
-Si me dan, pido; si no, no.
A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio. Antes de cenar me dejaron jugar con una chiquilina que se llamaba Ivonne. La madre tenía en la cabeza un gorro de papel de diario y toda la cara y la pañoleta llenas de plumitas blancas muy chiquitas.
Esa noche antes de dormir vi en la pared una escalerita de luces que eran reflejo de las persianas. Después no me desperté a pesar de que todos se levantaron por el ruido que hizo la tapa del boyón cuando se resbaló de abajo de la almohada y se cayó al suelo. Al otro día, cuando tomaba el café con leche, sentía a cada momento un grito raro y me dijeron que era el hipo de Ivonne; parecía que ella lo hiciera por gusto. Esa mañana ella me convidó para ir a ver un muerto en las piezas del fondo. La madre no quería dejarla ir porque tenía hipo. Yo miraba el gorro de papel de la madre y esa mañana el color de las plumitas era violeta. Enseguida pensé en el muerto. Ivonne le decía a la madre:
-Mamá, es un muerto de confianza; es aquel viejito que vendía gallinas.
Ivonne me dio la mano y me llevó; yo tenía miedo y no soltaba la mano. El viejito estaba solo y tapado con un tul. Ivonne no sólo soltaba los gritos del hipo sino que quería apagar todas las velas que había alrededor del cajón. De pronto entró la madre, la agarró de un brazo y la sacó corriendo; y como yo estaba fuertemente agarrado a la mano de Ivonne, a mí también me llevaron.
Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.
Yo estaba en una ciudad de la Argentina donde el encargado de arreglar mis conciertos había cometido errores desde el principio y al final no se había podido hacer nada. Mientras tanto tuve tiempo de ir descendiendo por todas las categorías de los hoteles del centro y al fin había caído en un barrio sospechoso de los suburbios, donde un amigo alquiló una pieza. A él los padres le habían mandado una cama y él me cedió un colchón. Hacía mucho frío y yo había gastado la mayor parte de mi dinero en comprar diarios viejos: los ponía abiertos encima de una cobija fina y arriba de ellos un sobretodo que me había prestado el encargado de mis conciertos. Una noche desperté a mi amigo con un grito feroz; yo también me desperté y me encontré poniendo una almohada en la pared: estaba soñando que allí había un agujero donde aparecía sonriendo un loco que tenía en la cabeza un gorro de papel de diario. Y después de pensar mucho en eso -no quería volver a dormirme porque tenía miedo de repetir la pesadilla- recordé el gorro de la mamá de Ivonne.
A los pocos días paseaba con tristeza entre las luces del centro de la ciudad, y de pronto decidí empeñar el corazón verde para ir al cine. Esa noche, después de la función me animé a pedirle dinero a otro amigo que tenía en Buenos Aires; ya le debía mucho, pero ahora me arriesgaría porque tenía casi arreglado un concierto en una ciudad vecina. Esa misma noche volví a pensar en el gorro de la mamá de Ivonne y decidí mandarle preguntar a la mía qué hacía aquella señora con las plumitas y el gorro de papel de diario. Es posible que mi madre lo hubiera sabido. También le dije que yo recordaba haber visto que la señora tironeaba algo que tenía en las faldas y yo había pensado que desplumaba a un animalito.
Cuando vino el dinero, rescaté el corazón verde y me fui a la ciudad vecina. Allí todo fue bien desde el principio y pude hospedarme en un hotel cómodo. Me habían dado una pieza con tres camas, una de matrimonio y dos de una plaza. Yo quería una pieza para mí solo y yo podía elegir la cama que quisiera. A la noche, después de una cena más bien exagerada, elegí la cama de matrimonio y puse en ella las frazadas de todas las camas. Los muebles eran de una vejez muy oscura y los espejos eran borrosos y veían mal la luz.
La tarde que di el primer concierto, tuve tiempo -antes que se cerraran los negocios- de comprar libros, lápices de colores para subrayarlos y un índice muy lindo al que después le buscaría aplicación. Apenas cené y me metí con los libros en la cama de matrimonio, pensé en el cine y no pude resistir a la tentación: me vestí de nuevo y fui a ver una película vieja en que unos enamorados se daban besos largos. Era muy feliz y no quería acostarme; fui a un café donde había un ñandú muy manso que vagaba a pasos lentos entre las mesas. Yo estaba distraído mirándolo y dando vuelta entre los dedos al alfiler de corbata cuando el ñandú vino apresuradamente hacia mí, me sacó de un picotón el corazón verde y se lo tragó. Mis ojos miraban con desesperación el alfiler bajando, como un bulto dentro de una media, por el cuello del ñandú; hubiera querido hacerlo correr hacia arriba; pero llegó el mozo del café y me dijo:
-No se preocupe.
-¡Pero, señor! ¡Si es un viejo recuerdo de familia!
-Escuche, caballero -me decía el mozo levantando una mano como el vigilante que detiene un vehículo-: el ñandú se ha tragado muchas cosas y siempre las ha devuelto. Quédese tranquilo, que mañana o pasado yo le entregaré su alfiler como si nada hubiera ocurrido.
Al otro día vi en los diarios las crónicas de mis conciertos. Pero uno de ellos traía en primera plana un título que decía: "La estadía del pianista depende del ñandú." Y el artículo estaba lleno de bromas.
Ese mismo día recibí carta de mi madre en que me decía que la mamá de Ivonne hacía cisnes de polvera, que los hacía de todos los colores y que los tironeos serían para sacar las plumitas del paquete, porque a veces venían muy apretadas.
Al otro día el mozo del café me trajo el alfiler y me dijo:
-Ya le había dicho yo, señor; el ñandú es muy serio y devuelve todo.
Para otra vez que vaya a descansar a ese pueblito de recuerdos, tal vez me encuentre con que la población ha aumentado; casi seguro que allí estará aquel diario verde y los quintillizos a quienes les pinché los ojos con el alfiler.
FIN

