No hizo caso al tumulto de gente desesperada por atravesar la ciudad, en esa Buenos Aires que se acercaba amenazante a las siete y media de la tarde, sin subte. No sé si sobrevoló el centro, si fue una aparición la que tuvimos, pero lo cierto es que Esther Cross llegó diez minutos antes, como habíamos pactado, fresca y contenta, como si hubiera viajado en el paraguas de Mary Poppins. La invité porque admiro lo que escribe y porque además me encanta. Cuando conocí sus textos, hace unos años, quise leer más. Me atrapó. Una serie de coincidencias y encuentros inesperados hicieron que pudiéramos conversar alguna que otra vez. Ahí encontré a la mujer chiquita que mueve los hilos del científico loco, de la pianista frustrada , de los ricachones venidos a menos, de los porteros chusmas, de la nena en el campo siniestro, de la enana perfecta… los imagino tironeando de los hilos y a Esther yendo de un lado a otro, un poco para contenerlos, otro poco para dejarse llevar.
El jueves 14 de mayo, a las 19,30 horas, se llevó a cabo el primer encuentro del Ciclo Café Literario con escritores, en el Café Tortoni. Nos habían puesto el cartel en la puerta y nos prepararon una mesa de conferencia en la sala Eladia Blázquez, con un micrófono inalámbrico –que no usamos– y el buen Fabián que venía a ver si necesitábamos algo cada tanto. No éramos muchos, apenas los que pudimos llegar sin subte. Lamenté el contratiempo por Esther, que se había comprometido tanto. Pero ella pareció sentirse cómoda con la intimidad improvisada. Y los presentes fuimos sin duda privilegiados.
Esther Cross es la Ganadora del Premio Internacional de narrativa Siglo XXI 2009, por su novela La Señorita Porcel. Autora de Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el escritor (Tusquets. 1987); las novelas Crónicas de alados y aprendices, (1992); La inundación (Emecé. 1993); El Banquete de la Araña (Tusquet, 1999); Radiana (Emecé, 2007). Y los libros de cuentos La divina proporción (Tusquet, 1994) y Kavanagh; (Tusquets. 2004.). A ella no la hace grande su obra publicada. No. Eso nos hace afortunados al resto, porque podemos leerla. Ella es grande porque tiene el arte de escribir en la carne. Porque le brota y puede dejarlo ser, y eso la convierte en una mujer feliz. Es una relación reciproca: ella necesita a la literatura, y la literatura la necesita a ella. Probablemente, esta mujer risueña no sepa del todo que está destinada a figurar entre las grandes escritoras latinoamericanas. Alfonsina, Gabriela, Silvina, Juana, Alejandra… y Esther.
Llegó radiante, con un cuento en la mano que no llegaríamos a leer. ¿Y ustedes que hacen? ¡Aprovechemos que somos pocos para conocernos! Dijo ni bien se sentó. Y ya estaba claro que habíamos conseguido evadir a la solemnidad tan detestable entre el escritor y su público.
Steiner dice que un intelectual es alguien que escribe con un lápiz en la mano. Y un escritor es un intelectual que después de subrayar va a salir corriendo a escribir algo –define–. Hay escritores que dicen “yo no leo nada para no contaminarme”. Pero en algún momento leíste. Escribir es eso, ¿no? Las ganas que te dan de poder provocar esto que a vos te provoca la literatura. Te contagia. Y después, la verdad es que es lo mejor que yo puedo hacer, es lo que más me gusta, y la manera más piola que yo encuentro de organizar la vida, de organizar la experiencia.
Los cuentos de Esther son fotográficos. Eso se debe un poco a su afán de ordenar el caos a través de la escritura, y otro poco a su influencia cinematográfica. Hace años, obtuvo una beca para estudiar cine en EEUU.
Y la verdad es que las cosas más duras que me pasaron, terminan de pasar en la escritura. Esto tiene una lectura doble. Por un lado, que terminan. A lo mejor después que viviste una situación de mucho miedo, un año después estás escribiendo un cuento de terror. Porque con lo que vos seguís laburando es con la sensación de miedo. Y por otro lado, es que devolvés eso a la realidad.
Nosotros, novatos escritores que creíamos haber escrito algo, tomamos nota de su tan cálida sabiduría.
Con el tiempo yo aprendí que está bueno ponerte una disciplina. Sentarte todos los días, y no ser demasiado condescendiente. No forzar el texto, tampoco. Pero decir se puede. Y hacer lo que contaba Hemingway en una fiesta. Dice que estaba trabado, y un día dijo “Basta. Voy a escribir una oración afirmativa”.. Voy a escribir una oración donde pase algo. Por ejemplo no sé, Matías llegó al bar. Punto. A esa oración aseverativa, le voy a escribir otra oración aseverativa. “Pidió un café”. Punto. Te juro que cuando la inspiración no viene, puede funcionar. Y te afloja la mano. Hay que intentar e intentar. Pero ¿Cómo te das cuenta si estás bien encaminado o no? Además de que hay una cuestión de oído. Yo creo que la prueba definitiva es, si vos volvés a leer lo que estás haciendo, y sentís que estás verseando, o no estás verseando, que estás firuleteando para mostrar lo bien que escribir, que esta oración la hiciste para mandarle un guiño a alguien, o para impresionar a fulano. O porque te tragaste las 3.000 páginas de Proust y querés que se note. O, si lo que estás escribiendo es verdadero. Si esa es la verdad del texto. Un texto que realmente es tuyo.