Fuente: www.ciudadseva.com

viernes, 28 de diciembre de 2012

"En las fotos blanco y negro (...)" Ilustrado por Menén Martínez


Este relato mío, está publicado en el libro "¿Te acordarás?" y también en una antología de la editorial Silva, en España, por haber sido finalista del concurso Constantí de Relatos de Familia, hace un par de años.
Fue una grata sorpresa encontrarlo en el diario La Voz de San Justo, con las ilustraciones de Menén Martínez. ¡Muchas gracias! Aquí les dejo el artículo.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Mi libro "¿Te acordarás?" En la Feria del libro de Santiago del Estero

III Feria Provincial del Libro de Santiago del Estero

¡Gracias a Marcos Vizoso Libros y a Alejandra Beccaría!
El libro ya está disponibe en Santiago gracias a ellos.












miércoles, 12 de septiembre de 2012

Fotos de la presentación de "¿Te acordarás?" Café Tortoni. 8/9/2012

GRACIAS VECINA CANCIONES (LAU, NELA Y VALE), CARO SOL, Y AL CAFÉ TORTONI. POR ESTE ESPECTÁCULO MAGISTRAL.
GRACIAS CUERVO VERDE PRODUCCIONES, GABY RATTI, VICTORIA CASTRO MENNA POR HACER QUE SALIERA PERFECTO. 
GRACIAS A TODOS LOS QUE VINIERON A DISFRUTARLO CON NOSOTROS.

A sala llena, presentamos mi libro "¿Te acordarás?" en el Café Tortoni. Habíamos prometido canciones, proyecciones  y narraciones entrelazadas, y tuvimos la combinación más espectacular de las tres cosas.
Yo sentía que la música de Vecina tenía mucho que ver con la atmósfera de los relatos de este libro. Y elegí las canciones que sentía vinculadas a los textos que Caro iba a narrar o que yo iba a leer. Y no me equivoqué: ¡muchos pensaron que las letras de las canciones eran textos del libro con música!
Vecina abrió con Domingo. Caro Sol  narró La mujer que vivía en un barrilete, y empezó la alquimia. Siguió la canción Después vuelvo, y el texto La farmacia contado por Caro Sol. Y la canción Flores en mi puerta, y una intervención (incluso espacial) narrada por Caro. El tema Noche Larga de Vecina, y el texto Amar de gotas, que leí yo.
Hablamos un poquito, y cerró Vecina con Entre tortugas.
Había gente parada en el fondo. Todos, en silencio, hechos parte vital de todo,  como nosotras en el escenario.
He podido editar un libro que se abre camino. Con el prólogo de dos maestras y madrinas de la talla de Tere Andruetto y Reina Roffe. Una edición que tiene tanto arte, Cuervo Verde… Cuervo artista.  He podido presentarlo en el podio de las letras, donde sin duda nos acompañaron ellos, los maestros que hicieron al Café Tortoni  lo que es. He presentado este libro con un espectáculo que había soñado. Con artistas que disfruto  y admiro. Qué honor, qué honor, qué honor.  GRACIAS.s de vecina nn más espectcular de las tres cosas.
, VICTORIA CASTRO MENNA POR HACER QUE SALIERA PERFECTO.




En la sala Eladia Blázquez, Vecina Canciomes (Laura Ledesma y Marianela Cuzzani)


 El escenario (de izq. a der.): Marianela Cuzzani, Laura Ledesma, Carolina Sol, Virginia Beccaría Canelo.



 Al final de la sala.

Virginia Beccaría Canelo, leyendo "Amar de gotas"

 Carolina Sol, narrando.











 Marianela Cuzzani (Vecina), Carolina Sol, Laura Ledesma (Vecina), Virginia Beccaría Canelo, Valeria Laura.


miércoles, 29 de agosto de 2012

31/8: en La Maloka Mistika. FM Dakota

El próximo viernes 31/8 estaré en La Maloka Místika, el programa cultural de radio Dakota 104.7 www.fmdakota.com
        Hablaremos del libro y del evento, que ya se acerca! ¿Me acompañan?

martes, 7 de agosto de 2012

jueves, 2 de agosto de 2012

Dónde conseguirlo

Esta primera edición de "¿Te acordarás?" está disponible en:


Córdoba
EL PRETOR- Obispo Trejo 170- local 3- Barrio Centro- Complejo Santa Teresa 

Santiago del Estero
Marcos Visozo
9 de julio 117

Buenos Aires
Fedro Libros Discos & Arte
Carlos Calvo 578

Solicitándolo a: teacordaraslibro@gmail.com






miércoles, 11 de julio de 2012

Para compartir

Aquí les dejo el flyer (gracias Cuervo Verde), ojalá gusten compartirlo. Tiene un adelanto de los prólogos :). Los invito también a visitar la página del libro
¡Gracias a todos!


jueves, 28 de junio de 2012

"¿Te acordarás?" Nuevo libro

Queridos lectores, quiero compartir con ustedes el lanzamiento de  "¿Te acordarás?", un libro mío de cuentos e intervenciones literarias. Me enorgullece contar en el mismo con un prólogo de Reina Roffé y María Teresa Andruetto. Una edición inigualable que agradezco a Cuervo Verde Producciones.




Todas las novedades en: www.facebook.com/teacordaras.libro

lunes, 14 de mayo de 2012

Entrevista a Alejandra Pizarnik (Por M. Moia, 1972)

Entrevista a Alejandra Pizarnik
Por Marta Isabel Moia [*]

Entrevista de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra, Ocnos, Barcelona, 1972.
* Todos los asteriscos que aparecen hasta el final del texto hacen referencia a poemas de Alejandra Pizarnik.
M.I.M. - Hay, en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que contribuyen a conformar tus poemas como dominios solitarios e ilícitos como las pasiones de la infancia, como el poema, como el amor, como la muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos como jardín, bosque, palabra, silencio, errancia, viento, desgarradura y noche, son, a la vez, signos y emblemas?
A.P. - Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. 0, más exactamente, los términos que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.

M.I.M. - Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el jardín y el bosque.
A.P. - Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas: - «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del recuerdo- sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero.
M.I.M. - En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio. Mas yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una alusión a lo prohibido, a lo oculto.
A.P. - ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la noche.

M.I.M. - ¿Entraste alguna vez en el jardín?
A.P. - Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.

M.I.M. - Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*
A.P. - Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.
M.I.M. - Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el gran lastimador.*
A.P. - Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque, me alejo en busca del jardín.
M.I.M. - ¿En la noche?
A.P. - Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.*

M.I.M. - En un poema de adolescencia también te unís al silencio.
A.P. - El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana la fuente del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si el silencio existe.
M.I.M. - En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en el desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria». Son estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de errancia, la para mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.
A.P. - Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra.
M.I.M. - Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber nombrar lo que no existe.* Es entonces cuando te ocultás del lenguaje.
A.P. - Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo - incluso la nada tiene un nombre, parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible.
M.I.M. - ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las aluden?*
A.P. - Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.