En la literatura de Esther Cros, como en casi todo, hay una suerte de evolución cronológica, una búsqueda nueva en cada libro que se diferencia siempre de su antecesor.
Lo último que hiciste, mientras lo estás haciendo, tenés la esperanza de que sea mejor, si no, no lo harías. Entonces, es pudor, como de no andar hablando de lo que hiciste antes. Y después, la verdad es que, escribir, por más que escribas ficción, es mostrarte. No es muy distinto cómo hablás, cómo escribís, a qué clase de persona sos. Uno va cambiando. En la vida va teniendo etapas, una experiencia va tapando otra. Y la memoria es selectiva, y hay cosas que por ahí te olvidas para seguir adelante. Y de alguna manera, más o menos disfrazada, el texto que escribiste hace mucho… por ahí para alguien que no te conoce no hay nada de tu esencia pero para vos, sí.
Muchas veces, uno, que escribe en completa soledad, no se anima a tirar así, sin tamiz, el texto a las fauces del público anónimo.
Tengo tres o cuatro de escritores amigos, que armamos como un taller. Ninguno larga un texto si los otros no lo aprueban. Y la condición, porque hay amistad, es que no hay condescendencia. Porque nos estamos cuidando. Porque te exponés. A mí me gusta jorobar, hacer chistes. Me gusta el humor. Pero se te ocurrió un chiste, y ni te cuento si es una noche a las dos de la mañana y tomaste algo, ¡y vos crees que tu chiste está buenísimo! Te reís solo. Te parece genial. Y al otro día le contás ese chiste a alguien y se queda mirándote. Además ellos ya me conocen, y entonces me dicen: “quedate acá. ¿Por qué te tenias que hacer la graciosa justo acá que se estaba poniendo bueno.?”
Quisimos saber cuándo un escritor llega a la conclusión de que lo es.
Fue hace diez años, cuando por primera vez, llenando una ficha de aduana, puse “escritora”. ¡Que me dio una vergüenza! Me parecía un papelón poner escritora. Pero si no, ponía cualquier cosa. Estudiante, hasta que no me dio más para poner estudiante. Bioquímica puse una vez. Les pasa mucho a los escritores. Ahora, mejor que me haga cargo.
Finalmente, nos dio la buena noticia de que pronto habría más.
Ahora armamos con Angi Pradelli una biblia escrita, no toda, algunas historias del antiguo testamento, contadas de nuevo por 24 escritores, de lo mejor de lo mejor. Está Hérctor Tizón, Antonio Dal Masetto, Angélica Gorodisher… y lo que hicimos fue leer todo el antiguo testamento, pensando qué historia le pegaba a cada uno. A Luisa Valenzuela, que se mueve mucho con la cosa erótica, le dimos Sodoma y Gomorra. A Tizón le dimos las etapas del desierto. A Sasturain, que es más juguetón, le dimos un profeta que se llama Isaías. Y aunque algunas estén tomadas de modo bíblico y otras no, cuando las ves todas juntas funcionan como una biblia, es muy fuerte. Porque, mal que mal, hubieron estos 24 genios trabajando durante el mismo tiempo en lo mismo. Se lo dimos a Emecé, y esperamos que para diciembre más o menos salga el libro. O cuando diga la editorial.
La novela ganadora sale en agosto en México, y después en la Argentina. Se llama La señorita Porcel.
Es la historia de una millonaria aburrida, que vive en recoleta, que es de clase alta y está muy resentida con su clase. Y de golpe se da cuenta que es demasiado inteligente para ser de derecha y demasiado rica para ser de izquierda. Tiene mucha bronca contra la clase alta. Y se desquita tratando de matar en un cajero automático a una mujer que se llama la señorita Porcel, que es como la típica mujer de recoleta. Todo esto pasa cuando está por explotar diciembre del 2001.
Hablamos de la dificultad de escribir finales felices. De las frases que en distinto lugar significan cosas distintas. De lo trabajoso de elegir un título. De cosas terriblemente graciosas de la vida en la literatura y viceversa. De lo arduo de corregir y corregir, y de lo angustiante del veredicto, entre otras cosas.
Me parece más piola no tomarme tan enserio. Termino la novela, la dejo descansar, y la corrijo, la corrijo, y la corrijo. Pero llega un momento que digo ¡basta! ¡Tampoco voy a estar tres años con esto! ¡Como si fuera tan importante! ¡Tampoco es para tanto! Y si salió mal, si es un libro fallido, y bue, voy a seguir escribiendo otro. Pero si uno se pone solemne… cuando yo me pasaba dos tres años corrigendo, era un poco soberbio eso. Sacar ese texto que merece tanto tiempo. ¡No! Que termine y que venga algo nuevo. Más divertido.
Tal como lo veíamos venir, cuando le preguntamos qué libro de ella le recomendaría a alguien que la lee por primera vez, eligió el último.
Pero claro, en el último que hice me parezco mucho más a la mujer que escribió La señorita Porcel el año pasado, que a la escribió Radiana.
Hablamos mucho. Conversar con ella es un verdadero gusto y entró la noche sin darnos cuenta. Pudimos escucharle un párrafo de “Los que volvieron”, el cuento que nos trajo de regalo. Lo dejó para todos y yo lo guardé, como un tesoro invaluable y una intriga punzante. Lo dejé en un cuaderno en el apuro de la llegada a mi cuarto, y Apareció corriendo por los galpones, con el recado flojo y cara de loco. Y eso, ni siquiera era el comienzo.