M.I.M. - Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.
A.P. - Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse. Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.
M.I.M. - ¡A pesar de lo mucho que escribís!
A.P. - ...
M.I.M. - El no saber nombrar* se relaciona con la preocupación por encontrar alguna frase enteramente tuya.* Tu libro Los trabajos y las noches es una respuesta significativa, ya que en él son tus voces las que hablan.
A.P. - Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al configurarlos me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de poema y logré realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una fatalidad). Ese libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería.

M.I.M. - Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan.* ¿Cuáles son?
A.P. - Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que se precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.
M.I.M. - Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos,* que escapa a los límites del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.
A.P. - Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un poema de Michaux que dice: Je suis; je parle á qui je fus et qui- je- fus me parlent. ( ... ) On n'est pas seul dans sa peau.
M.I.M. - ¿Se manifiesta en algún momento especial?
A.P. - Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.

M.I.M. - Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los espejos. ¿A quién ves en ellos?
A.P. - A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los espejos.) En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando escribo.

M.I.M. - Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros.* ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas?*
A.P. - Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.

M.I.M. - ¿Acaso lo encontraste en la pintura?
A.P. - Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión que no existe al pintar.

M.I.M. - ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de Rousseau?
A.P. - Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo quisiera llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero porque hay silencio y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas. También me conmueve singularmente la obra de Bosch, Klee, Ernst.

M.I.M. - Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?
A.P. - Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir*.

* Texto extraído de "Prosa Completa", Alejandra Pizarnik, págs. 311/315, ed. Lumen, Buenos Aires, Argentina, 2003.
Selección: S.R.


jueves, 15 de marzo de 2012

17/3 al 5/5: Alba Iruzubieta: "Ella creó que es"

                                                Unipersonal de delirio onírico-tetro físico
 
                        Sábados 21hs.  Cub de trapecistas Estrella del centenario (Ferrari 252). Entradas $30/$20. Rreservas info@clubdetrapecistas.com.ar
                                                           
                  
 
                                                  www.ellacreoquees.blogspot.com.ar
 


 
 

sábado, 10 de diciembre de 2011

La mujer en el centro de la literatura

(Para ADN, La Nación)

Reina Roffé y Cristina Morató escriben en torno a la figura femenina. Una desde la ficción en contextos históricos reales, otra en historias verídicas con ciertas ficciones. Dos libros sobre mujeres intensas, paradójicas, y algunas un poco escandalosas.

No sabe cómo llegó a allí. Está sola, tiembla. Un vacío la acompaña desde que tiene memoria. Desde su intento fallido de ser niña, de ser amada, de jugar. Ahora, llora por dentro. Todo está a punto de empezar de nuevo.
Esa mujer es Maria Callas esperando salir al escenario. Y es la pequeña Coco Chanel llegando al orfanato. Y tía Reche a punto de salir de su casa natal. Y María R. buscando a su torturador con una pistola en la cartera. Y Audrey Hepburn, Jackie Kennedy, Eva Perón, Silvita, María S., Barbara Hutton, Wallis Simpson, o la pequeña Alicia. Son las protagonistas de dos libros de dos autoras que escriben sobre mujeres. Es decir, que en su literatura construyen y deconstruyen la figura de la mujer, significados y sentidos de lo femenino. Uno, es un libro de ficción: Aves exóticas (Reina Roffé. Leviatán); el otro, documental: Divas rebeldes (Cristina Morató. Plaza & Janés. 472). .

Aves exóticas se compone de cinco cuentos y una nouvelle. Son cuentos con mujeres raras, como advierte la tapa (y como suelen ser las protagonistas de los libros de Roffé): Mujeres enrarecidas por situaciones que les ha tocado vivir: la familia, los vaivenes políticos críticos, la explotación laboral, la orfandad y el abandono materno –define la autora–.

Reina Roffé (Buenos Aires, 1951) es argentina, pero vive en España (casi todo el tiempo) desde que su segunda novela Monte de Venus fue prohibida por la dictadura del `76. Además es autora de Llamado al puf (1973), La rompiente (1º Ed. 1987), El cielo dividido (1996), El otro amor de Federico. Lorca en Buenos Aires (2009), una biografía de Juan Rulfo y dos libros de entrevistas. Ha publicado artículos en medios de aquí y de allá. Sus obras fueron editadas en varios países, y muchas de ellas son materia de estudio académico. Acaba de presentar en Buenos Aires la segunda edición de Aves exóticas. Cada libro que escribimos nos permite reflexionar sobre aquellos aspectos intolerables: la injusticia, el sexismo, la explotación, la violencia. Escribo guiada por ese impulso; y en el caso específico de este libro, por la necesidad de mostrar los estados de indefensión que sufren las protagonistas en sus distintos tipos de exilios o de intentos de salida, de fuga hacia realidades menos hostiles –afirma Roffé–.

Convertir el desierto, el cuento que abre el volumen, es la historia de María R., quien busca al hombre que años atrás asesinó a los suyos y la empujó al exilio. Quiere matarlo. Pero en sus viajes en tren por la ciudad, se cruzará con un anciano –Joaquín Brais– artista, y algo en ella se irá transformando. En este relato, el arte adquiere un papel de refugio, de oasis, de redención casi fantástica. “Persigo en cada cosa una especie de luz, de claridad meridiana, y la persigo hasta que las cosas lo permitan.” Así habla Brais, mientras el exilio, la identidad y las reminiscencias de la dictadura tejen subrepticiamente la trama. Estos temas volverán a aparecer en otras partes del libro. A veces como trasfondo, otras en la superficie. Me interesa tornar colectivo lo peculiar de una vida para guardar memoria de una época, de una situación histórica o social que es determinante en los comportamientos humanos –dice Roffé–.

Una mención aparte merece la nouvelle La madre de Mary Shelley (nombre que refiere a la autora de Frankestein). Cuando tenía tres años, la protagonista debió exiliarse con su madre, perseguida por la dictadura. A poco de llegar a España, la madre se va a vivir a New York por motivos que la niña desconoce, y ella se queda con una tía abuela. Doce años después, la tía abuela muere y su madre regresa a vivir con ella.

El relato se inicia al cumplirse diez años de esa convivencia. La narradora intenta reconstruir la historia de su madre, a quien nombra como María S. –quien aún le resulta una extraña– indagando en sus anotaciones, papeles, y frases marcadas en los libros. Pero lejos de idealizarla, la defenestra drásticamente. –dice Roffé– me meto con lo más sagrado. Deconstruyo esa figura y hablo de madres que retuercen especialmente a sus hijas, madres que abandonan y a las que nunca, hagamos lo que hagamos, podremos satisfacer.
El relato va por las fronteras todo el tiempo. Del humor al drama, de la historia más real a los bordes de lo fantástico. Condensa, descomprime, escarba. Hay una escena que muestra a la protagonista en un reality show de la TV, en el que varias mujeres cuyos nombres empiezan con M, buscan a otra M que se les ha perdido. Cuando el conductor le pregunta qué es lo que más ha deseado durante todos los años de ausencia de su madre, ella responde: “Ser hija de mí misma”. Esa es una de las tantas frases memorables que quedarán de esta nouvelle. Otra será sin duda: ir “de polaca por la vida”.
La particularidad de los personajes de Aves exóticas, reside en que nunca se pronuncian en la esfera pública, pero constituyen, con su peculiar subjetividad, las voces más auténticas de un momento que, de otro modo, podría borrarse para siempre –comenta Roffé–. Mujeres corrientes cuyas hazañas son casi amagos, gestos, pero que lo que hacen es tomar la palabra, colocarse en el centro del discurso para analizar su relación con la historia.

“¿Qué pasa cuando cierras la puerta de tu dormitorio y estás totalmente sola?” Se pregunta Maria Callas en la primera página del libro de Cristina Morató.
Divas Rebeldes reconstruye las vidas de mujeres rompedoras, adelantadas a su época, que gracias a su talento, belleza y personalidad, consiguieron llegar muy lejos–define la autora–. Si a esto le sumamos que todas ellas tuvieron una infancia difícil y que no tuvieron suerte en el amor, nos encontramos ante unas mujeres de gran personalidad, fruto de las penalidades que padecieron y que el público ignoraba porque sólo las veía como deslumbrantes estrellas. A partir de testimonios, documentos, noticias, hilados estratégicamente, la autora cuenta estas historias, desde afuera hacia adentro –o de lo público a lo privado– con una prosa ágil, atrapante e intensa. Se vale de recursos del periodismo, pero también de la literatura, acercándose a un particular estilo de No-ficción. Durante décadas, los nombres de Jackie Kennedy, Maria Callas, Audrey Hepburn o Eva Perón ocuparon las páginas de las revistas –dice Morató–. Toda una generación creció leyendo el día a día de sus vidas que parecían de cuento de hadas. Siento una secreta admiración hacia algunas de estas divas… pero yo quería descubrir qué había más allá del mito.
Cristina Morató (Barcelona, 1961) es periodista, reportera gráfica y conductora de televisión. Es vicepresidente de la Sociedad Geográfica Española, y miembro de la Royal Geographical Society de Londres. Hace diez años abandonó la TV para dedicarse a escribir sobre viajeras olvidadas, por lo cual ya ha recorrido más de cuarenta países. Es autora de Viajeras intrépidas y aventuras (2001), Las Reinas de África (2003), Las Damas de Oriente (2005), y Cautiva en Arabia (2009). Divas rebeldes (Barcelona, 2010), se publicó en la Argentina hace unos pocos meses. En España va por su novena edición.
En una estructura cercana a la nouvelle, cada relato comienza con una introducción donde la autora tienta hábilmente al lector. Enseguida aborda los orígenes del personaje; la madre siempre es una figura medular: Me parecía importante desvelar la relación de estas grandes divas con sus madres porque explica mucho de ellas y de sus comportamientos –afirma Morató–. La madre de Eva Perón era pobre y sumisa, por lo que ella luchó para ser diferente. Lo más desgraciado que le pasó a Barbara Hutton fue hallar el cadáver de su madre –quien se suicidó– a los catorce años. Un ejemplo que cautiva especialmente a la autora, es el de Callas: La relación de Maria con su madre fue muy fría y conflictiva hasta el final de sus días –dice–. Evangelia no dudó en explotar el don de su hija a la que, con sólo cuatro años, obligaba a ensayar hasta el agotamiento.
Por otro lado, estos relatos ponen de relieve en qué medida la ficción envolvió las vidas de estas mujeres. Hicieron de sí un personaje, para lo cual se inventaron un nombre en algunos casos, y un pasado en casi todos. Coco Chanel (en realidad se llamaba Gabrielle Bonheur Chanel) –cuenta Morató– fue una muchacha de origen humilde educada en un orfanato por unas monjas que le enseñaron a coser. El miedo a que los periodistas hurgasen en su pasado, hizo que se inventara una infancia idílica que jamás existió. Nunca quiso contar su verdadera historia, y cada vez que le preguntaban cambiaba lugares, fechas y detalles. “No tienen ni idea de lo difícil y agotador que es representar toda una vida un gran amor”, confiesa Wallis Simpson, la mujer que pasó a la historia cuando el rey Eduardo VIII de Inglaterra abdicó al trono por ella. La Callas –dice Morató– fascinó al público porque representó, a través de sus colosales personajes femeninos, su propia vida marcada por el sufrimiento, las humillaciones y la falta de amor.
Infancias no vividas, viajes sin un hogar verdadero al cual regresar, éxitos y frustraciones en todos sus extremos, son algunas de las conclusiones que decantan de la revelación de secretos que estas divas guardaron, no tan bien como hubieran querido. Al final de sus vidas, muchas acabaron siendo como antes de que todo empezara: Pagaron un alto precio por llegar a lo más alto de su profesión –reflexiona la autora–, tanto Coco Chanel como Maria Callas o incluso Jackie Kennedy acabaron siendo mujeres muy vulnerables, solitarias y faltas de afecto.
Reina Roffé y Cristina Morató, transitan los bordes de la literatura femenina expresando subjetividades sojuzgadas capaces de transgredir los límites establecidos. De lo privado y lo público en dosis diferenciales. De madres, viajes, miedos y amores. De contextos reales y personajes ficticios, de personajes reales y vidas ficticias, es de lo que tratan estos relatos. Todos pudieron haber sucedido más o menos así. Todos, giran alrededor de un interrogante: ¿Quién es esa mujer?

lunes, 17 de octubre de 2011

19/10: Tributo a Lhasa De Sela




Con toda palabra
Quince cantautoras, un tributo a Lhasa De sela

Miércoles 19 de Octubre, Dia Mundial del Cáncer de Mama
a las 20hs en Colegiales, Av. A Thomas 1100, Capital Federal.

Entrada libre y gratuita
Se suspende por lluvia

Cantan:
Liza Casullo
Laura Ledesma
Casandra Da Cunha
Paulina Tenorio Fuertes